Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo
Discurso leído en la sesión solemne de la Academia el 6 de diciembre de 2006
Publicado en la REVISTA HISTÓRICA
Tomo XLII 2005-2006, pp.248-259
https://revistahistorica.academiahistoria.org.pe/index.php/revista-historica/article/view/6639
Armando Nieto Vélez S.J.
La Academia Nacional de la Historia dedica esta sesión pública a enaltecer la memoria de “Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima, fallecido en el pueblo norteño de Saña el 23 de marzo de 1606. Creo que es de justicia iniciar estas palabras con la evocación de cuatro distinguidos historiadores, antiguos miembros de número de esta Corporación, que en sus trabajos de investigación alumbraron con nuevas luces la figura ejemplar que esta noche conmemoramos.
Fue justamente en el año 1906 —acababa de crearse el Instituto Histórico del Perú el 18 de febrero de 1905 por decreto supremo del presidente José Pardo y Barreda—, cuando monseñor Carlos García Irigoyen, numerario del Instituto, publicó la obra Santo Toribio en cuatro tomos. Era ciertamente la contribución más preciosa, por su valor permanente, entre las celebraciones cumplidas en el tercer centenario del santo arzobispo. Aunque de modesta presentación tipográfica, los cuatro pequeños volúmenes de García Irigoyen suman en total 1,427 páginas, con eruditos capítulos de un estudio biográfico y centenares de páginas de documentos inéditos. Añade el examen de los procesos de beatificación y canonización y lo que él denomina “capítulo incompleto de un libro inédito”, es decir la bibliografía de Sto. Toribio preparada por el insigne bibliógrafo chileno José Toribio Medina, que incluye cerca de un centenar de impresos y 23 manuscritos.
El meritorio trabajo de mons. García Irigoyen (quien fue nombrado por San Pío X obispo de Trujillo en 1910 y falleció en 1936) fue muy favorablemente acogido por críticos como el propio José Toribio Medina, Gabriel René-Moreno, Carlos A. Romero y José Toribio Polo. Este último, en carta escrita al autor, le dice: “En el breve plazo que de existencia lleva nuestro Instituto Histórico, ha tenido Ud. —que es miembro de número de él— la suerte de ser el primero que ha hecho una publicación de alcance, digno tema de estudio y que acredita su laboriosidad y competencia”.
El segundo académico dé la Historia que se ocupó de Santo Toribio, aunque no tan extensamente, fue fray Domingo Angulo, de la Orden de Predicadores, notable archivista y bibliógrafo. En la Revista del Archivo Nacional del Perú publicó en los tomos I (de 1920) y II (de 1921) el Libro de Visitas, de Santo Toribio correspondiente a la de 1593, en la cual el prelado límense* recorrió centenares de leguas desde Carabayllo hacia el Norte y Noreste, incluso hasta Chachapoyas.
El tercer académico entendido en el tema toribiano fue el padre Rubén Vargas Ugarte. En su ya clásica Historia de la Iglesia en el Perú no podía faltar la larga relación de la vida y obra de Toribio de Mogrovejo. Dos extensos y eruditos capítulos del segundo tomo de esa Historia se consagran a exponer los pormenores de una biografía tan densa como fue la del segundo arzobispo de Lima. Poco dado a ponderaciones encomiásticas dice sin embargo el padre Vargas: “No es cosa fácil resumir en pocas líneas la actividad apostólica de Santo Toribio. Con razón se le ha llamado la más grande figura misionera del continente americano, porque si bien es cierto que su apostolado sólo tuvo veinticuatro años de duración, pero la superficie que abarcaron sus correrías y el número de almas que llegó a merecer sus cuidados lo hacen a todas luces extraordinario” (H. I. P t. II, p. 77). En 80 páginas describe las diversas facetas de la acción toribiana desde sus estudios jurídicos en España hasta el fallecimiento en Saña.
En 1971, sólo cuatro años antes de su muerte, cuando ya contaba con 85 de edad, el incansable padre Vargas se decide a componer un libro sobre Santo Toribio. Aunque el enfoque es distinto del de la Historia de 1959, mantiene el rigor de la información y del dato exacto. El estilo literario se ha vuelto algo más rígido y de menor vuelo, y ello se explica porque por esa época se hallaba convaleciente de un síncope cardíaco. Falleció el 7 de febrero de 1975.
Finalmente debo recordar a Guillermo Lohmann Villena, tan cercano a nosotros con una cercanía que me exime de una más larga reseña. Sus investigaciones de archivo en Lima y Sevilla han descubierto nuevos ángulos acerca de Sto. Toribio que han sido reconocidos por nuestro Presidente. Ya es proverbial decir —y no es hipérbole— que la historia virreinal fue fundamentalmente renovada por la investigación de Lohmann.
Imaginemos a Toribio Alfonso de Mogrovejo, en la gran sala de la Inquisición de Granada, allá por el año de 1575, ocupado en zanjar juicios de moriscos, zegríes y abencerrajes, deshaciendo visiones de beatas alumbradas o desvaríos teológicos de algún exaltado clérigo. Él es un jurista. Se había formado en Valladolid, en Santiago de Compostela, en Salamanca, y llegó a graduarse de licenciado en cánones. Pensaba matricularse en los cursos del doctorado en Salamanca, cuando una noche de diciembre de 1573 alguien metió por debajo de su puerta unos pliegos de oficio. Era el nombramiento de Inquisidor de Granada. No hay duda de que la designación había sido inspirada por alguien que lo conoció bien: Diego de Zúñiga, oidor de la Cancillería de Granada, quien recomienda para el cargo de Inquisidor a Toribio Alfonso, “varón de muchas letras, virtud, calidad...: y haber hecho tan gran oposición cuando llevó la beca”. Quién iba a decirle a este licenciado que en pocos años más el rumbo de su vida habría de cambiar totalmente; que Dios habría de conducir sus pasos hacia los ásperos y peligrosos senderos de los Andes peruanos, para anunciar el Evangelio a los nativos de un mundo desconocido.
A la muerte del arzobispo Loaysa, las normas del Regio Patronato Indiano preveían el nombramiento o, dicho con más propiedad, la presentación del sucesor. Felipe II pensó en primer término en el Inquisidor de Cuenca, Diego de Lamadrid, pero ocurrió que en 1578 estaba vacante la diócesis de Badajoz por traslado de Diego de Simancas desde Ciudad Rodrigo a Zamora; y así Lamadrid fue destinado a la sede extremeña, quedando vacante otra vez la de Ja dudad de Los Reyes. El Consejo de Indias aceptó la candidatura de Mogrovejo y el monarca la estudió. Después de la votación respectiva, Felipe II hizo la presentación de Toribio Alfonso al Papa Gregorio XIII, quien la convirtió en designación pontificia, lo cual fue comunicado de inmediato al Inquisidor de Granada. En la carta de agradecimiento al Rey, le dice el nuevo prelado limense: “Si bien es un peso que supera a mis fuerzas, temible aún para los ángeles, y a pesar de verme indigno de tan alto cargo, no he diferido más el aceptarlo confiado en el Señor y arrojando en Él todas mis inquietudes” (Madrid, 15 abril 1580).
Tenía sólo 39 años de edad. Recibió en Granada las órdenes del diaconado y presbiterado. Viajó a su pueblo natal Mayorga para despedirse de su madre Ana de Robledo, la cual fallecería en 1591. (El Santo recibió la triste noticia en 1594 en plena visita pastoral en Lambayeque).
Ya ordenado sacerdote, Toribio viaja a la Corte madrileña para visitar y agradecer a Felipe II y al Consejo de Indias. En agosto de 1580 lo hallamos en Sevilla y allí recibe la consagración episcopal probablemente de manos del arzobispo Cristóbal de Rojas y Sandoval
El paso siguiente era disponer el viaje a las Indias del emperador. Era el primer arzobispo que pasaba directamente de España a Lima, pues Jerónimo de Loaysa había sido trasladado desde Cartagena de Indias a la sede limeña.
