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TAMAYO, P. Manuel Toribio y León. Vidas y caminos paralelos (CDSCO, Lima, 2026, 112 pp)

TAMAYO, P. Manuel Toribio y León. Vidas y caminos paralelos (CDSCO, Lima, 2026, 112 pp) Peticiones: Tel. 4017527

Tuve la suerte de presentar la obra en el marco de la cena benéfica pro fondos de la proyectada película sobre Santo Toribio Mogrovejo con la productora GOYA y les comparto lo fundamental de mis palabras para animarlos a leer, comprar y difundir esta sencilla pero magnífica obra. La recomiendo vivamente como guía práctica para preparar la visita del Papa León al Perú. Les comparto al final el artículo del propio autor en OMNES donde resume y motiva lo que hoy podemos gozar totalmente https://www.omnesmag.com/actualidad/leon-xiv-santo-toribio-mogrovejo/

Vidas paralelas es una famosa colección de biografías de personajes ilustres de Grecia y Roma escrita por el filósofo e historiador griego Plutarco entre finales del siglo I y principios del siglo II d. C.

  • La obra agrupa a los personajes en pares (un griego y un romano con vidas o profesiones similares) para compararlos. Contiene cerca de 50 biografías en total distribuidas en parejas y algunos perfiles individuales. Incluye parejas célebres como Alejandro Magno y Julio César o Teseo y Rómulo.
  • Objetivo Moral, Plutarco prioriza la psicología y la moral de los personajes por encima del rigor histórico estricto. Buscó ofrecer modelos de virtud y vicio para guiar la conducta del lector. Incluyó anécdotas y detalles de la infancia o educación para revelar la naturaleza humana de los líderes.

Lo mismo sucede en la primera biografía sobre Santo Toribio de León Pinelo en la que nos comparte hasta 40 detalles de vidas paralelas con san Carlos Borromeo

TORIBIO Y LEÓN VIDAS Y CAMINOS PARALELOS del P. Manuel Tamayo sigue esta senda de vidas paralelas. Cuenta con el prólogo e introducción de dos obispos: Monseñor Josemaría Ortega Obispo Dimisionario de Juli y Mons. Salvador Piñeiro

Las vidas de Santo Toribio de Mogrovejo y del Papa León XIV trazan un puente espiritual e histórico extraordinario que conecta el siglo XVI con el presente. A pesar de los cuatro siglos que separan sus respectivas épocas, ambos líderes encarnan una misma visión eclesial: la del pastor misionero que abandona su tierra natal para encarnar el Evangelio en culturas ajenas, asumiendo la defensa de los más vulnerables y la renovación estructural de la Iglesia.

Mientras que Santo Toribio dejó la comodidad de las cortes españolas para adentrarse en los agrestes caminos del Virreinato del Perú, el Papa León XIV (Robert Francis Prevost) partió desde los Estados Unidos para entregar décadas de su vida al servicio pastoral en suelo peruano, particularmente en la Diócesis de Chiclayo. Este paralelismo no es una mera coincidencia cronológica, sino una profunda sintonía espiritual y metodológica. Ambos hicieron de la "cercanía al pueblo" su bandera, aprendiendo las lenguas nativas, recorriendo las periferias geográficas y promoviendo una Iglesia de "pies en la tierra y corazón en el cielo". Como se cantó en España para “alzar la mirada” y como reza el lema del Perú “para abrir el corazón”

El estudio de estas vidas paralelas se articula bajo tres ejes fundamentales que estructuran este análisis:

  • La inculturación y la misión itinerante: El desprendimiento absoluto de sus patrias para desgastar la vida recorriendo caminos —a mulo en el siglo XVI o en misiones modernas— con el único fin de llevar el mensaje de Cristo.
  • La reforma e institucionalidad con rostro humano: El celo de Santo Toribio en los sínodos limenses y la labor de León XIV en el Dicasterio para los Obispos, buscando siempre que las leyes eclesiásticas sirvan a la justicia y no a la burocracia.
  • La opción preferencial por los pobres: El combate frontal contra los abusos de las estructuras de poder de sus respectivos tiempos, asumiendo el costo político de defender la dignidad humana.

En definitiva, explorar la conexión entre el gran organizador de la Iglesia en América del Sur y el Sumo Pontífice nos permite comprender que el modelo de santidad y liderazgo toribiano no es una pieza de museo, sino un mapa de ruta vivo y vigente para los desafíos de la Iglesia universal de hoy.

La profunda sintonía pastoral que compartieron en este territorio norteño se agrupa según la IA bajo tres dimensiones fundamentales:

  • El barro de las misiones y la cercanía:
  • La mesa compartida y la identidad local:
  • El amparo a los vulnerables en el desierto:

Este arraigo quedó sellado ante los ojos del mundo cuando, apenas elegido Pontífice en el balcón de la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV dirigió sus primeras palabras en español para enviar un emotivo saludo a su querida e inolvidable Diócesis de Chiclayo

Semejanzas históricas, culturales, teológicas, geográficas, y, sobre todo, pastorales, uno en siglo XVII y el otro del siglo XXI. Aunque vivieron etapas diferentes. Ambos tienen la misión de guiar a la Iglesia con un fuerte carácter misionero y de cercanía con el pueblo peruano, en concreto Lima 7 y Chiclayo. Él murió en Zaña y el otro fue Obispo de Chiclayo

Índice de la obra:

Introducción . 11

I. Perfil de Buen Pastor    13

II. Modos de ser parecidos ..  17

III. Pastores peregrinos  ..  21

IV. Lenguaje de la Caridad  .......  31

V. Labor Pastoral con las personas vulnerables ....  39

VI. Promoción humana y cristiana    45

VII. Formación doctrinal en el Perú  ..  57

VIII. Conocían muy bien a cada persona ........  77

IX. Hacen falta santos  .  93

X. Hermanamientos y puentes  ......  99

Acción de gracias  ... 105

Bibliografía .... 109

Me sorprende el gran parecido con el decálogo de la CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS OBISPOS LATINOAMERICANOS Y DEL CARIBE OBISPOS DE AMÉRICA, SEAN SANTOS COMO SANTO TORIBIO CON MOTIVO DEL TERCER CENTENARIO DE LA CANONIZACIÓN
DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO En ella
quisiera contemplar su ministerio a la luz de un signo que nos remite al origen mismo de nuestra misión: la recepción del obispo en su iglesia catedral. Un rito semejante se prevé para la visita pastoral a una comunidad, como si la Iglesia quisiera conducir al prelado, una y otra vez, al significado de aquella primera entrada. Lo que la liturgia expresa en unos pocos gestos, el Apóstol de los Andes lo fue haciendo vida a lo largo de sus años de pastor. La mejor manera de honrar su memoria será dejarnos interpelar por el modo en que vivió el ministerio que también nosotros hemos recibido, e imitarlo.

