ROSELL DE ALMEIDA, P. Carlos Ni un ratito con el Diablo (PAULINAS PERU, Lima 2024, 216 pp.)
Chiquitito de formato, pero grandazo de contenido y redacción. Basta con chequear el índice para darnos cuenta del amplio y profundo contenido: Nombres horribles, Los ángeles caídos, el infierno, padre de la mentira, homicida , tentador, presencia demoníaca, las ideologías, el comunismo, ideologías de género, el progresismo, la ambigüedad, soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula envidia, pereza, sacrilegio, pecados contra el Espíritu Santo, el odio, pecados que claman al cielo (contra la vida, la naturaleza, la justicia), ataques contra la fe (brujería, masonería, Nueva Era), el poder de los sacramentales, guantes para noquear al maligno (oración, confesión, eucaristía), los sonidos que ahuyentan al diablo (campanas y rodillas, golpe de pecho y hojas de la Biblia, cuentas del Rosario), san Miguel arcángel, san José terror de los demonios, María Santísima la vencedora del maligno, Jesús derrotó al diablo.
Con este libro, da por cerrada su saga de 10 Ratitos. Lo hace con un texto cuya intención central es mostrar que Jesús ya ha vencido al diablo y a los demonios, enemigos de Dios y de los hombres. Al respecto, nos dice la Sagrada Escritura que el “Hijo de Dios, se manifestó para deshacer las obras del diablo” (1 Jn 3,8)
En esta obra, al igual que en las anteriores, lo mismo que en las homilías, se palpa la inteligencia del autor, su mentalidad matemática y de ingeniero…Siempre nos comparte un edificio bien construido, una especie de casa bien compuesta en la que habitar y morar en la tierra para prepararnos para el Cielo.
Siempre bebe de la Sagrada Escritura, enriquecida con lo mejor del magisterio de la Iglesia y lo expone de modo claro, contundente, metiéndonos las ganas de vivirlo con espíritu de lucha, superación, alegría. En todo momento campea su sentido del humor y carácter chistoso, como de un niño, sencillo, pero consciente de que se lo juega todo, la salvación, y por ello lo entrega todo para la salvación y felicidad de los fieles.
Me lo he leído de cabo a rabo en el viaje de Lima a Madrid y ahora, en casa, vuelvo a sorberlo con el mayor gusto.
Padre Carlos, ¡felicitaciones! Muchas gracias. El hecho de aspirar a estar “ni un ratito con el diablo” nos está ayudando a vivir todos los ratazos con el Señor.

Acabo de visitar a las Siervas de San José en Zamora. Toda una inmersión de santidad tras las huellas de mi querida santa paisana salmantina pero que en Zamora fraguó y consumó su vocación y misión al servicio de las mujeres trabajadoras desde su carisma nacido al calor del hogar y taller de Nazaret.
Biografía de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro
Rodríguez de Castro, Bonifacia. Salamanca, 6.VI.1837 – Zamora, 8. VIII.1905. Fundadora de las Siervas de San José, santa.
Era la primogénita de una familia de artesanos. Contó con una formación intelectual inusual para las mujeres de su clase social. Tras concluir las primeras letras, aprendió el oficio de cordonera, del cual llegó a ser una notable especialista, ejerciéndolo por cuenta ajena a la muerte de su padre cuando contaba con quince años. Responde al prototipo de mujer trabajadora en la España de la revolución industrial, con una tarea fuera de su casa, con un salario reducido, con un horario amplio y con riesgos importantes a la hora de ejercerlo. Por su carácter emprendedor, consiguió establecer su propio taller de “cordonería, pasamanería y demás labores”. Su madre y ella misma entraron en contacto con los trabajos apostólicos y devociones impulsadas por los jesuitas de Salamanca, en la iglesia de la Clerecía. Un grupo de amigas se reunían en su casa todos los domingos y en cada festivo, para romper con las llamadas diversiones impropias y denunciadas, sin duda, en los sermones. Como indica Victoria López Luaces, el taller de la cordonera Bonifacia Rodríguez se convirtió en un “centro de prevención de la mujer trabajadora salmantina de la segunda mitad del siglo XIX”.