Con algunos familiares cercanos y colaboradores escogidos por él, el nuevo arzobispo se embarca en Sanlúcar de Barrameda en la nao del maestro Andrés Sánchez en la flota de Tierra Firme, mandada por el general Antonio Manrique. Después de una breve escala en las islas Canarias, la travesía del océano se hizo en casi un mes hasta Portobello en las costas del Caribe.
Allí todos desembarcaron para cruzar el inhóspito e insalubre istmo de Panamá encaminándose hacia las costas de la Mar del Sur y abordar el navío que enviaba el virrey del Perú. Siguieron viaje hada Paita, y en este puerto desembarcó el prelado para hacer el largo recorrido de la costa norte del Perú. Era el caluroso verano de 1581.
El 11 de mayo hizo Santo Toribio su entrada solemne desde la vecina iglesia de San Lorenzo cruzando el puente sobre el Rímac. Habían pasado cerca de 40 años desde la primera entrada del obispo Loaysa. Tomó posesión Toribio de la sede arzobispal, cuyo territorio, según nos dice el padre Roque Menchaca en las Memorias cronológicas, es “la mayor extensión que yo sepa haya tenido arzobispado alguno”: por el Norte y Nororiente hasta Lambayeque, Chota, Chachapoyas y Moyobamba; por el Este hasta las montañas de Huánuco, el valle del Mantaro y la provincia de Angaraes: y por el Sur hasta Nazca y Acarí. Si bien ya el prelado había recorrido en su viaje inicial los interminables y áridos desiertos costeños, se propuso conocer de cerca hasta los más alejados rincones del territorio que se le confiaba: El mismo lo confirmaría años después: “... entrando a partes remotas... donde ningún Prelado ni visitador había llegado” (Relación diocesana de 1598, al Papa Clemente VIII).
Hace poco tiempo José Antonio Benito, especialista en los temas toribianos ha publicado por primera vez completo en el E E. de la PUCP el Libro de las Visitas de Sto. Toribio. Con la ayuda de este interesantísimo volumen ya podemos reconstruir con precisión las dilatadas y agotadoras jomadas del Santo Arzobispo por la accidentada topografía del Perú, sus variados climas y sus extremas temperaturas. Sin ninguno de los modernos medios de locomoción (qué sólo aparecerían a partir de la segunda mitad del siglo XIX: él tren, el automóvil, el avión en ese orden). Sólo el caballo o la mula, y muchas veces ni eso siquiera, cuando recordamos la expresiva definición del padre José de Acosta: “Los caminos de la tierra son más bien para los gamos y las cabras que para los hombres”.
Monseñor Carlos García Irigoyen describió hace cien años el Libro de Visitas con estas palabras: “No sólo es respetable ese precioso manuscrito por su antigüedad de tres siglos, sino muy interesante para ilustrar la primera .centuria de la Iglesia peruana, pudiendo servir también para conocer el verdadero nombre de algunos pueblos, su población e industrias, las lenguas que allí se hablaban, los encomenderos, corregidores, párrocos. En ese libro se ven, a la par que las huellas del Santo Prelado en su visita pastoral, la de la civilización incaica que desaparece, sustituida por la que trajo la conquista española; indicándose, al tratar de los lugares visitados, los bienes de las parroquias, su ganado, fundaciones piadosas, y las haciendas, chácaras y obrajes que ellas comprendían” (Ga. Irigoyen, óp. di, I 307).
Además de la visita preliminar de 1581, Santo Toribio llevó a cabo otras tres mucho más amplias entre 1584 y 1591; entre 1593 y 1598; entre 1601 y 1604. Aún podemos añadir una quinta a partir de enero de 1605, pero interrumpida definitivamente en marzo de 1606 por la enfermedad y la muerte del santo arzobispo. José Antonio Benito calcula que fueron en total unos 40 mil kilómetros recorridos en la descomunal por lo extensa arquidiócesis de Lima. En ese territorio otrora confiado a un solo Arzobispo la Iglesia del Perú tiene hoy tres arzobispados: Lima, Huancayo y Trujillo; 14 obispados: Cajamarca, Callao, Carabayllo, Chachapoyas, Chiclayo, Chimbote, Chosica, lea, Huacho, Huancavelica, Huánuco, Huaraz, Lurín y Taima; y 5 Prelaturas: Chota, Huamachuco, Huari, Moyobamba y Yauyos. Piara y Tumbes dependían entonces de la diócesis de Quito.
El objeto de la Visita episcopal era múltiple: no sólo lo principal, de acercarse el pastor a sus fieles para conocerlos y enseñarles la doctrina de la fe e impartirles los sacramentos, sino también para comprobar la preparación y calificación del clero y la catequización efectuada: verificar la marcha de hermandades y cofradías; corregir y erradicar los defectos y abusos que se detectaban; revisar las cuentas; las rentas y los diversos servicios. Todo ello lo cumplió el Santo con solícito cuidado y paterno afecto, pero también con la firmeza del pastor responsable y ejecutivo. Su biógrafo Antonio de León Pinelo con un solo episodio dé una de las visitas toribianas nos da la tónica general de valor e intrepidez. Debía él arzobispo cruzar el río Santa de gran caudal; no se podía recurrir a la balsa o al cesto. Hizo tender la consabida maroma entre una y otra orilla, atada a sendos postes de ambas márgenes; de esta maroma pendían otras cuerdas, a las cuales el prelado se ató; y así consiguió con ayuda de los nativos, que iban tirando desde la orilla opuesta, vencer la fiereza del río Santa y el vértigo de la velocidad impetuosa de sus crecidas. (Pinelo, Vida, 158).
De acuerdo con el Concilio de Trento, era obligación primaria de los obispos y sacerdotes el esmerado empeño de cuidar de la grey a ellos confiada. No sólo enseñar la verdadera doctrina religiosa y evangélica sino también formar con el ejemplo de la entrega generosa de toda la vida. Santo Toribio convocó el III Concilio Límense en 1582. Junto a obispos de América meridional acudieron
ilustres lingüistas, canonistas y superiores de órdenes religiosas (las cinco que ya estaban establecidas en el Virreinato: dominicos, franciscanos, mercedarios, agustinos y jesuítas). Los obispos procedían de Quito, La Imperial, Santiago de Chile, Cuzco, Tucumán, Charcas y Río de la Plata. Los procuradores representaban al clero diocesano de esas mismas diócesis, más el de Nicaragua.
Los decretos conciliares se aplicaron sobre todo a tratar de resolver el objetivo fundamental de la evangelización de los Indios y la instrucción religiosa, la administración de los sacramentos, el alivio de la penosa situación de los nativos, para que se les mire ‘Vio como a esclavos, sino como a hombres libres y vasallos de la Majestad Real”. A los ministros eclesiásticos se les pide que se acuerden de “que son pastores y no carniceros, y que como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana”.
La obra más notable del III Concilio limense en los aspectos pastorales y pedagógicos fue sin duda el Catecismo límense, el cual ha sido llamado por Ludano Pereña el documento constitucional de la conciencia cristiana de Hispanoamérica y una de las claves más importantes para descifrar la identidad de este continente.
Tal vez el título abreviado de esa obra induce a pensar en un pequeño librito. Pero se trata en realidad de un tomo grueso de 774 páginas, formado por una colección de escritos catequéticos con unidad de origen (el Concilio Provincial de Lima de 1582-83) y unidad de destino (“doctrinar a los indios y las demás personas que han de ser enseñadas en nuestra santa fe”). Redactado por él padre José de Acosta, fue traducido al quechua y el aymara por un selecto grupo de expertos lingüistas (Juan de Balboa, Alonso Martínez, Francisco Carrasco y los jesuítas Bartolomé de Santiago y Blas Valera), esto es -según lo confiesa el prólogo del propio Concilio- “los mejores maestros de la lengua que se han podido juntar”. De esa edición matriz de 1584-1585 se sacarían más tarde versiones en otras lenguas vernáculas, como es la edición de la lengua de Chile, de 1606, o la muisca de Nueva Granada.