  1. El rito comienza en la puerta de la catedral. Allí el nuevo obispo es recibido por la Iglesia a la que ha sido enviado. Llega a una comunidad que lo precede, que ha recorrido un camino de fe y en la que el Espíritu Santo ya estaba obrando. Al cruzar aquel umbral, entra en una historia que no comienza con él y queda ligado, por su ministerio, a un pueblo concreto. El santo arzobispo llegó a una tierra de cuyos pueblos y culturas apenas tenía noticia.. El ministerio de un sucesor de los apóstoles exige vivir con el corazón en el cielo y los pies en el camino.
  2. Todavía en la puerta, el obispo recibe un crucifijo y lo besa. Toribio prolongó aquel beso a la carne sufriente del Señor en sus viajes y fatigas, al defender a los indígenas, corregir abusos y mantenerse cerca de los pobres y de quienes sufrían.
  3. Después, el obispo recibe el agua bendita, se asperja a sí mismo y asperja a los presentes. El gesto lo devuelve a la fuente común del Bautismo. Antes de ser pastor, es discípulo; antes de presidir al Pueblo de Dios, se cuenta él mismo entre los bautizados, hechos hijos en Cristo. La santidad del pastor no puede darse por supuesta (cf. 1 Tm 4,16). Santo Toribio pudo pedir una vida eclesial más fiel al Evangelio porque comenzó por dejarse medir por esa misma exigencia.
  4. El rito conduce después al obispo ante el Sagrario, donde se arrodilla y adora. El amor de Toribio a la Eucaristía se manifestó en su solicitud por acercar a todos a Jesús. Ofrezcamos a nuestros fieles tiempo y espacios para permanecer ante Él y alentemos la adoración prolongada. Estoy convencido de que la santa presencia del Señor, acogida y adorada con fidelidad, sostiene lo que nuestras fuerzas no alcanzan y abre caminos que ninguna planificación podría prever. Será su amor el que transformará nuestras diócesis.
  5. Tras revestirse, el obispo se acerca al altar y lo besa. Es el mismo Señor, ante quien acaba de arrodillarse, ahora contemplado como aquel que reúne a su Iglesia en torno a sí y la hace un solo cuerpo (cf. 1 Co 10,17). El santo prelado sirvió a una Iglesia inmensa y plural, esforzándose por mantenerla unida.
  6. Luego se dirige a la cátedra y se leen las Letras apostólicas, la bula por la que el Romano Pontífice lo ha nombrado pastor de aquella Iglesia particular. Santo Toribio comprendió bien esta responsabilidad. La recepción del Concilio de Trento, los concilios provinciales, los sínodos diocesanos y su labor catequética dan testimonio de su deseo de transmitir íntegramente la fe y hacerla accesible a quienes tenía delante.
  7. A continuación, se acercan el clero y los fieles para «manifestar obediencia y reverencia» [7]. Toribio veló por su formación, fue exigente en la admisión a las órdenes, visitó a sus sacerdotes y sostuvo la disciplina eclesiástica, consciente de que la vida del clero repercute en la del pueblo.
  8. Después del Evangelio, el obispo dirige por primera vez la palabra a su pueblo Santo Toribio hizo de su vida una predicación prolongada, y su anuncio resultaba creíble porque había permitido que el Evangelio modela primero su existencia.
  9. Terminados los ritos de la recepción y celebrada la liturgia de la Palabra, llega el momento de presentar la ofrenda. De este Santo Sacrificio mana la gracia de la que vive la Iglesia y por la que Cristo continúa reuniéndola y santificándola a lo largo de la historia. El obispo, como todo sacerdote, presta su voz y sus manos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, que actúa por medio de su ministerio.
  10. La geografía espiritual de la Iglesia en América Latina está marcada por pastores que hicieron visible esta unión entre el altar y la vida. Fruto una verdadera constelación de obispos que la Iglesia venera como santos y beatos. Junto al gran arzobispo de Lima se encuentran los santos Antonio María Claret, Ezequiel Moreno, Rafael Guízar y Óscar Romero, y los beatos Juan de Palafox, Jacinto Vera, Mamerto Esquiú, Enrique Angelelli, Jesús Jaramillo y Eduardo Pironio, entre tantos otros insignes obispos. Encomendemos a Santa María de Guadalupe nuestro deseo de vivir con renovada fidelidad la misión recibida.

Gracias por la obra y particularmente con su nota final en que agradece a quienes han hecho posible su vocación, ministerio y la publicación del libro.


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León XIV y Santo Toribio de Mogrovejo

El papa León XIV, profundamente vinculado a Hispanoamérica y devoto del santo Toribio de Mogrovejo, se perfila como un nuevo impulsor de la evangelización con un espíritu de unidad y claridad doctrinal. Su pontificado, en el año de la esperanza, evoca la misión de los santos que llevaron el Evangelio a las periferias.

Los que están escribiendo sobre el Papa León XIV, hacen referencia a su predecesor León XIII, señalando varias similitudes que el mismo Papa ha refrendado, y que nos permite presagiar que León XIV sería el Papa de la unidad.

Resulta que este Papa es americano y con años de trabajo y experiencia en el Perú, lo que le ha permitido conocer bien la idiosincrasia de estas tierras hispanoamericanas.

A principios de este año, que es el año de la esperanza, estuve en España promoviendo la película de Santo Toribio de Mogrovejo.

Revitalizar su figura

Hace 12 años el Papa Benedicto XVI le dijo al arzobispo de Lima, ¿a ver que haces con Santo Toribio? Decía el Santo Padre que había que dar a conocer a Santo Toribio porque él era el Carlos Borromeo de América.

Efectivamente Santo Toribio trajo a las tierras americanas, y especialmente a la diócesis de Lima, el concilio de Trento, que era de la contrarreforma, para aclarar la doctrina católica de la confusión que había surgido por la reforma de Lutero.

El toque latinoamericano que tiene León XIV, lo hace muy hábil para que se produzca en este continente una reevangelización, como la que hizo Santo Toribio el siglo XVII recorriendo, a lomo de mula, con el Evangelio, el catecismo, traducido al quechua y al aimara, y con los sacramentos, el extenso territorio que le tocó, para evangelizar y confirmar, a todas las personas que podía. Fue un hombre que salió a las periferias para llevar la Palabra de Dios hasta el último rincón.

La leyenda negra

Los católicos españoles me decían hace unos meses, que había llegado la hora de los hermanamientos en Hispanoamérica, para borrar las leyendas negras, que las había tejido durante años los enemigos de la Iglesia, y que más bien había que resaltar la evangelización que hicieron los santos que predicaron en estas tierras con mucho sacrificio y dando sus vidas para que todos conozcan los evangelios y puedan vivir una auténtica vida cristiana de amor a Dios ya los demás.

Estamos en unos tiempos similares. El Papa León XIV habla de los desafíos que tenemos frente a la Inteligencia artificial y ante las ideologías que se han olvidado de Cristo y que lo tienen simplemente como un líder más y no como el Hijo de Dios.

Santo Toribio aclaró las cosas dando muchas luces a todas las personas, al clero, a las autoridades civiles y al pueblo. Su trabajo fue impresionante.

El Papa León XIV es devoto de Santo Toribio, él fue Gran Canciller de la Universidad Santo Toribio de Mogrovejo de Chiclayo.

El Camino de Santo Toribio

Hoy, quienes estamos promocionando un largometraje del santo, con “Goya Producciones” estamos fomentando, con varias universidades, que se diseñe “el camino de Santo Toribio” para las peregrinaciones, algo semejante al “camino de Santiago” en España.

Urge recristianizar nuestro continente y el mundo entero. Este papá tiene esa misión. Todos lo acompañamos con nuestra oración y una acción similar a Santo Toribio para llegar a todos con la claridad de la doctrina.

Los Caminos de Santiago y de Santo Toribio, son caminos que llevan a Dios. Los santos nos llevan a Dios y Dios nos quiere santos. Es por eso que necesitamos de los Sacramentos.

Ahora León XIV, y todos nosotros, con la intercesión de Santo Toribio y León XIII, pediremos con fuerza a San Miguel Arcángel que “arroje con su Divino poder a Satanás ya los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”

En el año de la esperanza vendrán tiempos nuevos, tiempos de luz y de unidad dentro de la barca de Pedro. 

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Antonio BELLELLA CARDIEL (ed.) Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto. (Publicaciones claretianas, Madrid, 2026, 341 pp)

Tuve la suerte de seguirlo en vivo on line y de comentarlo en animados coloquios. Lo leo ahora con avidez, serenidad y gran gozo en la estupenda edición que les comparto.

Es el fruto de la 55.ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada del 2026, cuyas ponencias recoge íntegramente, incluso con más detalle de como fueron pronunciadas. La verdad que su labor es encomiable y ejemplar, ya más de medio siglo -55 años- al servicio de la formación, el diálogo y la renovación de la vida consagrada. La atractiva publicación nos convida a consultar las anteriores cuyo título puede verse en el catálogo on line.

La obra pone sobre la mesa, sobre el tapete, en clave de realismo y esperanza, el serio problema de la reducción; es decir, la progresiva y visible disminución de personas, fuerzas y presencias que la vida consagrada experimenta en nuestro mundo occidental. El permanente chaparrón de noticias con cierre de casas, abandono del ministerio cuando no denuncia de abusos, ha creado un clima derrotista y pesimista para nada evangélico.

Las jornadas de la 55º semana cogen al toro por los cuernos y lo abordan a cabalidad. Siguiendo el clásico proceso de ver, juzgar y actuar, profundizan en un asunto que afecta al corazón y la vida de la  Iglesia, estudiándolo de manera interdisciplinar y en clave sinodal: desde la escucha mutua, la participación, la comunión y la conciencia de que la Misión confiada por el Espíritu pide la convergencia y la complementariedad de los carismas.