Su director espiritual fue el jesuita gerundense de Bañolas, Francisco Javier Butinyà o Butiñá. Eran años de gran intensidad en los trabajos de los de la Compañía de Jesús en Salamanca, cuando se les había encomendado la docencia de su Seminario Central desde 1855, completados los trabajos con los ministerios en la mencionada iglesia de la Clerecía. Ambas mujeres, Bonifacia y su madre Natalia Castro, no dejarían de pertenecer a las congregaciones del Sagrado Corazón o de las Hijas de María. La llamó la atención ese mensaje de Butiñá que subrayaba la idea de que a Dios se le encontraba en las labores diarias, en todos los trabajos, pero muy especialmente en los menestrales propios de la que fue Familia de Nazaret. Desde ese momento se convirtió en su maestro espiritual.
Se inclinaba Bonifacia Rodríguez hacia la vida religiosa y parecía que el Convento de las dominicas de Salamanca de Santa María de Dueñas era el lugar elegido. Un camino que no consideraba apropiado el confesor jesuita, pues éste valoraba la capacidad evangelizadora de esta mujer para con otras trabajadoras y sus posibilidades fundadoras. Eran los deseos de este jesuita por perpetuar esta espiritualidad en una Congregación religiosa femenina, orientada a la prevención y evangelización de la mujer trabajadora.
Habían fundado en torno al taller de Bonifacia Rodríguez, la Asociación Josefina, la cual habría de convertirse en una fuente de vocaciones. El 10 de enero de 1874, Butiñá y Bonifacia Rodríguez fundaban en Salamanca la Congregación de las Siervas de San José.
Cinco hermanas siguieron el ejemplo de Bonifacia y de su madre, que había tornado su nombre por el de hermana Carmen. Además, la devoción al Patriarca ocupaba un espacio central en la práctica difundida por los jesuitas. Pío IX, en diciembre de 1870, proclamaba a san José como patrono de la Iglesia Universal.
Al mismo tiempo, el obrerismo cristiano de los círculos católicos encontraba en el esposo de la Virgen María un modelo para la santificación del trabajo manual.
Los jesuitas habían contribuido intensamente a todo ello, pues los ejercicios espirituales ponían especial manifiesto en los episodios de la vida oculta de Jesús, donde san José tenía un papel esencial.
El 19 de marzo de 1874 tomaban el hábito las nuevas religiosas, apareciendo Butiñá como fundador y director de la congregación. Los carismas fundacionales eran la fidelidad a la pobreza de la Sagrada Familia; el trabajo modesto, la oración y la humildad con Dios y con el prójimo. Con la expulsión definitiva de los jesuitas de Salamanca, el 4 de abril de aquel año, concluía el magisterio del mencionado jesuita sobre las Siervas de San José. Dos años después regresaban los jesuitas a la ciudad del Tormes, pero la relación no se retomó, a pesar de que, en el catálogo de la Compañía, correspondiente al curso 1877-1878, el padre José Alonso Estrada tenía encomendado el oficio de visitador de la casa de las jóvenes obreras de San José.
Precisamente, la falta de tacto de los sacerdotes seculares a los que el obispo de Salamanca les había encomendado la dirección de esta primera comunidad sembraron la desunión en la misma. Se comenzó a oponer un pequeño grupo a la propia madre Bonifacia, siendo apoyadas por el director.
Tras su regreso de Francia, Butiñá sufrió las reticencias que demostraron los jesuitas hacia los miembros de la Compañía dedicados a la dirección de religiosas y especialmente de los miembros de las nuevas congregaciones e institutos. Eran las limitaciones a los “monjeros”.