Junto con los catecismos de la doctrina cristiana van (en la edición del impresor Antonio Ricardo) dos complementos pastorales sumamente útiles: el Confesionario para los curas de indios y el Sermonario, integrado por 31 sermones o alocuciones en que se explicaba toda la Doctrina en las tres lenguas indicadas: español, quechua y aymara.
Al final del Catecismo breve se añade a manera de apéndice un silabario con las letras castellanas en mayúsculas y minúsculas: las consonantes y las vocales, solas y combinadas. De esta manera los párrocos y misioneros cumplían una benéfica tarea de alfabetización en las escuelas de primeras letras que funcionaban como anexas a las parroquias. Dichas cartillas se complementaban también con carteles o láminas hasta familiarizar los ojos y la lengua con las figuras y los sonidos.
El Catecismo trilingüe de Santo Toribio, el primer libro impreso en América del Sur, resultó así un instrumento de inserción de nuestros principales idiomas nativos en el horizonte cultural de la civilización occidental.
En febrero de 1986 pudo lograrse por la oportuna consociación del Corpus Hispanorum de Pace, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid, el Instituto de Cooperación Iberoamericana, la Junta Episcopal Española para la Conmemoración del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América y el Ayuntamiento y Diputación provincial de Cuenca, la excelente edición facsímil del volumen del Catecismo Limense y sus complementos pastorales. Se tomó como base un ejemplar completo, el de la diócesis de Cuenca en España. Después de la guerra civil de 1936, y así lo dice el historiador británico Hugh Thomas en su Historia de la Guerra Civil Española, el ejemplar que se conservaba en la Biblioteca del Seminario de Cuenca se dio por desaparecido. Afortunadamente se recuperó el preciado volumen, rareza bibliográfica e incunable americano. En el año 1978 el obispo diocesano Mons. José Guerra Campos recabó del entonces Arzobispo de Lima, Cardenal Juan Landázuri Ricketts su “nihil obstat” para la publicación.
El concilio de Trento, luego de comprobar los perjuicios resultantes de, un clero deficientemente preparado, había ordenado (capítulo 18 de la 23a. sesión) la fundación de centros para la formación de jóvenes que manifestaban vocación sacerdotal. El seminario debería ser el plantel perenne de los futuros ministros eclesiásticos. Obediente a las normas tridentinas, el concilio limense legisló sobre los colegios seminarios, encomendando a los obispos la fundación de estos institutos, “pospuestos cualesquier impedimentos que en contrario se ofrezcan”. Casi todo el capítulo 44 se dedica a fijar las contribuciones económicas que servirán para asegurar la buena marcha del plantel.
Importa mucho asegurar la idoneidad de los candidatos: que sean “hombres de buena vida y de suficientes letras y que tengan noticia de la lengua de esta tierra”. De ninguna manera debe tolerarse a quienes den muestra de codicia — el mayor de todos los males— en la pretensión de dar o recibir cualquier cosa por las órdenes sagradas. Se señalan severas penas a los obispos y ministros que incurrieren en cualquier género de simonía. La regla de oro ha de ser: “más vale pocos sacerdotes y ésos buenos que muchos y ruines” (cap. 33). El vil deseo de lucro debe alejarse completamente del seminario. Abundan los cánones que intentan contrarrestarlo, prohibiendo cobrar nada a los indios o usurpar bienes de difuntos “aunque sea so pretexto de ofrecer sufragios por sus almas” (cap. 39).
Así, pues, una vez aprobado el Concilio límense por el Papa y por el rey de España según las normas del Regio Patronato, Santo Toribio puso manos a la obra. En 1591 el arzobispo adquirió un inmueble en la calle que hasta hoy lleva el nombre de Santo Toribio (segunda cuadra del jirón Lampa) y admitió en ese precario local (como lo recuerda Guillermo Lohmann Villena) a dos docenas de jóvenes, que puso bajo la dirección del Bachiller Hernando de Guzmán. Estaría bajo la advocación de Santo Toribio de Astorga, y los educandos adoptaron el traje y las costumbres de los del Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo, en Salamanca, en cuyas aulas había cursado sus estudios el propio Toribio Alfonso, elevado a los altares en 1726.
No faltaron adversidades ni contradicciones en la vida de Santo Toribio. Vinieron principalmente de quien ejercía el cargo de Virrey del Perú, García Hurtado de Mendoza, IV marqués de Cañete. Había sido gobernador de Chile a los 22 años. Alonso de Emilia en su poema La Araucana le llama “mozo capitán acelerado”. Altanero y atrabiliario, su autoritarismo le condujo a censurables excesos, todos los biógrafos de Santo Toribio ponen de manifiesto esas taras temperamentales del octavo virrey del Perú. Vicente Rodríguez Valencia, el historiador más completo de Santo Toribio, trae además un elenco alucinante de casos ilustrativos. El Virrey, dice, es “vanidoso y violento, y estas dos notas de su carácter le inutilizaron para todo buen gobierno en su vida de contacto y relación”. Rubén Vargas Ugarte resalta su “altanería y terquedad”. Roberto Levillier es aún más contundente: “Quejábase (al rey Felipe II) del Arzobispo en esa forma subalterna de violencia a que conduce la inferioridad agriada... no perdía ocasión de ridiculizarlo, y llevóle su ofuscación hasta valerse de calumnias para perderle en el espíritu del Rey”. Y añade: “Don García de Mendoza rio fue un mal administrador, pero sí un espíritu estrecho y vanidoso”. José Antonio del Busto ve en él un genio “terco y agresivo”.
Si por lo general los virreyes se mostraban puntillosos en la guarda del Real Patronato, el marqués de Cañete hizo ostentoso avasallamiento del fuero episcopal y no se detuvo ni ante la acusación calumniosa. Sin duda el áspero comportamiento del Virrey fue la cruz más dura que tuvo que sobrellevar Santo Toribio y por contraste -por la calidad de los testimonios aducidos-, uno de los capítulos más edificantes en el proceso de beatificación.
Guillermo Lohmann Villena nos resume uno de esos lances arbitrarios. El Arzobispo había colocado en la portada del flamante Seminario de Lima un escudo con sus armas. “Tan pronto llegó a conocimiento del Virrey tal hecho, ordenó al capitán de su escolta que se constituyese en el lugar y vigilase que un cantero picara esa pieza ornamental. El Arzobispo, ante este acto de autoritarismo, realizado sin consulta de la Audiencia, declaró por excomulgados a cuantos habían intervenido en el atropello. La reacción del Virrey fue a su vez mandar prender al cuñado de Santo Toribio, don Francisco de Quiñones, ex Corregidor de Lima y futuro Gobernador de Chile, si el Arzobispo no deponía su actitud. Por fortuna se alcanzó a una mediación, y levantada la censura, se sometió la controversia a la decisión del monarca”. Por Real Cédula de Felipe II se le dice al Virrey García Hurtado de Mendoza: “Visto por los de mi Consejo Real de las Indias... os mandó que dejéis el gobierno y administración del dicho colegio seminario a la disposición del dicho Arzobispo, y también el hacer la nominación de los colegiales, conforme a lo dispuesto en el dicho Concilio de Trento y en el que se celebró en esa ciudad el año pasado de 83... Y asimismo que... pueda poner sus armas si quisiere, con que también se pongan las mías en el más preeminente lugar”.
Son numerosas las expresiones duras, injustas y hasta malévolas del Virrey. En carta desde el Callao el Rey el Io de mayo de 1590: “Ni yo he visto al Arzobispo de esta ciudad ni está jamás en ella, y da por excusa que anda visitando su Arzobispado, lo cual tiene por de mucho inconveniente, porque él y sus criados andan de ordinario entre los indios comiéndoles la miseria que tienen, y aún no sé si hacen otras cosas peores... todos le tienen por incapaz para este Arzobispado” (Lissón III 549).