Conscientes del alcance de esta crisis, los expertos en sociología religiosa insisten en que el futuro de la vida consagrada no peligra, pero sí lo harían su modelo de desarrollo, su configuración específica en el mundo actual y su encaje teológico con el resto de las realidades eclesiales. Tres serios retos que conviven en un contexto muy crítico, donde es casi imposible encontrar una salida cortoplacista. Tres desafíos que exigen pararse a pensar y dejar que el tiempo diga su palabra.

Editado por el misionero claretiano Antonio Bellella Cardiel, director del ITVR, el volumen aborda con realismo y esperanza la progresiva disminución de personas, fuerzas y presencias que experimenta la vida consagrada, especialmente en el mundo occidental. Lo hace desde una perspectiva interdisciplinar y sinodal, atendiendo no solo a la dimensión cuantitativa de esta realidad, sino también a sus implicaciones eclesiales, teológicas, comunitarias y misioneras.

 Al igual que su ponencia oral, la presentación escrita (7-13) es magistral, por su lucidez, profundidad, sencillez, compartiéndonos no sólo lo mejor de la síntesis de sus contenidos, sino el sentido, los porqués, sus desafíos.

 

Viene a continuación la entrañable homilía de Monseñor Luis Ángel de las Heras, CMF, obispo de León, quien ilumina la problemática del desierto y la reducción con la palabra divina en los textos relativos a la escena del lisiado de la puerta del templo y el encuentro de Emaús, invitándonos a caminar con Jesús, en compañía de María “mujer pascual del silencio y de la esperanza” (15-19).

Las distintas aportaciones invitan a comprender este momento no únicamente como una pérdida, sino también como una llamada a detenerse, discernir y buscar nuevas formas de presencia y colaboración. La escucha mutua, la participación, la comunión y la complementariedad de los carismas aparecen como claves para afrontar un proceso que no admite soluciones inmediatas y que interpela al conjunto de la Iglesia. La publicación recoge las ponencias de especialistas procedentes de distintos ámbitos profesionales e institucionales:

Carlos A. Simón Vázquez, Fernando Miguel Vidal Fernández, Juan J. Bartolomé Lafuente, Lluís Oviedo Torró, A. Dominique Rakotobe, Carmen Yebra Rovira, Ángel Cordovilla Pérez, Gonzalo Fernández Sanz, María del Carmen Gómez, Cristina Muñoz Alústiza, Juani Garrido, Ángel Barahona Plaza, María Teresa Pandelet, Cardenal Cristóbal López Romero.

Los animo a conseguir la obra y leerla con detención. Nos brinda realismo, esperanza y todo un programa para responder al incuestionable desafío del ser o no ser de la vida consagrada. 

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Salamanca por dentro en 90 minutos

A los que somos de Salamanca nos encanta pasear por sus calles y compartir los mil y un recorridos posibles. El que les comparto lo viví el pasado viernes 4 de septiembre del 2026 y lo considero un regalo de lo Alto.

Gracias a mi hermano Juan Luis que me movilizó desde Rollán y debía acudir a una cita médica me dejó “suelto en plaza” por 90 minutos. Como era primer viernes de mes y quería aprovechar un ratito de adoración al Santísimo, me planté en 10 minutos en la capilla de adoración perpetua del convento del Corpus Christi en la calle Crespo Rascón, ¡qué paz y sosiego en medio de tanto bullicio ruano! Desde aquí, callejeando y viendo el trasiego por las casetas para las ferias, llego ¡cómo no! a la plaza mayor; dejo llevar la mirada a la churrigueresca fachada principal del Ayuntamiento y su reluciente piedra de Villamayor, los medallones, …entro en la oficina petada de Turismo… y ya estoy en la Rúa, donde me tomo la foto de rigor con la fachada de la Clerecía y Casa de las Conchas por fondo y asimilando la hondura y belleza del músico Salinas, en su cercano monumento.

Faltan dos días para la fiesta de la patrona, Nuestra Señora de la Vega, y me la encuentro lista para su fiesta del día 8, a unos centímetros. Me parecía que el Cielo había bajado a la tierra; le agradezco por tanto tanto y le ofrezco ¡todo!, totus tuus como Juan Pablo II, pidiendo por tantos y tan buenos amigos…

Salgo de la catedral vieja y me enfilo hacia la iglesia de los Capuchinos donde me encuentro con el entrañable Cristo procesional de Bernardo de Robles, el mismo autor que ha dejado deliciosas obras en la catedral de Lima y los Dominicos de Arequipa. Allí puedo gozar de otro rato “íntimo”, frente a frente mi Jesús. Y, sobre todo, puedo acudir al sacramento de la reconciliación que puntualmente administran a diario (de 11 a 13) los celosos y misericordiosos frailes. Con este sentimiento de ¡borrón y cuenta nueva!, acción de gracias, y listo para la santa misa en la capilla del hospital de la Santísima Trinidad. ¡Qué más se puede pedir que recibir el Cuerpo de Cristo en la cumbre de la liturgia cristiana, haciendo memoria agradecida del pasado, disfrutando a tope del misterio de Dios encarnado que vive en mí y en comunión con mis hermanos, consciente de que es un adelanto de lo que viviré en el Cielo!

¡Cuánto, Señor, en 90 minutos, ¡el tiempo que dura un partido de fútbol, y en mi Salamanca! Además, me encontré con dos grandes amigos celebrantes, don Ramón Martín, que fue párroco en mi pueblo, y don José María Yagüe, a quien conocí en su misión de Chimbote.

¡De veras que agradecí lleno de gozo y pedí que los miles de turistas que visitan mi Salamanca, de arte y sabiduría, descubran también esta ruta de intimidad y santidad!

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Fernando III. El Santo. Nace en Peleas de Arriba (Zamora), 24.VI.1201 – Muere en Sevilla, 30.V.1252. Rey de Castilla (1217-1252) y de León (1230-1252). Conquistador de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla, santo.

Cuando a fines de junio del año 1201, probablemente el día 24, festividad de san Juan, nacía el que iba a ser Fernando III de Castilla y de León en el camino de Salamanca a Zamora, en el monte al que luego se trasladaría el monasterio bernardo de Valparaíso, Castilla y León eran desde hacía cuarenta y cuatro años dos reinos distintos, separados y frecuentemente enfrentados. Fernando era hijo del rey Alfonso IX de León y de la castellana doña Berenguela, hija primogénita de Alfonso VIII de Castilla. Aunque procedente de doble estirpe regia, Fernando no nacía como heredero de ninguno de los dos tronos: en León le precedía un hermanastro suyo, nacido hacia 1194 y llamado igualmente Fernando, hijo del Rey leonés y de doña Teresa de Portugal, que ya había sido jurado como heredero del Trono de León; en Castilla el heredero era igualmente otro Fernando nacido en 1189, hijo de Alfonso VIII y hermano de doña Berenguela, la madre del Fernando nacido en 1201.

El matrimonio de sus padres no pudo mantenerse, pues había sido contraído sin la necesaria dispensa papal del impedimento de consanguinidad, pues el padre de doña Berenguela, Alfonso VIII de Castilla, era primo carnal de Alfonso IX de León. Ante los requerimientos de Inocencio III a los cónyuges para que se separaran, éstos rompieron su convivencia, tras seis años y medio de vida matrimonial (1197-1204) en los que nacieron cinco hijos, dos de ellos varones: el futuro Fernando III y su hermano Alfonso de Molina. Rota la convivencia de los padres cuando Fernando no había cumplido aún los tres años, la educación infantil de éste corrió a cargo de su madre doña Berenguela que había regresado a Burgos con su prole; más tarde la formación y la vida del pequeño infante se repartieron entre Burgos, donde era conocido como el leonés, para distinguirlo de su tío Fernando, heredero del Trono castellano y doce años mayor, y en León al lado de su padre, donde era llamado el castellano para diferenciarlo de su hermano mayor, también homónimo y heredero de la Corona de León. Además, en Burgos, había nacido ya a Alfonso VIII, el 14 de abril de 1204, otro hijo varón, Enrique, que igualmente precedía a doña Berenguela y a su hijo Fernando en el orden sucesorio.