Por algo, el rector del seminario salmantino, Luis Martín, afirmaba que no deseaba que canónigos, familiares y amigos del obispo actuasen contra los jesuitas, pues muchos habían sido los rumores que habían circulado antes con las Congregaciones de los padres Butiñá y Herranz. A pesar de la morada del primero, en la residencia de Gerona, la madre Bonifacia continuó escribiéndose con él y recibiendo sus cartas. Es más, Butiñá pidió a la salmantina que acudiese a Gerona para ponerse al frente de las comunidades que había fundado el jesuita allí. Al mismo tiempo, el director de la Congregación en Salamanca aprovechó para destituir a la madre Bonifacia como superiora. Ella obedeció y se puso a disposición de la nueva autoridad.
Viendo que la situación era insostenible, y con la licencia de los obispos de Salamanca y de Zamora, propuso a este último la fundación de una nueva comunidad en su ciudad, poniéndose en camino junto a su madre el 25 de julio de 1883. Ambas casas pertenecían teóricamente al mismo Instituto, contaban con idéntica Regla y habrían de constituirse en una única provincia bajo una misma superiora, según lo dispuesto por el obispo de Salamanca, Narciso Martínez Izquierdo. Las hermanas de la ciudad del Tormes, sin embargo, mantuvieron aisladas a las de Zamora. En 1901, el papa León XIII, siguiendo los deseos de la casa madre de Salamanca, concedió la aprobación pontificia al Instituto, aunque sin incluir la casa de Zamora. Bonifacia Rodríguez expuso su desacuerdo a la superiora y al prelado salmantino. No obstante, su presencia no interesaba en Salamanca porque la orientación de la Congregación era diferente a la fundacional y estaba dedicada a la enseñanza. Y aunque físicamente solicitó una entrevista para restituir la unidad con la casa matriz, éstas ni siquiera la recibieron.
Solamente, la consolaba pensar que volverían a ser una Congregación cuando ella muriese.
En su casa zamorana, las hermanas siguieron los principios de la espiritualidad jesuítica, con los maestros de éxito de la Compañía como Luis de La Puente y Alonso Rodríguez, además de una hora de meditación y la lectura de los ejercicios de perfección en las horas nocturnas del refectorio. Continuaban fieles al servicio que debían prestar a la mujer trabajadora. No tenían afán de lucro sino más bien de atención a las necesidades vitales. Como pensaba la madre Bonifacia Rodríguez, la comunidad zamorana fue incorporada al resto de la Congregación dos años después de la muerte de la fundadora, al despuntar el año 1907.
Juan Pablo II la beatificó el 9 de noviembre de 2003, en la plaza de San Pedro.
Finalmente, el domingo 23 de octubre de 2011 Bonifacia fue canonizada por el papa Benedicto XVI en la plaza de San Pedro junto a los también beatos italianos Guido Maria Conforti y Luigi Guanella.
Bibliografía
J. Martín Tejedor, El Padre Butiñá y los talleres de Nazaret, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1977
A. de Cáceres Sevilla, “Madre Bonifacia Rodríguez y San José”, en Estudios Josefinos, 74 (julio-diciembre de 1983), págs. 215-233
J. M. Palomares Ibáñez, “Congregaciones josefinas españolas y asistencia social en el siglo XIX”, en Estudios Josefinos, 78 (julio-diciembre de 1985), págs. 198-222
Positio sobre sus virtudes y fama de santidad, Roma, 1997
A. de Cáceres Sevilla, Las Siervas de San José en la Iglesia de la Restauración, 1874-1931, Salamanca, Siervas de San José, 1998
Hilos y telares, signos de una utopía. Madre Bonifacio Rodríguez de Castro, Fundadora de la Congregación de Siervas de San José, Salamanca, Sígueme, 2003
V. López Luaces e I. Hernández Pérez (coords.), “Bonifacia Rodríguez de Castro, Testigo de Nazaret para el mundo del trabajo”, en Estudios Josefinos, 116 (julio-diciembre de 2004)
M. Revuelta González, “Los jesuitas, maestros espirituales de la beata Bonifacia Rodríguez”, en Valladolid, 2004, págs. 161-174.