En diciembre del mismo año, en otra carta al Rey: “Viendo el Arzobispo cuán de veras vuelvo por las causas que tocan al Patronazgo... ha procurado desde que entró en esta duda hacer todas las contradicciones que ha podido... y es tan incapaz y tiene tan poco gobierno, traza ni consideración en cosa de cuantas trata, que no se hubiera podido sufrir su manera de proceder”. Y en abril de 1594: “Cuando considero su poca traza y término, imagino que debió de nacer en Londres o Constantinopla”. Es decir, el Virrey pone al arzobispo en el mismo saco que a los cristianos anglicanos y ortodoxos poco afectos a la iglesia católica. Por fin llegó, en 1596, la orden de Felipe II para que volviese a España el autocrático gobernante. Lo sustituyó don Luis de Velasco, el cual acababa de concluir el mando virreinal en México. Como Martín Enríquez de Almansa, (que había iniciado su administración en Lima al mismo tiempo que Santo Toribio en 1581), Velasco marqués de Salinas fue un buen Virrey. Mantuvo con el Prelado una relación cordial y de mutuos respetos. Al cuñado del Santo, Francisco Quiñones, que había sido, como se apuntó anteriormente, Apresado por el marqués de Cañete e incluso enviado a las galeras del Callao, Velasco lo nombró gobernador y capitán general de Chile en los trances agitados de la segunda rebelión de los indios araucanos en 1600.
Santo Toribio de Mogrovejo llegó a convocar y reunir tres Concilios limenses: el III ya citado, de 1583, el IV de 1591 y el V de 1601. En cambio los sínodos arquidiocesanos toribianos fueron 13, realizados allí donde estuviese el Santo, en las fechas prefijadas, no necesariamente en la capital del Virreinato. Tales fueron los sínodos efectuados en Yungay, Yambrasbamba, Huáñec, Piscobamba, Huaraz. Al terminar el decimotercero el 31 de julio de 1604, Santo Toribio convocó el 14° para el 31 de julio de 1606.
Los textos sinodales que se conservan fueron examinados detenidamente en el proceso de beatificación ya en el siglo XVIII. Se trata de una legislación realista, no utópica, y al mismo tiempo plena de espíritu humano y religioso. El Censor en Roma, el R Martín de Esparza, de la Compañía, escribió: “Todo lo que en ellos se decreta me parece bueno, justo y santísimo y muy a propósito para conservar y propagar la fe católica y para reformar y ajustar las costumbres”. Y el dominico R Blanchís agrega: “Utilísimo todo para el incremento de la fe y la conservación de la disciplina eclesiástica”.
Santo Toribio de Mogrovejo es uno de los grandes forjadores de la nacionalidad, como lo ha llamado nuestro Presidente, José Agustín de la Puente Candamo, en el Simposio internacional del Vaticano, celebrado en 1992. Efectivamente, por la mejor organización de la vida de la Iglesia, el conocimiento de la realidad del Perú, la permanente preocupación por la evangelización del hombre andino y la enseñanza de su vida ejemplar, Toribio Alfonso de Mogrovejo es el eximio educador del hombre de la sociedad peruana en formación. Es impresionante -ya se ha mencionado- el afán del santo por conocer de cerca las verdaderas condiciones de vida de los nativos de esta tierra. No vacila en aplicarse al “inmenso esfuerzo humano que demanda el viaje durísimo, con medios precarios y en una de las más duras geografías” del orbe. Ciertamente no lo guiaba el afán aventurero o el deseo de cambio, de encontrar cada mañana imponentes parajes o divisar nuevos horizontes. Tampoco —por muy noble que sea— el impulso de la ciencia, al que muchos hombres desinteresados ofrecen su vida, como lo hizo el meritísimo Antonio Raimondi, gloria de Italia y del Perú. Toribio de Mogrovejo afrontó todos los riesgos y todas las penurias por una razón: el ideal de llevar la luz del conocimiento y del amor a Dios y a Jesucristo a los más remotos rincones, allí donde un hermano abandonado pudiese recibir la certeza de la caridad y de la gracia del Señor. El celo de las almas lo devoraba. Todo lo demás: los agotadores incidentes de los viajes, en una época en que cualquier travesía en tierras americanas implicaba más incomodidad que otra cosa, carecía para él de real importancia.
Fue canonizado por el Papa Benedicto XIII el 10 de diciembre de 1726 junto con San Francisco Solano, San Luis Gonzaga y San Juan de la Cruz. El Papa Juan Pablo II lo nombró en 1983 Patrono del Episcopado Latinoamericano, A él, Pastor insigne, Obispo de la iglesia universal y entrañada hondamente en nuestra patria peruana rinde hoy respetuoso y agradecido homenaje la Academia Nacional de la Historia.

MARÍA FUENTE VIVA DE ESPERANZA PARA ALZAR LA MIRADA ANTE LA VISITA DEL PAPA LEÓN A ESPAÑA
28 edición del Rosario de la Aurora en Móstoles. Aquella siembra diminuta va dando sazonados frutos. Jóvenes de la Milicia de Santa María, miembros de movimientos marianos de Móstoles, fieles de la diócesis de Getafe se han dado cita nuevamente en la ermita de Nuestra Señora de Todos los Santos para peregrinar por las calles del Móstoles central a las 7 de la mañana, cuando la ciudad duerme y tímidamente se levantan algunas de sus persianas para contemplar tan simpática manifestación.
Comienza puntualmente con una breve motivación que este año ha corrido a cargo del neo sacerdote don José María Ausín que nos brindó el testimonio de su vocación sacerdotal y nos animó a rezar con fervor para encomendar la inminente visita del Papa León.
Cuatro jóvenes portan la imagen peregrina de Fátima al ritmo de las canciones populares y desgranando avemarías.
Todas las cinco intervenciones de los misterios del Rosario se han enmarcado en el contexto de preparación de la visita del Papa. Agradezco a Javier Segura, delegado de enseñanza religiosa de la diócesis de Getafe y motor de la actividad, el presente guión que tengo el gusto de compartiros.
PRIMER MISTERIO. La anunciación del ángel a María. Alza la mirada, el encuentro con los jóvenes. Comentó Javier Ratia, universitario de la Milicia de santa María, que ofreció el misterio por los jóvenes
Alza la mirada es el lema que se ha escogido para la visita del Papa a España. Lo hará en Madrid, Barcelona y las Islas Canarias. Y la primera parada será el encuentro con los jóvenes en la plaza de Lima.
Recemos por los jóvenes, para que seamos capaces de levantar la mirada de nuestro móvil y oír la llamada de tantos amigos que, sin saberlo y a tientas, están buscando a Dios. Sí, hoy los jóvenes tenemos sed de Dios. No llena nuestro corazón una sociedad que solo nos ofrece placer y cubrir nuestras necesidades materiales. Tenemos sed de mucho más, tenemos sed de encontrarnos con ese Dios vivo que nos muestra Jesucristo.
Jóvenes, amigos, alcemos la mirada y abramos nuestros corazones a lo bello, a lo grande, a lo verdadero.
SEGUNDO MISTERIO. La visitación de María a su prima santa Isabel. Alza la mirada, la eucaristía en el centro. Comentó Ascensión Bailón, de la Asociación de la Medalla Milagrosa, quien ofreció el misterio por los sacerdotes
El segundo gran encuentro del papa León XIV en España será la celebración del Corpus. El papa nos invita a alzar la mirada de nuevo, pero esta vez para contemplar a Jesús en la custodia, a Cristo en la eucaristía.
Sin la eucaristía, sin el domingo, no podemos vivir, decían los antiguos mártires de Abisinia. Tampoco nosotros podemos vivir como cristianos sin acercarnos al pan de vida y alimentarnos de la carne y la sangre de Jesús. El papa nos invita a renovar nuestra unión a Jesús, en la oración y en la eucaristía. Unidos con él, seremos en verdad uno en el uno, tal como quiere el papa León.
Renovemos el amor a la eucaristía y pidamos por todos nuestros sacerdotes.
TERCER MISTERIO. El nacimiento de Jesús en el portal de Belén. Alza la mirada, la cultura y el arte que llevan a Dios. Comentó Froilán Rivas, estudiante de Humanidades en la Complutense, quien ofreció el misterio por el compromiso de los laicos.
Uno de los ejes que moverán el viaje del papa León será el encuentro con la sociedad y con la cultura. Lo hará en Madrid en el Movistar Arena y lo hará en Barcelona en la Sagrada Familia construida por Gaudí.