Mas la muerte imprevista el 14 de octubre de 1211 de Fernando, el hijo y heredero de Alfonso VIII, a los veintidós años de edad, acercó al pequeño Fernando al Trono castellano, del que sólo lo separaba su tío el infante Enrique. En agosto de 1214 otra muerte igualmente impredecible, la de Fernando, el hijo de Alfonso IX, cuando rondaba los veinte años de edad, aproximaba también al futuro Fernando III al Trono de León.

El 6 de octubre de 1214 fallecía el rey de Castilla Alfonso VIII, el vencedor de las Navas de Tolosa, y lo sucedía en el Trono su hijo Enrique, un menor de diez años y medio de edad; veintiséis días más tarde fallecía la reina doña Leonor, por lo que recayó la tutoría y la regencia en doña Berenguela, pero al cabo de algunos meses las intrigas de los tres hermanos Lara forzaron la renuncia de la madre de Fernando y se hizo cargo de ambos oficios Álvaro Núñez de Lara. Las tensiones entre los hermanos Lara y los magnates que apoyaban a doña Berenguela se trocaron en choque armado y mientras aquéllos cercaban a doña Berenguela en Autillo (Palencia), en el palacio episcopal de Palencia un accidente de juego causaba graves heridas al rey Enrique I, a resultas de la cuales falleció el 6 de junio de 1217, cuando acababa de cumplir los trece años. En ese momento el futuro Fernando III se encontraba en Toro junto a su padre; doña Berenguela envió mensajeros para reclamar la presencia de su hijo, sin declarar nada de lo sucedido; Alfonso IX autorizó la partida del infante, que fue a reunirse con su madre.

Los Lara levantaron el asedio de Autillo, marcharon a Palencia y con el cadáver del rey Enrique abandonaron la ciudad, seguidos a corta distancia por doña Berenguela y los suyos. Los intentos de llegar a un acuerdo entre ambos bandos fracasaron, pues los Lara exigían que les fuera entregado el infante don Fernando, que estaba por esos días a punto de cumplir los dieciséis años, y quedara sometido a su tutela.

Doña Berenguela se estableció con su hijo en Valladolid, desde donde trataba de ganarse el apoyo de los concejos de la Extremadura castellana. Dichos concejos estaban reunidos en Segovia, deliberando para mantener una cierta unidad entre ellos, cuando, invitados por doña Berenguela, accedieron a trasladarse a Valladolid. El 2 o el 3 de julio los concejos congregados en el campo del mercado rogaron a doña Berenguela que acudiese ante ellos con sus hijos; allí tras reconocerla como reina y señora de Castilla, le rogaron que hiciese entrega del reino a su hijo mayor, al infante don Fernando, a lo que accedió en el acto la Reina, siendo así aclamado por todos Fernando III como rey de Castilla.

La primera tarea que tuvo ante sí el joven Monarca fue la pacificación del reino, superando la rebeldía de los Lara y logrando que su padre Alfonso IX, que había penetrado en el reino castellano como aspirante también a esta Corona, se retirara pacíficamente y depusiera sus aspiraciones; ambos objetivos eran alcanzados en el transcurso de los años 1217 y 1218. Al año siguiente, el 30 de noviembre de 1219, tuvo lugar en Las Huelgas Reales de Burgos el matrimonio de Fernando III con la princesa alemana doña Beatriz de Suabia, hija de Felipe de Suabia, emperador electo de Alemania en 1198 y que falleció en 1208, sobrina del emperador Enrique VI (1190-1197) y nieta de Federico I Barbarroja. Por parte de su madre, la bizantina Irene, era también nieta del emperador de Oriente Isaac de Ángel (1185-1204) y de su esposa Margarita, hija del rey Bela de Hungría. Con la elección de esta princesa extranjera quiso sin duda doña Berenguela evitar a su hijo la triste experiencia de una anulación matrimonial, ya que estaba unido por lazos de sangre a todas las casas reinantes en España.

Los primeros años del reinado de Fernando III transcurrieron en paz, pues desde 1214 se venían renovando las treguas firmadas por Alfonso VIII poco después de la batalla de Las Navas con los almohades, treguas que continuaron observándose durante el reinado de Enrique I (1214-1217) y los cuatro primeros años del de Fernando III, esto es, hasta 1221. En este año las treguas se renovaron hacia el mes de octubre por tres años más, por lo tanto, hasta 1224. Las treguas fueron escrupulosamente observadas por ambas partes, a pesar del clima de cruzada creado en Europa por el concilio de Letrán de 1215 y promovido por el papa Inocencio III.

Al finalizar el mes de septiembre de 1224 expiraban las treguas suscritas entre Castilla y el Califa almohade; había que tomar una decisión que significaba la paz o la guerra, y en la toma de esta decisión quiso Fernando III que participara primero su curia ordinaria, reunida en el castillo de Muñó (Burgos) el domingo de Pentecostés, 2 de junio de 1224, y luego una curia extraordinaria de todos los magnates y prelados del reino convocada en Carrión de los Condes a principios del siguiente mes de julio. En ambas asambleas la decisión fue la misma: no renovar por más tiempo las treguas, que venían durando ya diez años completos.

Así se cerraban los siete primeros años de reinado de Fernando III, caracterizados por la pacificación y recuperación interior, por el sometimiento de los magnates y por el robustecimiento de la autoridad regia, todo ello destinado a la creación de un reino próspero, fuerte y unido a las órdenes del Monarca. Ahora se abría otra época de su reinado de veintiocho años de duración, que sólo acabó con su muerte, durante los cuales, sin pausa ni desmayo y con el apoyo incondicional y entusiasta de su pueblo, Fernando III se consagró a extender sus fronteras a costa del enemigo musulmán hasta acabar con el poder islámico, expulsándolo hacia África o sometiendo a vasallaje al último reino mahometano que quedaba en España, el de Granada.

Las circunstancias no podían ser más propicias para el inicio de las operaciones militares. El 6 de enero de 1224 había muerto el califa almohade al-Mustanşir (Yūsuf II); la desaparición del Emir había dado lugar a luchas intestinas en al-Andalus, destacando entre los rebeldes el llamado al-BayasÌ, esto es, el Baezano, que, asediado en su ciudad de Baeza por el gobernador de Sevilla, no dudó en reclamar la ayuda del Rey cristiano. Respondiendo a esta llamada, el 30 de septiembre de 1224 salía de Toledo Fernando III y, unidas sus fuerzas a las del Baezano causaron grave quebranto a los enemigos, ya que conquistaron Quesada y no menos de otros seis castillos, que fueron entregados al aliado musulmán.

Esta alianza permitió repetir la entrada en al-ndalus al año siguiente, 1225, cuando los cristianos recorriendo las comarcas de Jaén, Andújar, Martos, Alcaudete, Priego, Loja, Alhama de Granada y Granada y colocaron ya guarniciones permanentes en las fortalezas de Andújar y Martos, la primera custodiando la entrada en Andalucía por Puertollano o río Jándula, la segunda como una flecha clavada en el interior de la Andalucía islámica. La alianza con el Baezano se demostraba muy fructífera, sobre todo cuando éste, en el año 1226, logró apoderarse de Córdoba y, reconociéndose fiel vasallo del Monarca castellano, le ofreció los castillos de Salvatierra, Borjalamel y Capilla. Pero la guarnición de Capilla no obedeció las órdenes del Baezano y no entregó la fortaleza a Fernando III, por lo que a principios del verano de 1227 éste se puso en campaña para someter el castillo rebelde; estaba sitiando Capilla cuando recibió la noticia de que los cordobeses habían asesinado al Baezano, por lo que, tras rendir Capilla, pasó a Andalucía a asegurar la posesión de Baeza, Andújar y Martos. Este año y el siguiente se aceleró la desintegración del imperio almohade en la Península, dividiéndose en varios principados o reinos taifas, lo que facilitaría la conquista de al-Andalus por Fernando III.

En el año 1228 tampoco faltó la campaña anual de quebranto y castigo del enemigo musulmán dirigida, como todas las demás, personalmente por Fernando III; al llegar a Andújar, donde se encontraba como jefe militar de todas las fuerzas de la frontera Álvar Pérez de Castro, recibió del gobernador almohade de Sevilla la oferta de 300.000 maravedís de oro, a cambio de que respetara sus tierras por un año; habiendo aceptado la oferta, Fernando III pudo talar impunemente las tierras de Jaén, que obedecían a Ibn Hūd. Al año siguiente, 1229, de nuevo el gobernador de Sevilla compró otra tregua de un año por otros 300.000 maravedís; también Ibn Hūd, imitando al sevillano, pagó otra tregua con la entrega de tres fortalezas: Saviote, Garcíez y Jódar, que vinieron a aumentar la base castellana para futuras operaciones al sur del puerto Muradal. Desde esta base, en el año 1230, intentó Fernando III apoderarse de la ciudad de Jaén, a lo que puso cerco hacia el 24 de junio, pero ante la tenaz resistencia de la plaza, que aguantó más de tres meses de duro asedio, el Rey cristiano cejó en el empeño e inició el regreso hacia Castilla.