Javier Burrieza Sánchez:
https://historia-hispanica.rah.es/biografias/39739-santa-bonifacia-rodriguez-de-castro
LAS SIERVAS DE SAN JOSÉ, MISIONERAS DE NAZARETH POR EL MUNDO
En la calle de Las Mazas de Salamanca, a la sombra de la célebre Universidad y de monumentos llenos de belleza, como las dos catedrales y la Clerecía, nace el 6 de junio de 1837 Bonifacia Rodríguez Castro, hija de un sastre. Según costumbre de la época, su padre trabajaba en la propia casa, por lo que Bonifacia nace en un taller. Artesanos humildes y piadosos, sus padres continúan la tradición familiar de trabajo manual eligiendo para su primogénita, una vez concluidos los estudios primarios, el oficio de cordonera, que aprende a la perfección. Con él comienza a ganarse la vida por cuenta ajena a los quince años cuando, a la muerte de su padre, se ve en la necesidad de ayudar a su madre, viuda con cuatro hijas, a sostener la casa y familia, experimentando en su carne horarios agotadores y escasa remuneración por ser mujer.
La necesidad de trabajar para vivir configura desde muy temprano su recia personalidad. Es una de esas chicas salmantinas que tienen que trabajar fuera del hogar, corriendo peligros y experimentando la desaprobación social propios de esta condición. Pasadas las primeras estrecheces económicas, establece un “taller de cordonería, pasamanería y demás labores” de su propiedad. Atraídas por su testimonio de vida, varias amigas le piden reunirse con ella los domingos y festivos por la tarde, con el fin de verse libres de las peligrosas diversiones de la época, convirtiéndose así el taller de Bonifacia en un incipiente centro apostólico y social de prevención de la mujer.
En el año 1870 llega destinado a la Clerecía de Salamanca el joven jesuita catalán Francisco Butinyà i Hospital (Bañolas, Girona, 1834-Tarragona 1899) con una decidida opción apostólica a favor del mundo del trabajo manual. Estaba escribiendo la más emblemática de sus obras, La luz del menestral, que tenía como objetivo enseñarles que en cualquier ocupación podían encontrarse con Dios, como lo hicieron Jesús, María y José en su vida ordinaria en Nazaret.
Bonifacia Rodríguez, asidua feligresa de la Clerecía, capta enseguida el mensaje evangelizador de Francisco Butinyà en torno a la santificación del trabajo y lo toma como director espiritual. A través de ella entra Butiñá en contacto con las chicas que se reunían en su taller, la mayor parte trabajadoras manuales también, y el Espíritu Santo le sugiere un nuevo proyecto de vida religiosa inserta en el mundo del trabajo, teniendo a aquellas sencillas trabajadoras como protagonistas. E invita a Bonifacia a fundar con él la Congregación, naciendo así en la Iglesia las Siervas de san José. Un año más tarde, en 1875, Francisco Butinyà funda en Calella de la Costa (Barcelona) una nueva casa de Siervas de san José. Razones históricas hacen de esta comunidad el inicio de una nueva Congregación, las Hijas de san José.
Siervas de San José misioneras
En 1926 la Congregación de Siervas de san José elige Cuba para su primera fundación fuera de España. Siguen fundaciones en Argentina y Portugal (1928), más tarde en Filipinas (1932). Las primeras misiones propiamente dichas, es decir, en territorio dependiente de Propaganda Fide, llegan con las fundaciones de Tamshyacu y Tingo María en el Perú (1948). La trayectoria de la Congregación entre los pobres fuera de España aseguraba el éxito misionero, que no se hace esperar.
Las fundaciones peruanas ponen de manifiesto la capacidad de las Siervas de san José para asumir la promoción y evangelización en zonas de misión, en la más estrecha pobreza, con gran espíritu de trabajo solidario y una gran alegría. Pronto se ganan el cariño de la gente y el aprecio de los obispos, que valoran muy positivamente su labor misionera y solicitan nuevas presencias. Las noticias que llegaban a través de boletines, fotografías y rudimentarias filmaciones ponían de manifiesto la ilusión y el entusiasmo de aquellas Siervas. Eran los años de la Cruzada Misional de Estudiantes, establecida en nuestros centros, y pronto comienzan a multiplicarse las vocaciones misioneras entre las aspirantes y las jóvenes religiosas josefinas.