Es una invitación de nuevo a alzar la mirada, a salir a la sociedad y a llevar a ella la luz del evangelio, Hay un mundo nuevo que construir. Un mundo que necesita de hombres y mujeres comprometidos en su profesión, como lo fue Gaudí, y en su entorno.
Pidamos especialmente por los laicos, para que sepamos poner nuestros dones al servicio del evangelio y la sociedad y no tengamos miedo a dar testimonio de Jesucristo en todos los ámbitos en los que nos movemos: el barrio, el trabajo, la política, los medios de comunicación, la vida entera.
CUARTO MISTERIO. La presentación de Jesús y la purificación de su madre. Alza la mirada, el compromiso con la diócesis. Comentó Miguel Bonilla, de la Hermandad de Nuestra Señora de los Santos, quien ofreció el misterio por los obispos diocesanos.
En Madrid el papa se reunirá en el Santiago Bernabéu con la iglesia local, con las tres diócesis de Madrid: Alcalá, Madrid y Getafe.
También esta es una invitación a levantar la mirada. Más allá de mi pequeño mundo, de mi familia y de la parroquia, todos pertenecemos a esta gran familia que es la diócesis de Getafe. Pidamos para que en torno a nuestro obispo D. Ginés y al obispo auxiliar D. José María, nos unamos cada vez más y demos un nuevo impulso a la misión.
¡Son tantos los que no conocen a Cristo en nuestras ciudades! No nos puede ser indiferente que nuestros hermanos, aquellos con los que compartimos el día a día, no conozcan la alegría y la esperanza de saberse amados inmensamente por Dios.
QUINTO MISTERIO. Pérdida y hallazgo de Jesús en templo. Alza la mirada, los migrantes. Comentó Yormans Vegas, profesor de Religión, quien pidió por los migrantes
El último destino del Papa León serán las islas canarias. Ya el papa Francisco quiso viajar allí para que todo el mundo alzase la mirada y viese el drama de los miles y miles de inmigrantes que buscan, aun a riesgo de su vida, un futuro de esperanza en los países más desarrollados.
También yo vengo de una situación de dificultad. Con mi familia tuvimos que venir a España desde Venezuela, huyendo del régimen chavista y de su persecución. Hoy quiero dar gracias a España por acogernos y de una manera especial a la iglesia, que desde el primer momento hemos sentido cercana en sus sacerdotes y consagrados, en tantos hermanos que nos han brindado todo su apoyo.
Levantemos la mirada y veamos el drama de tantos migrantes que tienen necesidad de una mano amiga que les ayude a continuar el viaje de la vida.
A lo largo de la procesión los fieles pudieron acercarse a la confesión con varios de los sacerdotes presentes. Los numerosos fieles fueron “disputándose” el honor de cargar las andas de la Virgen. Con la letanía lauretana y algunos cánticos se culminó el rezo del rosario y se llegó a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción donde se celebró la Eucaristía. Presidió la liturgia D. Daniel Fabre, párroco de san Martín de Porres de Móstoles, acompañado del párroco don Pablo de Haro quien agradeció a los organizadores y los fieles. Por su parte, don Daniel, alentó a todos los fieles a invocar a María, como “bisagra” de la Puerta que es Cristo.
Ni que decir tiene que todos acabamos contentos con este magnífico despertar en el último sábado mariano, víspera de la fiesta de la Trinidad y de Nuestra Señora de la Visitación. El rosario nos unió y animó a seguir proclamando nuestra fe en la vida, tal como acabábamos de hacer por las calles de esta ciudad con más de 214.000 habitantes.

En la carta encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, la historia se presenta como un recurso vital de discernimiento y fundamento para afrontar los desafíos de la era de la inteligencia artificial.
Basta con buscar "historia" para ver que hay por lo menos 53 alusiones al término. Os invito a leer la encíclica en la clave del n. 42. "contemplar la historia partiendo de las heridas y las esperanzas de las personas y a ponerlas en diálogo con el Evangelio".
De momento os comparto algunos textos enriquecidos con algún dato biográfico acerca de las 8 mujeres emblemáticas, 4 cristianos ejemplares y que he tomado de la IA. Pongo el enlace del documento para facilitar y contrastar:
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
n.130. San Agustín describe la historia humana como un lugar de lucha entre dos amores, que han construido dos modos de habitar el mundo y de convivir, dos “ciudades”: por un lado, el amor a Dios y al prójimo; por otro, únicamente el amor a sí mismo. «Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial». Como en toda la historia humana, también hoy estos dos amores luchan en nuestro corazón por el predominio. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros.
n.124. En diversos contextos se han distinguido además mujeres valientes y generosas como:
1. Santa Laura Montoya — Misionera y educadora colombiana (1874–1949), primera santa nacida en Colombia. Fundó las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena para evangelizar a pueblos indígenas con respeto a su cultura.
2. Santa Teresa de Calcuta — Religiosa católica nacida en Albania (1910–1997), fundadora de las Misioneras de la Caridad. Dedicó su vida a los pobres y enfermos en India; Premio Nobel de la Paz 1979 y canonizada en 2016.
3. Dorothy Day — Periodista y activista social estadounidense (1897–1980), cofundadora del Catholic Worker Movement. Defensora de la no violencia, la justicia social y la hospitalidad hacia personas marginadas.
4. Maria Skłodowska-Curie — Física y química polaca-francesa (1867–1934), pionera en radiactividad. Doble Premio Nobel (Física y Química); descubrió el polonio y el radio.
5. Maria Montessori — Médica y pedagoga italiana (1870–1952), creadora del método Montessori. Promovió la autonomía del niño, el aprendizaje sensorial y ambientes preparados.
6. Elisabeth Elliot — Escritora y misionera cristiana estadounidense (1926–2015). Conocida por su labor en Ecuador tras la muerte de su esposo Jim Elliot y por sus libros sobre fe y perdón.
7. Wangari Maathai — Ambientalista y política keniana (1940–2011), fundadora del Green Belt Movement. Primera mujer africana en ganar el Nobel de la Paz (2004) por vincular medioambiente, derechos y paz.
8. Benazir Bhutto — Política pakistaní (1953–2007), primera mujer en liderar un país musulmán moderno como primera ministra. Impulsó reformas democráticas; fue asesinada en 2007.
9. Y tantas otras de todos los continentes, que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia
n.125. Junto a estos signos públicos, existe una trama más discreta pero decisiva: las comunidades religiosas que eligen lugares pobres y peligrosos; los mártires de la fraternidad y de la justicia como san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli, junto con testigos que han encarnado, en condiciones duras y a menudo inhumanas, la esperanza del Evangelio y la dignidad del hombre, como el venerable François-Xavier Nguyễn Văn Thuận. Y, sobre todo, los “mártires de lo cotidiano” que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos. Su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas.
1. Maximiliano María Kolbe: Fraile franciscano polaco nacido en 1894, destacó por su labor misionera y por fundar publicaciones católicas. Murió en el campo de concentración de Auschwitz en 1941 tras ofrecer su vida a cambio de la de otro prisionero.
2. Óscar Romero: Arzobispo de San Salvador nacido en 1917, denunció públicamente la represión y las violaciones de derechos humanos durante la guerra civil salvadoreña. Fue asesinado en 1980 mientras celebraba misa y posteriormente canonizado por la Iglesia católica.
3. Enrique Angelelli: Obispo de La Rioja nacido en 1923, impulsó una pastoral cercana a los trabajadores y campesinos en el contexto de fuertes tensiones sociales en Argentina. Murió en 1976 en un atentado vinculado a la dictadura militar, siendo reconocido después como mártir.