En el camino de retorno, al pasar por Guadalerza (Toledo), le llegó un mensajero de doña Berenguela que le anunciaba la muerte de Alfonso IX en Villanueva de Sarria el 24 de septiembre de 1230. Ante Fernando III se abría la posibilidad de acceder también al Trono leonés. Su madre salió a recibirlo a Orgaz y juntos siguieron hasta Toledo, donde madre e hijo deliberaron sobre la línea de conducta que convenía seguir. Aunque tenía a su favor la varonía, ante las reticencias de su padre y el no reconocimiento por parte de éste de su derecho a sucederlo una vez que contra los deseos paternos había alcanzado el trono castellano, don Fernando se había procurado una bula del papa Honorio III, de 10 de julio de 1218, que le declaraba legítimo heredero del Trono leonés. A su vez Alfonso IX, ignorando los derechos de su hijo, venía, desde 1218, reconociendo en reiterados documentos y actos públicos, como sucesoras suyas, a las infantas doña Sancha y doña Dulce, hijas de su primera mujer, Teresa de Portugal. El conflicto estaba servido.

Por Ávila, Medina del Campo y Tordesillas, Fernando III se dirigió hacia el reino de León en el que entró por San Cebrián de Mazote y Villalar (Valladolid), donde fue acogido como Rey; reclamado por la ciudad de Toro fue en esta ciudad y su castillo reconocido también como Rey, lo mismo hicieron Villalpando, Mayorga y Mansilla a su llegada. En esta última villa tuvo noticias de que los obispos de Oviedo, Astorga, León, Lugo, Salamanca, Mondoñedo, Ciudad Rodrigo y Coria con sus ciudades se habían declarado por él, mientras que León se hallaba dividido en banderías; tras una espera en Mansilla, también en León triunfaban sus partidarios. Fernando III hacía su entrada en la ciudad regia, donde fue proclamado Rey, probablemente el 7 de noviembre de 1230. De este modo volvían a reunirse bajo un único Monarca los dos reinos separados setenta y tres años atrás.

Por esos días llegaban a León mensajeros de la reina doña Teresa que, con el apoyo de Zamora, había avanzado hasta Villalobos, dieciocho kilómetros al sureste de Benavente, trayendo proposiciones de paz. Doña Berenguela y doña Teresa, ésta con sus dos hijas, se reunieron en Valencia de Don Juan el 11 de diciembre de 1230. El acuerdo logrado por ambas Reinas consistió en la renuncia de las dos infantas a sus derechos a cambio de una pensión vitalicia de 30.000 maravedís anuales. Fernando de Castilla se convertía también en rey indiscutido de León. Tras el acuerdo de Valencia de Don Juan, dedicó lo que restaba de 1230, y los dos años siguientes a visitar la Extremadura leonesa, las tierras centrales de su reino en la Meseta y Galicia, para conocer a sus nuevos súbditos y ser conocido por ellos.

Esta ausencia del Rey, ocupado en los asuntos leoneses, no impidió que en el año 1231 dos ejércitos castellanos penetraran en territorio musulmán; el primero, movilizado y dirigido por el arzobispo de Toledo, atacó y conquistó Quesada; el segundo, a las órdenes de Álvar Pérez de Castro, llevando consigo al infante heredero, el futuro Alfonso X, entonces de nueve años de edad, llegó en sus incursiones hasta Vejer (Cádiz). Sorprendido junto a los muros de Jerez de la Frontera por un ejército islámico muy superior en número, en una serie de ataques suicidas logró dispersarlo y aniquilarlo causando una mortandad tremenda y obteniendo un botín cuantioso. Ésta fue la última batalla campal reñida con el islam durante el reinado de Fernando III; a partir de entonces sólo se tratará de asedios de ciudades y escaramuzas durante los mismos, sin que los musulmanes osaran presentar en todo el resto del reinado fernandino una batalla en campo abierto.

La derrota de Jerez precipitó todavía más la descomposición y desunión en el territorio musulmán; en el año 1232 se proclamó independiente el gobernador de Arjona (Jaén) MuÊammad b. Naşr al-AÊmar (MuÊammad I), fundador de la dinastía nazarí que perduró en Granada durante más de doscientos cincuenta años. En ese mismo período en el sector leonés, los freires de Santiago y la hueste del obispo de Plasencia conquistaron Trujillo.

Unidas ya las fuerzas de Castilla y de León, en el año 1233 el rey Fernando reanudó las operaciones militares con la conquista de Úbeda, que se rindió en el mes de julio; al mismo tiempo el rey Jaime I iniciaba sus profundas incursiones en el Reino de Valencia.

En 1234, el rey Fernando estuvo ausente de la primera línea, porque tuvo que ocuparse de las graves discordias surgidas entre la Monarquía y algunos nobles, como Lope Díaz de Haro y Álvar Pérez de Castro; esto no impidió que los caballeros de las órdenes militares conquistaran en ese verano Medellín, Santa Cruz y Alange y que toda la comarca de Hornachos se entregara a los caballeros de la Orden de Santiago.

En 1235, resueltas las discordias nobiliarias, pudo Fernando III continuar sus campañas por Andalucía con la conquista de Iznatoraf y Santisteban; pero en ese mismo año tuvo que sufrir la pérdida de su esposa doña Beatriz, muerta en Toro el 5 de noviembre de 1235, después de dieciséis años de matrimonio bendecido con diez hijos, de los que sobrevivían ocho. Al año siguiente, 1236, se inician las grandes conquistas de Fernando III en la cuenca del Guadalquivir con las fuerzas unidas de Castilla y de León, a las que sólo pondrá fin en el año 1248 la toma de Sevilla.

En un audaz golpe de mano, un grupo de soldados de la frontera se apoderaba en la noche del 24 de diciembre de 1235 de algunas torres y de una puerta de la muralla cordobesa, que abrieron a un destacamento cristiano que se apoderó del barrio conocido como La Ajarquía y se hizo fuerte en él. Tan pronto como le llegó la noticia de lo sucedido, Fernando III marchó lo más aprisa que pudo hacia Córdoba, al mismo tiempo que ordenaba la movilización de los concejos castellanos y leoneses más próximos; los socorros llegaron puntuales para mantener y reforzar las posiciones ya obtenidas e iniciar el asedio de la ciudad, que tuvo que rendirse el 29 de junio de 1236. En los años siguientes toda la campiña cordobesa fue entregándose a Fernando III mediante capitulaciones que permitían por primera vez la continuidad de los musulmanes en sus hogares; no así en la sierra cordobesa, que tuvo que ser conquistada militarmente, y en la que no se toleró la presencia islámica.

Al mismo tiempo los concejos de Cuenca, Moya y Alarcón aprovechaban el derrumbamiento del reino islámico de Valencia, que se entregaba a Jaime I, para ganar para su Rey y para Castilla las villas de Utiel y Requena. En el sector de Extremadura continuaron los avances de las órdenes militares: la de Santiago ganaba y repoblaba Almendralejo y Fuentes del Maestre, mientras los caballeros de Alcántara, desde Magacela, ocupaban Benquerencia y Zalamea; en el sector de Murcia los mismos santiaguistas se instalaban en el campo de Montiel y en la sierra de Segura.

En marzo del 1243, Fernando III, enfermo en Burgos, confiaba el mando del ejército, que como otros años se disponía a partir de Toledo hacia Andalucía, a su hijo Alfonso; todavía en Toledo el infante, llegaron mensajeros del Rey de Murcia que ofrecía un pacto de vasallaje por el que sometía su reino al Monarca de Castilla y León. El futuro Alfonso X, sin vacilar un instante, aceptó la oferta y, modificando el destino de la expedición, marchó hacia las tierras de Murcia; en Alcaraz, a principios de abril, se suscribió el pacto por el que el rey de Murcia con los arráeces de Alicante, Elche, Orihuela, Alhama, Aledo, Ricote, Cieza y Crevillente se sometían a la soberanía y autoridad del rey cristiano permaneciendo ellos en sus hogares, practicando su religión y trabajando sus heredades. En cumplimiento del pacto, el ejército de don Alfonso fue ocupando pacíficamente las villas y castillos del reino; Lorca, Cartagena y Mula que se negaron a entrar en el convenio, tuvieron que ser sometidas por la fuerza. La pacificación del Reino de Murcia ocupó también los años 1244 y 1245; y al rozar con las fuerzas de Jaime I, que estaban completando la ocupación de Valencia hubo precisión de fijar la frontera entre Castilla y Valencia, lo que se hizo el 26 de marzo de 1244 por el tratado de Almizra.

En 1244 Fernando III duplicaba el esfuerzo de sus fuerzas bélicas; mientras una hueste operaba en tierras murcianas, otra penetraba en el reino granadino, conquistaba Arjona, Menjíbar y Pegalajar y asolaba su territorio; estas razias pretendían debilitar al reino musulmán de Granada para asestar el gran golpe contra Jaén al año siguiente. En efecto, los campos de Jaén y de las ciudades de su contorno fueron arrasados a partir de julio de 1245, para formalizar el asedio de la urbe jienense a finales de septiembre de 1245. Era el tercer sitio que sufría la ciudad. Los anteriores, de 1225 y 1230, habían fracasado; pero éste, llegado enero de 1246, proseguía con todo ahínco, por lo que el rey de Granada MuÊammad b. Naşr al-AÊmar consideró perdida la ciudad de Jaén y, deseando salvar una parte de su reino, se presentó directamente ante el rey Fernando y, entregándose a su merced, le besó la mano declarándose su vasallo para que dispusiese de él y de su tierra, cediéndole además al instante la ciudad de Jaén.

El pacto de vasallaje obligaba no sólo a MuÊammad b. Naşr y a Fernando III, se extendía también a sus sucesores en Granada y Castilla; el Rey musulmán serviría fielmente a Fernando III en tiempo de paz, acudiendo cada año a su Corte, y en tiempo de guerra engrosaría su hueste contra cualquier enemigo del Rey castellanoleonés. El de Granada conservaría en pleno señorío todo su reino, excepto la ciudad de Jaén, bajo la protección del Monarca cristiano, al que debía abonar cada año la suma de 150.000 maravedís. La ciudad de Jaén sería entregada en el acto a Fernando III y sus habitantes debían abandonarla perdiendo casas y heredades. Establecidas estas capitulaciones, el monarca cristiano hizo su solemne entrada en Jaén comenzado ya el mes de marzo de 1246. Pocos meses después, el 8 de noviembre, sufrió don Fernando la pérdida de su madre, la reina doña Berenguela, que durante todo su reinado había sido su más íntima consejera e inspiradora, y en cuyas manos dejaba el gobierno del reino durante las largas temporadas que él pasaba en Andalucía, consagrado a las operaciones militares.

Desde el año 1224, Fernando III venía acrecentando las fronteras de su reino, pero le faltaba todavía la joya de al-Andalus: la ciudad de Sevilla. Después de la conquista de Jaén en el mes de marzo no demoró mucho el dirigir sus armas contra la capital de al-Andalus, y ya en el mes de octubre de 1246 aparecía con una reducida hueste de trescientos caballeros e iniciaba la tala de los campos de Carmona; allí se presentó sin tardanza, como fiel vasallo, el Rey de Granada con quinientos caballeros. Desde Carmona, ambos Reyes se dirigieron contra Alcalá de Guadaira, que se entregó a Fernando III, actuando de intermediario el Rey de Granada.

Con el invierno no interrumpió don Fernando las hostilidades contra Sevilla, pero comprendió que un verdadero asedio de la ciudad no era posible sin contar con una flota que bloquease también las comunicaciones por el río; en consecuencia, hizo acudir a Jaén, adonde se había retirado, al burgalés Ramón Bonifaz, al que ordenó preparar en el Cantábrico la flota mayor y mejor pertrechada que pudiese, de naves y galeras. Del mismo modo ordenó una movilización de las mesnadas nobiliarias y de las milicias concejiles para el siguiente verano de 1247.

Mientras llegaba la flota, puso Fernando III sitió a Carmona, que optó por capitular ante el Rey cristiano y lo mismo hicieron Reina y Constantina. Lora del Río se rindió sin resistencia, Cantillana fue tomada por asalto, mientras Guillena se entregaba sin hacer frente; también sucumbían Gerena y Alcalá del Río. Antes de que llegara la flota ya dominaba Fernando III todo el norte y el este de Sevilla. Por fin, en la primera quincena de julio de 1247, aparecía por el Guadalquivir la esperada flota de Ramón Bonifaz, integrada por trece galeras.

Con la llegada de las naves a Sevilla se inició una dura guerra de desgaste, de hostigamiento y destrucción de cosechas, de ataques a cualquier avituallamiento y asaltos a los arrabales, guerra que se iba a prolongar durante todo el invierno y que se trocó en un duro y ceñido asedio al fin de marzo del 1248, cuando apareció ante la ciudad el heredero de la Corona, el infante don Alfonso, con grandes contingentes de castellanos, leoneses y gallegos. Sevilla ya no tenía reservas, Castilla y León podían movilizar más y más hombres y armas. El dogal que apretaba a Sevilla era cada día más recio: en el mes de mayo ya no quedaba otra vía a los musulmanes, para recibir auxilio, que el puente de Triana. Contra este puente y las gruesas cadenas de hierro que enlazaban las barcas que lo formaban, lanzó el 3 de mayo de 1248 Ramón Bonifaz sus dos naves más pesadas; el puente cedió y Sevilla quedó aislada de Triana, cuyo castillo se rindió seguidamente. La pérdida de Triana hizo que los sitiados ofrecieran capitular, conservando la mitad de la ciudad, lo que fue rechazado; otra segunda propuesta, ahora ya de dos tercios de la ciudad, fue asimismo declinada por la firme decisión de Fernando III de tener para sí Sevilla entera libre de musulmanes. Éstos finalmente tuvieron que capitular el 23 de noviembre de 1248, entregando la ciudad entera y disponiendo de un mes para partir hacia África o hacia el Reino de Granada.

El 22 de diciembre de 1248 hacía Fernando III su solemne entrada en Sevilla. En los meses siguientes se fueron entregando y sometiendo al castellanoleonés, mediante pactos y capitulaciones, todas las ciudades de la ribera meridional del Guadalquivir. Con la conquista de Sevilla se puede decir que la Reconquista había finalizado, pues en ese momento ya sólo quedaba a los musulmanes el Reino de Granada, como vasallo del Monarca cristiano.

En Sevilla se asentó Fernando III los tres años y medio últimos de su vida; sólo se ausentó para un corto viaje a Jaén, de dos meses de duración, pasando por Córdoba, en febrero y marzo de 1251. En Sevilla le alcanzó la muerte el 30 de mayo de 1252, cuando estaba abrigando proyectos de continuar sus conquistas por el norte de África; a sus exequias y sepultura en la antigua mezquita, convertida en catedral, asistió el Rey de Granada.

A partir de 1224 y hasta el fin de sus días, Fernando III concentró todos sus esfuerzos en engrandecer las fronteras de su reino y en ultimar la recuperación de todo el territorio peninsular. Había recibido de su madre un reino, el de Castilla, de unos 150.000 km2; heredó de su padre otro reino, el de León, con otros 100.000 km2; había conquistado el territorio de un tercer reino de unos 100.000 km2 más ricos y feraces. No sólo se había ocupado de conquistas, tuvo también que entregarse a la repoblación cristiana de ese tercer reino que había ganado, efectuando llamamientos a castellanos, leoneses y gallegos para que acudieran a poblar las ciudades y los campos de Andalucía, ofreciendo y realizando entre ellos los repartimientos de casas y heredades.

Con su primera esposa, Beatriz de Suabia, Reina de 1219 a 1235, tuvo diez hijos, siete de ellos varones: Alfonso, Fadrique, Fernando, Enrique, Felipe, Sancho y Manuel, y tres hembras, dos de éstas muertas en edad infantil; la tercera, Berenguela, ingresó en Las Huelgas Reales de Burgos, donde fue designada como “señora de la casa”. Contrajo Fernando segundas nupcias en noviembre de 1237 con Juana de Ponthieu, con la que tuvo otros cinco hijos: Fernando, Leonor, Luis, Simón y Juan, pero los dos últimos murieron en su tierna infancia.