4. François-Xavier Nguyễn Văn Thuận: Cardenal vietnamita nacido en 1928, pasó trece años encarcelado por el régimen comunista tras la caída de Saigón. Durante su cautiverio escribió reflexiones espirituales que lo convirtieron en un referente contemporáneo de esperanza y reconciliación.
n. 211. Una lectura atenta de la historia lo confirma. Incluso en las noches más oscuras, el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación. La memoria de los santos y de los justos, de los constructores de paz a menudo olvidados, muestra que la gracia no elimina el conflicto con un gesto mágico, sino que genera una resistencia activa al mal y una creatividad sorprendente en el bien.
n.216. Como recordó el Papa Francisco, debemos “tocar la carne” de quienes sufren: mirar los rostros, escuchar las historias, reconocer las heridas. Los acontecimientos dolorosos necesitan tanto de historia como de memoria: la una para tratar de relatar los hechos, la otra para dar testimonio de lo vivido.

Cortés, Hernán. Marqués del Valle de Oaxaca (I). Medellín (Badajoz), 1485 – Castilleja de la Cuesta (Sevilla), 2.XII.1547. Conquistador, descubridor, fundador, capitán general y escritor.
Nació en el seno de una familia hidalga, de solar conocido pero de poca hacienda (un molino, un colmenar y una viña). Su padre, Martín Cortés de Monroy, “muy humilde y pobre aunque cristiano viejo”, según Las Casas; y su madre, Catalina Pizarro Altamirano, procedían de linajes de buena fama. Martín no sufrió por el apoyo que llevó a su pariente, Alonso Cortés de Monroy, clavero de la Orden de Calatrava, en su rebeldía contra la reina Isabel la Católica.
Se sabe muy poco de la niñez del más famoso de los conquistadores. Curiosamente, si se piensa en la extraordinaria capacidad de resistencia física que demostró luego, Hernán fue un niño frágil, varias veces enfermo con peligro de muerte, según Gómara.
Cuando cumplió los catorce años, Martín y Catalina resolvieron enviar a su hijo a Salamanca para estudiar, aprovechando la presencia allí de Francisco Núñez de Valera, esposo de una media hermana de Martín y maestro de Gramática. Hernán volvió dos años más tarde sin el título de bachiller, lo que dio un gran disgusto a sus padres que le destinaban a una carrera de letrado. Sin embargo, en Salamanca, aunque no matriculado en la universidad, no perdió el tiempo, pues adquirió cierta soltura en el manejo del latín, el dominio del discurso (como lo demostraron luego sus famosas Cartas de Relación) y un conocimiento ya correcto de las leyes del reino. Parece que complementó esta formación ejerciendo durante varios meses la función de pasante de un escribano real en Valladolid, antes de regresar a Medellín, aunque, según Juan Suárez de Peralta, la estancia en Valladolid tuvo lugar después de pasar algún tiempo con sus padres.
A buen seguro, la permanencia de este chico de dieciséis años, muy travieso, en la casa de sus padres no fue exenta de “ruido y enojos”. Hernán, cuya afición a las armas era cierta ya, pensaba en la aventura americana y cuando Nicolás de Ovando, el nuevo gobernador general de las Indias, dio una vuelta por Extremadura durante el invierno de 1501-1502, para reclutar a jóvenes para las Indias, parece que Hernán se alistó. Pero, antes de la salida de la flota de Ovando (febrero de 1502) el futuro marqués cayó del techo de una casa cercana cuando intentaba juntarse con una mujer, entrando por la ventana, y quedó minusválido en la cama durante varios meses.
Una vez recuperado el joven dejó a su familia y se fue a la buena de Dios. El año 1503 queda muy oscuro y, en verdad, no se sabe lo que hizo Hernán. En cuanto a sus proyectos, son varias las hipótesis. Quizás pensó en salir hacia Italia. Lo cierto es que, por fin, se embarcó con destino a la isla Española, en el barco de Alonso Quintero, en el año 1504, según la gran mayoría de los autores, conforme a un memorial del propio Cortés dirigido a Carlos V en 1542. Parece que tuvo el tiempo de volver a Medellín para despedirse de sus padres.
Llegado Cortés a la isla Española, el secretario de Ovando, Medina, le acogió con favor y le explicó los usos de la colonia; a cambio del compromiso de quedarse cinco años en la isla, recibiría un solar para edificar su casa, una tierra de una superficie decente para poder cultivar y, pasado un cierto tiempo, algunos indios en encomienda.
Hernán Cortés tenía entonces diez y nueve años.
Cuando salió a la conquista de México en 1519 tenía treinta y tres, es decir, que había cumplido ya la mitad de su vida. Era casi un desconocido. Los catorce años que vivió en las islas, La Española primero y Cuba después, plantean un problema difícil de solucionar.
Por un lado, se sabe cuáles fueron las actividades de Cortés en este período de su vida. Aprovechando su experiencia de Valladolid, ejerció con éxito la función de escribano en el pueblo de Azua y con sus indios se entregó a la cría de caballos y vacas, lo que le hizo un hacendado relativamente acomodado. Y cuando el nuevo gobernador de la Española, Diego Colón, envió a Diego Velázquez de Cuéllar a la conquista de Cuba, en 1511, éste reclutó a Cortés como secretario del tesorero de la empresa, con el fin de administrar el quinto real. Es decir, que la conquista de Cuba, por ser demasiado fácil, no le sirvió a Hernán Cortés de primera experiencia militar. En cambio, recibió en encomienda a los indios de Manicarao y pudo desarrollar su ganadería y explotar las minas de oro cubanas.
En 1515 era ya un hombre rico, tal y como lo demuestra su inversión en la compañía que creó con Andrés de Duero.
En 1518, cuando Velázquez elige a Hernán Cortés como jefe de la nueva expedición que lanza al asalto del continente, el problema es que Cortés no tiene ni la más mínima experiencia de la guerra (no fue nunca a Italia) ni de la conquista americana. No tuvo parte en ninguna de las empresas anteriores: es verdad que quiso alistarse en la expedición de Diego de Nicuesa de 1509 hacia la Castilla de Oro, pero una enfermedad venérea le obligó a guardar cama impidiéndole ir. Tampoco estuvo en los viajes de Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, en 1517 y 1518, que le hubieran proporcionado una información provechosa sobre el sur de México (Yucatán), su población, su temperamento belicoso y sus riquezas.
La verdad es que Cortés era un novato. De modo que resultan casi increíbles las hazañas militares y políticas del conquistador en México. Hay que admitir que fue la revelación de un auténtico genio.
Es cierto que la elección de Cortés no gustó a todos.
El mismo Velázquez, a última hora, quiso sustituir al hombre de Medellín, pero Cortés, desconfiado, zarpó con antelación. Así, en febrero de 1519, empezaba una de las epopeyas más extraordinarias de la Historia.
Hernán Cortés, que invirtió en la empresa la totalidad de su hacienda, estaba a la cabeza de una fuerza importante, pero mucho más reducida que la de Pedrarias Dávila en la conquista de la América central en 1514. Casi todas las fuentes están de acuerdo: Cortés tuvo bajo su mando a unos 508 infantes, más un centenar de hombres de mar (maestres, pilotos, marineros), a 16 jinetes con sus caballos, a 32 ballesteros y 13 arcabuceros, más algunas piezas de artillería ligera; además, disponía de cinco barcos. Hay que señalar que la empresa fue costeada por el gobernador Velázquez, el contador Amador de Lares, Andrés de Duero y el propio Cortés, sin ninguna participación de la Corona. Cortés no se dio prisa; entendió que la llave del éxito era la información y en cada escala intentó negociar y evitar el enfrentamiento. No lo logró siempre, pero pudo llegar hasta el país totonaca, donde más tarde se fundó San Juan de Uloa y La Vera Cruz, con pocas bajas. Resultó de vital importancia el que encontrase a dos intérpretes: un español, Jerónimo de Aguilar, que había vivido varios años con los mayas, y una mujer india, Malintzin (doña Marina después de su bautismo), cuyo papel en la conquista (y en la misma vida de Cortés) fue esencial. En efecto, esta mujer, vendida como esclava por sus padres a unos mayas del Tabasco, entendía a la vez su idioma materno, el nahua, y las lenguas mayas. Mientras que el español Jerónimo de Aguilar entendía las lenguas mayas.
De este modo, Cortés pudo comunicarse con los indios, dialogar con ellos, entender a la vez sus ofertas y sus propósitos.