La profunda religiosidad de don Fernando a lo largo de toda su vida, no desmentida en ningún momento, así como la memoria de su vida limpia, fueron creando en torno a su persona una fama de virtudes y santidad. El proceso de beatificación se puso en marcha en 1628, duró veintisiete años, y el 29 de mayo de 1655 fue aprobado el culto como beato, limitado a Sevilla y a la capilla de los Reyes. El 7 de febrero de 1671, el papa Clemente X extendía su culto a todos los dominios de los reyes de España y finalmente, el mismo Pontífice, lo canonizaba el 6 de septiembre de 1672.

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Bibliografía

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R. Jiménez de Rada, “De rebus Hispaniae”, en Hispania Illustrata, t. II, ed. de A. Schott, Frankfurt, 1608

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M. de Manuel Rodríguez, Memorias para la vida del Santo Rey don Fernando III, Madrid, Imprenta de la Viuda de Joaquín Ibarra, 1800

J. M.ª Sánchez de Muniain, “San Fernando III de Castilla y León”, en Año Cristiano, t. II (1959), págs. 523-531

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J. González, Reinado y diplomas de Fernando III, Córdoba, Caja de Ahorros, 1980- 1983-1985, 3 vols.

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M. González Jiménez, Fernando III el Santo. El Rey que marcó el destino de España, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006.

Autor: Gonzalo Martínez Díez, SI

Fernando III el Santo, un reinado en defensa de la cristiandad

https://www.youtube.com/watch?v=sRpkh0WtqSE

HM Televisión presenta «Fernando III el Santo, un reinado en defensa de la cristiandad», un documental realizado en el marco del 350 aniversario de la canonización del ejemplar monarca español. Definido por Gregorio IX como el «atleta de Cristo», Fernando III destaca entre los reyes de la Edad Media como un rey santo cuyo único interés era mantener y extender la fe. No buscaba su propia gloria, sino la gloria de Dios. El grito de «Dios lo quiere» le empuja a la cruzada contra el invasor musulmán, reconquistando y restaurando el Reino de España para Jesucristo.

Presenta el documental el P. Rafael Alonso Reymundo, catedrático de Geografía e Historia.

Intervienen: D. Rafael Sánchez Saus, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz; D. Manuel García Fernández, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Sevilla; D. Félix Martínez Llorente, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universidad de Valladolid; D. Emiliano González Díez, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones españolas de la Universidad de Burgos; D. José Sánchez Herrero, catedrático emérito de Historia Medieval de la Universidad de Sevilla; Dña. Margarita Torres Sevilla-Quiñones de León, doctora en Historia Medieval por la Universidad de León; P. Santiago Cantera Montenegro, doctor en Historia Medieval por la Universidad Complutense de Madrid; Dña. Gloria Lora Serrano, doctora en Historia Medieval por la Universidad de Córdoba; Dña. Margarita Cantera Montenegro, doctora en Historia Medieval por la Universidad Complutense de Madrid; D. Antonio Ramos Puerta, expresidente de la Asociación de Fieles de Ntra. Sra. de los Reyes y San Fernando; D. Hugo Santos Gil, Hermano Mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de Valme, Sevilla y D. David Rivera López, de la Hermandad de la Virgen del Águila, Sevilla.

 

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TAMARO, Susanna. Donde el corazón te lleve (Seix Barral, Barcelona, 1995, 15ª ed., 187pp)

Su lectura me ha brindado parecida sensación que la de libros clásicos como “El principito”, “Momo”, “Platero y yo” … bellos en la forma, profundos en el contenido, capaces de tocar las fibras íntimas del ser humano: el amar y ser amado. Os comparto algunos de los textos que más me han impresionado.

Se trata de una novela epistolar de la célebre escritora italiana que se publicó por vez primera en 1994 (en Italia) y que ha llegado al mundo de habla hispana por la traducción de Atilio Pentimalli Melacrino. La gran acogida por parte de los lectores permitió llevarla al cine por la directora Cristina Comencini en 1996.

Con esta obra de corte íntimo y gran carga autobiográfica, Susanna Tamaro ha llegado al corazón de varios millones de lectores en todo el mundo, lo que le ha permitido el lujo de poder vivir entre la naturaleza, al margen del ruido de la “civilización”. Para ella, el libro le ha proporcionado una vejez serena, aparte de haberle dado la oportunidad de conocer a un gran número de personas a lo largo de todos estos 30 años desde su lanzamiento.

La abuela Olga, viendo inminente el final de su vida, decide escribir a su nieta Marta una larga carta para dejar constancia de lo que ninguna de las dos ha sabido ni decir ni escuchar. Cuando la nieta regrese, sólo encontrará la relación de los pensamientos, sentimientos, delicadeza y esperanza, soledad y amargura que la vida ha ido tejiendo. Por la carta, se sabrá cuál fue la historia de la familia, las peleas con Ilaria la hija muerta, los desencuentros y las heridas que nunca cicatrizaron. Su tormentosa relación con su esposo Augusto y la apasionada con su amante Ernesto, de la que nace Ilaria, quien nunca supo la verdadera identidad de su padre.

El libro es un recorrido íntimo por la soledad, el remordimiento y el dolor de los desencuentros familiares, cuyo título es un llamamiento para dejar que sea el amor —y no el miedo o el qué dirán— el que guíe los pasos y decisiones en la vida.

La clave de la obra está en la decisiva elección de la nieta – “cachorrita vulnerada y extraviada” (p.12) la del perrito Buck, el más infeliz y feo entre los doscientos de la perrera.

“El único maestro que existe, el único verdadero y creíble, es la propia conciencia. Para dar con ella hay que mantenerse en silencio -en soledad y en silencio, hay que estar sobre la tierra desnuda, desnudo y sin nada alrededor, como si ya estuviésemos muertos. Al principio no percibes nada, lo único que sientes es terror, pero después ne lo profundo, lejana, empiezas a oír una voz. Es una voz tranquila y tal vez al principio te irrite con su trivialidad. Es extraño: cuando lo que esperas es oír las cosas más grandes, aparecen ante ti las pequeñas. Son tan pequeñas y tan obvias que podrías gritar: “Pero ¿cómo? ¿Esto es todo?”. Si la vida tiene un sentido -te dirá la voz-, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella” (164-165)

La última y deliciosa carta, del 22 de diciembre, tiene aroma de Navidad y recrea la vivencia infantil en que cada figurita del Belén representaba a uno de los niños, los cuales, de acuerdo con su conducta eran movilizados por los padres junto a la cuna. Considera a la nieta como la ovejita extraviada a la que encuentra y quiere poner a salvo de “una vida desperdiciada, una vida en la que no ha logrado realizarse el camino del amor”. Para evitarlo, le dedica este decisivo consejo: “Cuídate… la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer. Cada vez que te sientas extraviada, confusa, piensa en los árboles, recuerda su manera de crecer. Recuerda que un árbol de gran copa y pocas raíces es derribado por la primera ráfaga de viento, en tanto que un árbol con muchas raíces y poca copa a duras penas deja circular su savia.  Raíces y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: sólo así podrás ofrecer sombra y reparo, sólo así por allegar la estación apropiada podrás cubrirte de flores y de frutos.

Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve” pp.186-187

https://www.susannatamaro.it/l-autrice/

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RICCARDI, Andrea La Iglesia arde (La crisis del cristianismo hoy: entre la agonía y el resurgimiento), Arpa, Barcelona, 2022, 278 pp

Los incendios veraniegos de mi España se propagaban voraces y no había forma de apagarlos. Yo me encontraba leyendo el presente libro que también versa sobre el incendio presente de la Iglesia.

El autorizado historiador nos ahorra prólogos e introducciones y como periodista de guerra nos escribe desde las llamas y cenizas de la Catedral de Notre Dame de París, recreando el fuego de la noche del 15 de abril del 2019 que paralizó Francia y enmudeció a la humanidad.  Hasta los laicos y ateos franceses sienten un lazo con el que consideran símbolo nacional.