Malintzin fue más que una intérprete. Cortés, pronto, se dio cuenta de su gran inteligencia y de la suerte que le brindaron los caciques del Tabasco.
Además, la pasión amorosa que, durante tres años, ligó al extremeño y a la india, hizo que Malintzin se empeñase en favorecer los proyectos del conquistador.
Fue ella la que le explicó lo que en realidad era el imperio de los mexica, sus creencias, organización y red de información, así como su manera de hacer la guerra, la hostilidad de varios pueblos, especialmente de los Tlaxcaltecas. Y Hernán Cortés supo aprovechar de una manera genial este regalo del destino.
En su corta estancia en el país totonaca, Cortés logró que el cacique de Cempoala se desprendiera del dominio de los mexica y le ayudase con doscientos tamames (porteadores) y cincuenta indios de guerra. El ejército de la conquista que, el 8 de agosto de 1519, se puso en marcha hacia la capital azteca lo formaban algo más de 420 españoles además de los indios, pues desde la salida se perdieron entre 35 y 40 hombres y Cortés dejó en Vera Cruz a una guarnición de 60 hombres (más los marineros) bajo el mando de Juan de Escalante.
En este ejército le acompañaron muchos hombres que alcanzaron la celebridad, y entre ellos muchos extremeños: los hermanos Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Diego de Ordaz, Andrés de Tapia, Alonso de Ávila y, evidentemente, el extraordinario cronista, Bernal Díaz del Castillo. Este ejército no fue una agrupación desordenada de aventureros, al contrario, fue una tropa organizada, regida por una disciplina estricta que Cortés impuso desde el principio; dividida en cinco compañías, cada una con su jefe, con un maestro de la artillería y un maestro de campo.
Las ordenanzas militares del 26 de diciembre de 1520, promulgadas en Tlaxcala, son el espejo de la realidad vivida diariamente.
Si bien es cierto que, al principio, los caballos con sus jinetes y las armas de fuego que llevaban la muerte a distancia impresionaron mucho a los indios, también lo es que pronto vieron que los primeros no eran criaturas sobrenaturales y que las segundas no eran infalibles.
Y, desde luego, mucho más eficaces fueron la organización de la tropa de Cortés, el sentido táctico del jefe, las iniciativas de sus tenientes y la manera de combatir de los españoles, sobre todo frente a unos guerreros que intentaban cautivar a sus adversarios más que matarlos, con el fin de disponer de víctimas para sus sacrificios.
La conquista de México se desarrolló en varias etapas: del 8 de agosto al 23 de septiembre, Cortés y sus hombres se internan en el continente, trepan hacia las montañas y los puertos que dan acceso al altiplano, en dirección de Tlaxcala. El conquistador intenta ganarse la alianza de Tlaxcala, pero los caciques no aceptan de ningún modo perder su independencia. Del 2 al 5 de septiembre, una batalla feroz enfrenta a los españoles y a los Tlaxcaltecas. Varias veces los españoles creen que van a morir: los heridos son numerosos, pero las bajas son relativamente escasas. Finalmente, la superioridad táctica y el armamento de los españoles, además de su extraordinario valor, cambian la actitud de los Tlaxcaltecas. Sus caciques piensan que, aliados con los españoles, van a triunfar sobre sus eternos enemigos, los mexica. La gran alianza entre los españoles y Tlaxcala, que resultará indefectible y que es consagrada por las uniones entre jefes españoles y princesas tlaxcaltecas, es un hecho esencial.
Cortés aprovecha inmediatamente la alianza y, del 23 de septiembre al 12 de octubre, los españoles se reponen y curan sus heridas en Tlaxcala. Bajo la influencia de su capellán (“No es justo obligarles a hacerse cristianos”), Cortés respeta la religión de sus huéspedes. Acepta la oferta tlaxcalteca de reforzarle con cinco a seis mil “indios de guerra” y toma en cuenta los avisos relativos a la amenaza de Cholula, aliada de Tenochtitlán y enemiga de Tlaxcala.
Por eso, cuando el 13 de octubre, el ejército de Cortés se pone en marcha hacia la capital azteca, pasa por Cholula, donde, el 18 perpetra una matanza (tres mil víctimas) para anticipar una matanza de los españoles, sugerida por Moctezuma (según el propio Cortés, avisado por Malintzin). Así, el 8 de noviembre de 1519, Cortés, sus hombres y sus aliados entran en México, donde son muy bien recibidos; no se produce ningún enfrentamiento.
Sin embargo, seis días más tarde, Cortés, bajo la presión de sus tenientes, pone a Moctezuma bajo vigilancia estrecha y se apodera del tesoro de Axayacatl.
Poco a poco, a pesar de encuentros casi diarios, la tensión crece en la capital entre los españoles y los mexica. Corren rumores de un próximo levantamiento bajo el mando de Cacamatzin, sobrino de Moctezuma. A principios de mayo de 1520 la situación toma mal cariz.
Quizás fue en esta coyuntura, entre mayo de 1520 y octubre de 1524 cuando Cortés demostró con más evidencia la amplitud de su talento político y de su genio militar. En efecto, a principios de mayo, Cortés es avisado del desembarco en San Juan de Ulúa de un ejército español importante enviado contra él por el gobernador Velázquez bajo mando de Pánfilo de Narváez (más de novecientos hombres). Cortés actúa con extraordinaria rapidez: dejando sus tropas a Pedro de Alvarado y recuperando de paso a varias guarniciones, llega a la costa a marcha acelerada y, con trescientos hombres solamente, gracias a una proeza de Gonzalo de Sandoval, se adueña de Pánfilo de Narváez y persuade a su gente para que se incorporen a su bando. Así, más fuerte, vuelve a Tenochtitlán, aunque demasiado tarde para invertir la tendencia, pues, en su ausencia, Alvarado y sus compañeros no aguantaron la presión de una muchedumbre cada día más hostil y, al final, cayeron en la locura de matar a traición a los principales mexica en el Templo Mayor. Cuando Cortés regresa a México, el 24 de junio, la rebelión está a punto de estallar y la situación empeora con la muerte, en circunstancias dudosas, de Moctezuma. Cortés entiende inmediatamente que la huida es la única vía de salvación, ya que, con su nuevo tlatoani, Cuitlahuac, los mexica están decididos a luchar hasta la muerte.
En la noche del 30 de junio, secretamente, los españoles abandonan la capital por la calzada que atraviesa la laguna. Pero, prevenidos, los indios asaltan furiosamente a los españoles que sufren pérdidas importantes (de 400 a 600 españoles y 4.000 indios).
Sin embargo, Cortés logra salir de la trampa, reúne a sus hombres y vence a sus perseguidores en Otumba, lo que le permite refugiarse a Tlaxcala.
Todos los compañeros de Cortés reconocen que la fidelidad de Tlaxcala a la alianza fue un hecho decisivo.
Del 1 de julio de 1520 al 28 de abril 1521, Cortés y sus hombres descansaron y se prepararon metódicamente para la batalla final, es decir, para la reconquista de Tenochtitlán. Las negociaciones con etnias del altiplano aislaron a los mexica; refuerzos de las islas duplicaron el ejército; el entrenamiento de los aliados tlaxcaltecas mejoró mucho sus técnicas de combate En la revista de Texcoco, en mayo de 1521, Cortés tenía bajo su mando a 650 infantes, 84 jinetes, 194 ballesteros y arcabuceros, unos 20 cañones y a 25.000 aliados indios, entre ellos 16.000 tlaxcaltecas.
Cortés concibió una operación anfibia, gracias a trece chalupas construidas en Tlaxcala y montadas a orillas de la laguna. Así pudo cercar la capital por tierra y por agua. Del 30 de mayo al 13 de agosto de 1521 la batalla fue encarnizada, la ciudad se conquistó casa por casa. Los mexica lucharon heroicamente pero la táctica de Cortés les puso de entrada en situación difícil: los españoles cortaron el acueducto de Chapultepec y así los mexica no tuvieron agua potable.