El singular suceso le sirve al autor para interrogar a sus lectores: “¿Está viviendo la Iglesia católica una de sus peores crisis a nivel mundial? ¿Se enfrenta realmente el cristianismo a un problema de vocación religiosa? ¿De qué manera nos afectaría su desaparición? ¿Cómo puede resurgir un clero envejecido, con una estructura masculina anclada en el pasado?”.

La interminable letanía de preguntas llega a inquietar incluso a quienes observan el cristianismo y la Iglesia católica desde el exterior, desde fuera. Para Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant ‘Egidio y prestigioso historiador del mundo contemporáneo y de las religiones, los incendios, los terremotos, las crisis no significan necesariamente final, sino una oportunidad para abrirse al futuro, para renacer, sabiendo que el gran riesgo consiste en contentarse con sobrevivir o en añorar un pasado que se cree mejor. Hoy, la Iglesia está llamada a una condición de lucha, esta vez no contra enemigos externos, sino contra la indiferencia y el descrédito.

La obra se articula en diez apartados: Una Iglesia que arde, la iglesia europea en apuros, ¿Nacionalcatolicismo o evangelización?, en el epicentro de la crisis, Juan Pablo II como ¿excepción o ilusión?, la gran crisis y el papa (Francisco) que viene de lejos (Argentina), la Italia de la COVID y la Iglesia den 2020, un mundo cristiano en transición, el mundo y los pueblos en movimiento, ¿hay futuro?

Como profesional de la historia, reivindica su importancia al calor de la reflexión del P. M.D. Chenu, profeta del Vaticano II, quien argumentaba que uno de los pri8ncipales méritos del concilio fue precisamente evidenciar la dimensión histórica de la Iglesia. De hecho, en la Gaudium et spes se afirma como “deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”

Sorprende en el libro la lucidez sociológica, valiente y polémica, de Riccardi, sin miedo a señalar los pecados cometidos por la Iglesia en la segunda mitad del siglo pasado y en el primer cuarto del siglo XXI. El autor ofrece una minuciosa radiografía de la crisis del mundo cristiano y analiza con gran profundidad el debate y las distintas posibilidades sobre cómo salir de una situación que nos afecta, en mayor o menor medida, a todos, creyentes y no creyentes.

La lucha del presente no está contra enemigos de fuera sino de dentro, la indiferencia. Cita la expresión de Unamuno: “la respuesta al declive es aceptar la crisis y vivir dentro de ella, con la agonía de una vida que no renuncia”. Su lucha es vencer desde la gratuidad como se vive en el culto, particularmente en la Eucaristía. Citando al cardenal de Lima, Mons. Carlos Castillo: “El amor generoso es amor generador en virtud de la donación de uno mismo voluntaria, gratuita, segura y de por sí fecunda” p.251

 

Sobre datos contundentes del pasado y observaciones históricas precisas, el autor apela al poeta italiano David María Turoldo para proyectarnos hacia una visión que alza la mirada valiéndose de aspiraciones y esperanzas: “Vuélveme a la infancia, Señor, haz que vuelva a ser niño, al sabor auténtico de las cosas, al gusto del pan y del agua…Señor sálvame de la indiferencia, de este anonimato de hombre adulto, del mal que sufrimos sin ser conscientes…y que nos quita la poesía y la fe…Devuélvenos la capacidad de llorar y de alegrarnos, haz que el pueblo vuelva a cantar en tus iglesias” p.255

Termino con las sugestivas con las que termina el libro: “Un pueblo que vuelve a cantar en las iglesias y que en medio de la crisis encuentra la capacidad de alegrarse y de llorar ya no está en el cono de sombra del ocaso, sino que se despierta con la frágil luz del alba del día futuro. Quien cree sabe que la historia de los creyentes no es solo la suya, sino que está animada por el Espíritu. Y, además, ¡todo puede cambiar! La historia está llena de sorpresas, que son dones y, al mismo tiempo, logros humanos, fruto de las corrientes profundas que pueblan la historia de los pueblos y del mundo” p.255

 

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Celestino García Marcos, luchador por la libertad, hijo ilustre de Rollán

El pasado 15 de agosto, fiesta de Nuestra Señora, falleció en Madrid un destacado natural de Rollán, que en breve acogerá sus cenizas en el cementerio de la villa, tras una liturgia de despedida en la iglesia parroquial de san Lorenzo de Rollán.

Les comparto algunos datos biográficos brindados por su hermano Jesús María, así como el artículo de Fernando Vilches. También la relación de dos novelas publicada. Ojalá podamos más adelante elaborar una semblanza de su vida y de su obra, tal como se merece.

Desde estas líneas una oración por su eterno descanso y las condolencias para su familia

 

BIOGRAFÍA proporcionada por su hermano Jesús María

Celestino García Marcos, licenciado en Derecho, especializado en relaciones laborales y sociología industrial. Como funcionario de la Administración Pública ha desarrollado una amplia actividad en España y en distintos organismos internacionales; consejero de Asuntos Laborales y Sociales en la Embajada de España en Portugal. Su vocación política la ha volcado en el estudio y análisis de los movimientos sociales y acciones españolas y extranjeras han recogido sus intervenciones como director general de Fomento de la Economía Social. Una activa vida profesional, también en la empresa privada, que ha sido compatible con la escritura de novelas y artículos en diversas revistas.

 

Adiós a Celestino García Marcos, luchador por la libertad. Artículo publicado en La Razón (Madrid) (17 agosto 2026) Fernando Vilches

Hay años aciagos, como este de 2026, en los que se me van físicamente personas muy queridas. En espacios de tiempo escasos, ya he perdido este año a mi hermano del alma José Miguel Moreno Ochoa, a mi padre adoptivo Javier Calderón Fernández y, este sábado, a mi compañero y maestro en nuestras labores de consultoría política allá por los años 90, donde compartimos charlas, viajes, trabajo, y yo disfruté de su magisterio, que no solo era de conocimientos profesionales, políticos, económicos, sino también de enseñanzas para la vida, pues Celestino era, ante todo, un hombre cargado de espiritualidad, con una cabeza muy bien amueblada y una pluma fuera del alcance del común de los mortales.

 

Era una persona cuyos análisis de la realidad política de España en aquellos años era fruto de su experiencia anterior, en el franquismo, donde se jugó su libertad personal por creer en la libertad colectiva, entonces cercenada por una dictadura (devenida posteriormente en una dictablanda) que no permitía expresar las ideas de conciencia sin jugarte el tipo.

 

Trabajó por esos ideales sin cambiar nunca sus ideas democráticas por prebendas al uso, jamás presumió de esa lucha silenciosa y eficaz y dio ejemplo de coherencia, de austeridad en su forma de vida y de una bondad encomiable.

 

Las generaciones jóvenes no saben, a buen seguro, lo que personas como Celestino García Marcos hicieron en su momento para que ellas disfruten de la libertad que ahora tienen (bien es cierto que, amenazada en estos momentos por otra dictadura, la sanchista, muy parecida a la franquista).

Juntos iniciamos una aventura extraordinaria para facilitar la alternancia política que cerrara la Transición. Amparo, la fiel compañera que lo ha acompañado en la salud y en la enfermedad, su familia y sus amigos lo añoraremos de por vida.

https://www.pressreader.com/spain/la-razon-madrid/20260817/286130732828894?srsltid=AfmBOooYBWXIu5p7JjdGYUm8BWUW57rTp3ttQioD_4o2ir3gpJS9uz9I

 

OBRAS (novelas)

 

El nueve del tarot (Bubok, 2026, Madrid, 238 pp)

 

Finales del siglo XX. Un ejecutivo encuentra en extrañas circunstancias la carta del 9 del Tarot: el ermitaño. La búsqueda del significado de la lámina, se convierten una aventura personal en la que se entrecruzan sus amores, con la experiencia iniciática en un grupo autodenominado Orden del Temple, que sigue la tradición, y ante la entrada en Acuario, se transforma en una escuela para la enseñanza de poderes mágicos. El final de la búsqueda, se resume en la solución de dos grandes interrogantes: Dónde está la salvación al Final de los Tiempos: ¿en la venida de Cristo en gloria solar o en la venida de las naves espaciales de la Confederación Cósmica de los Mundos Civilizados Y, en su caso ¿quiénes serán los elegidos salvados por las naves espaciales de la Confederación

 

La palabra de la tierra: literatura y desarrollo sostenible (Morandi, Madrid, 2002, 48 pp)

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