Además, sufrieron una epidemia de viruela que no tocó a los españoles, inmunes. Sus dioses habían abandonado a los indios. El 12 de agosto, Cuauhtemoc, sucesor de Cuitlahuac, se rindió. Pronto, los pueblos vecinos se unieron al vencedor.
La victoria de Cortés era una hazaña militar, pero aún más una proeza política. Aconsejado por Malintzin, supo sacar el máximo provecho de la división de los indios. Nombrado por una cédula de 15 de octubre de 1522 “gobernador y capitán general de la Nueva España”, Cortés va a ejercer un poder casi absoluto hasta su salida a Las Hibueras, el 12 de octubre de 1524. Reparte encomiendas entre sus seguidores, pero limitando sus derechos, y eximiendo totalmente la provincia de Tlaxcala como pago por su ayuda; instala los cabildos con sus alcaldes y regidores; emprende la reconstrucción de México, en el mismo emplazamiento, según el plan cuadrado clásico, aprovechándose de los talentos de Alonso García Bravo, Bernardino Vázquez de Tapia, Martín de Sepúlveda, arquitectos y topógrafos. Lanza la explotación de minas de oro y envía a Alvarado y Sandoval a descubrir comarcas vecinas (Colima, Jalisco, Michoacán, etc.), luego a conquistar Guatemala (Alvarado, 1523). Evidentemente, los conquistadores compañeros de Cortés tuvieron mucha parte en todas estas empresas.
Cortés promulgó en 1524 sus ordenanzas de buen gobierno y multiplicó las fundaciones (hospital de Jesús). Recordando la despoblación de las islas, estimuló el mestizaje entre españoles e indias, dando el ejemplo y aprovechando el mismo anhelo de los indios en este plan. Cortés no olvidó enviar al Emperador importantes cantidades de oro. Y solicitó la venida de misioneros franciscanos: los doce primeros, entre ellos Toribio de Benavente (Motolinia), llegaron el 13 de mayo de 1524. Los franciscanos apoyaron siempre la causa de Cortés.
Hernán Cortés fue un gran descubridor. Es cierto que la expedición de Las Hibueras (o de Honduras) fue un error: Cortés eligió un mal camino, por el Este atlántico, a través de ciénagas peligrosas, con numerosos ríos grandes que obligaron a los españoles a edificar un sinnúmero de puentes, cuando hubiera sido más cómodo ir por el centro a través de Guatemala. Durante la expedición, Cortés cometió la grave torpeza (censurada por Bernal Díaz) de ejecutar a Cuauhtemoc.
Por otra parte, su larga ausencia (dos años) y la falsa noticia de su muerte dejaron el campo libre a unos oficiales reales, ambiciosos, codiciosos, corruptos (factor, tesorero, contador, veedor) que desplazaron a los colaboradores de Cortés, explotaron sin medida a los indios, y se pelearon de tal modo que la Nueva España estuvo en gran peligro. Por suerte, sólo la noticia de la vuelta de Cortés, su extraordinaria popularidad, incluso entre gran parte de los indios, permitieron al conquistador restablecer su autoridad con la ayuda de los franciscanos.
Por lo menos, Cortés había ampliado el conocimiento de la América Central. Tuvo más mérito en el caso de la Baja California y del Golfo que, no en balde, se llama también Mar de Cortés. Consagró cuatro expediciones, financiadas por él, a tal empresa, entre 1533 y 1540, y participó personalmente en el tercer viaje, en 1535. Se conoce relativamente mal el tema porque el insustituible Bernal Díaz del Castillo, que estuvo en Las Hibueras, no participó en el descubrimiento de California. Pero, si bien el resultado económico fue nulo, el balance científico fue importante.
Un aspecto sorprendente de Hernán Cortés es la de empresario y hombre de negocios. Quedó dos veces arruinado: primero cuando la aventura de Las Hibueras y segundo, durante su estancia en España (1528- 1530).
La primera Audiencia de México, cuyo comportamiento fue escandaloso, se incautó de toda su hacienda para pagar las sumas que, supuestamente, debía a Su Majestad. Le escribió su mayordomo Francisco de Terrazas que no le quedaba más de diez pesos de oro. Sin embargo, Cortés fue capaz en pocos años de reconstruir una fortuna inmensa: en el valle de Cuernavaca, a unas doce leguas de la capital, desarrolló una importante actividad agrícola, cultivando trigo y forrajes, maíz, vergeles, introduciendo moreras y caña de azúcar; este cultivo también en sus fincas de la zona de Vera Cruz, lo que dio lugar a la puesta en marcha de molinos de azúcar; también se entregó a la ganadería, criando caballos, vacas, ovejas, puercos.
Sus tiendas de la capital vendían los productos de sus granjas. Lanzó la explotación de minas de oro, en Michoacán y también en Sultepec y Taxco, creó astilleros en Tehuantepec. Es cierto que Cortés utilizó mano de obra esclava e importó esclavos negros. Su fortuna le permitió financiar las expediciones a California y competir con el virrey Velasco en las famosas fiestas de 1538.
En 1528, con licencia del Emperador, Cortés hizo un viaje a España, con el séquito de un príncipe, acompañado por representantes de la elite indígena, bailaores, juglares, y algunos conquistadores (Sandoval, Tapia). También llegó cargado de regalos y de joyas de todas clases. Fue en julio de 1528 cuando Cortés tuvo en Toledo su primera entrevista con Carlos V; el 25 de julio entregó al Emperador un memorial en que formulaba sus pedidos y sus sugerencias para el gobierno de la Nueva España. Luego, acompañó al Emperador hasta Zaragoza. El 6 de junio de 1529 Carlos V concedió a Cortés 23.000 vasallos, repartidos en 22 villas, y el título de marqués del Valle (de Oaxaca), “Honores pero no el poder”.
En 1541, Cortés volvió a España con sus dos hijos legítimos, Martín y Luis. Llegó a tiempo para participar en la empresa de Argel, en octubre. Los avisos del conquistador que aconsejaba un desembarco y un asalto por tierra no fueron tomados en serio y la expedición fue un fracaso. Durante los años siguientes, hasta 1544, Cortés intentó en vano encontrarse con el Emperador, incluso en las Cortes de Monzón en 1542. Le dirigió varios memoriales largos (en 1542, 1543, 1544) que demuestran un conocimiento impresionante de los asuntos de la Nueva España, a pesar de su ausencia, pero que no obtuvieron respuesta.
En 1545, Cortés se retiró a Sevilla y en 1547 a Castilleja de la Cuesta, donde murió el 2 de diciembre.
Las últimas semanas de Cortés, cuya fe católica resulta incuestionable, fueron trastornadas por la congoja de la salvación eterna.
Hernán Cortés se casó dos veces: la primera en Cuba, en 1514 o 1515 con una española, Catalina Xuárez, que no le pudo dar hijos y que murió en 1522 en circunstancias que dieron lugar a sospecha, aunque no es posible sacar ninguna conclusión de las pruebas; se casó por segunda vez durante su viaje a España, el 2 de abril de 1529, en Béjar, con Juana Zúñiga, hija del conde de Aguilar y sobrina del duque de Béjar, con la que tuvo seis hijos, los dos primeros muertos al cabo de pocos meses; el tercero, Martín, fue el segundo marqués del Valle.
El conquistador tuvo también a un sinnúmero de amantes: “infinitas mujeres”, según el regidor de México, Bernardino Vázquez de Tapia, uno de sus acusadores en el proceso de 1529, en la ausencia de Cortés. Españolas o indias, damas o sirvientas. Dos tuvieron más importancia que el resto, sobre todo Malintzin, madre de otro Martín, nacido en 1522; pero también Tecuihpo, hija de Moctezuma, y madre de Leonor Cortés y Moctezuma, nacida en 1527, una de las raíces de la nobleza hispano-indígena; lo que certifica que Cortés tuvo varios hijos naturales.
Obras
Cartas de Relación, ed. de A. Delgado Gómez, Madrid, Clásicos Castalia, 1993.
Bibliografía
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https://historia-hispanica.rah.es/biografias/12255-hernan-cortes