Una de estas chicas es Isabel Méndez Herrero, que ingresa en la Congregación en 1944. Con una clara vocación misionera, ve truncadas sus ilusiones por una gravísima enfermedad. “Seré misionera por el sacrificio y la oración” decía. Fallece a los 29 años en Salamanca y al poco tiempo se introduce su causa de canonización.
Misionera también era la vocación de Mª Dolores Fraga Iribarne, que ingresa en el noviciado el mismo año y que igualmente una enfermedad le impide realizar su sueño misionero; tenía 24 años cuando muere en Cuenca con fama de santidad.
Compañera de colegio de Mª Dolores y de noviciado de Mª Dolores e Isabel es Amadora Peña González, una de las fundadoras de la primera casa-misión de las Siervas de san José en Chile (Puerto Aysén, 1957). Mujer llena de alegre dinamismo, comprometida al máximo con los más necesitados, se peleaba con el cardenal arzobispo de Santiago, Mons. Silva Henríquez, por conseguir fondos para sus talleres solidarios, promovidos por ella en la más pura línea carismática de las Siervas de san José. Y siempre ganaba Amadora, porque Silva Henríquez terminaba cediendo al ver su fiel compromiso con personas tan necesitadas... Amadora Peña, Sierva de san José misionera, fallece en Santiago de Chile en 1986 muy querida por la gente de las poblaciones.
El compromiso misionero de nuestro Instituto lleva al capítulo general de 1963 a solicitar a la Santa Sede el título de Misioneras, que lo concede antepuesto al nombre –Misioneras Siervas de san José–, hasta que un nuevo capítulo general, el de 1975, profundizando en la raíz carismática de la Congregación, restaura el originario de Siervas de san José, sin perder nada de su espíritu misionero.
Nazaret, semilla misionera
La raíz misionera de nuestra vocación está, sin duda, en nuestro Carisma, que nace de la contemplación de Nazaret. Allí bebe la Congregación su fuerza de encarnación y compromiso con los pobres del mundo del trabajo, especialmente con la mujer trabajadora pobre.
Más de la mitad de las 105 casas que conforman en la actualidad la Congregación se encuentran en países con grandes bolsas de pobreza, como Cuba, Argentina, Filipinas, Perú y Chile, antes mencionados, o Colombia (fundada en 1955), poblaciones latinas de USA (en 1957), Congo (1966), Papúa Nueva Guinea (1987), Bolivia (1993) y Vietnam (2003). En estos países están casi la mitad de las religiosas profesas de la Congregación. El resto se reparte entre España y dos comunidades de Italia. En total estamos presentes en 13 países de los cinco continentes.

Acabo de conocerla gracias a la exposición de Pedrero en Zamora y he quedado sorprendido por la grandeza de alma de misionera navarra y el profetismo de su caridad en Zamora
Idoate Iragui, Ignacia. Oricaín (Navarra), 15.I.1900 – Madrid, 18.XI.1975. Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl (HC), superiora local del hospicio de Zamora.
Nacida en el seno de una familia de clase media, dedicada a la labranza, y de hondas raíces cristianas.
Sus padres, Carlos y María, dueños de la casa agrícola más importante de la aldea, le ofrecieron buena educación en el colegio que las Hijas de la Caridad tenían en Sangüesa (Navarra) desde 1825. Allí conoció a las hermanas y sus múltiples actividades sociales a favor de los pobres. Cuando decidió ser Hija de la Caridad, sus padres mostraron una gran oposición al ser la única heredera, a pesar de lo cual pudo ingresar en la compañía el 14 de marzo de 1919. Su primer y único destino fue el hospicio de Nuestra Señora del Tránsito de Zamora (15 de septiembre de 1919).
Aquella institución benéfica, establecida en el centro de la ciudad (15 de agosto de 1798), acogía entonces a niños pobres sin hogar o sin recursos económicos, mendigos y mujeres de la calle. Toda la actividad organizativa, educativa y benéfica recaía sobre las once hermanas que integraban la comunidad. La dirección y el gobierno correspondían a la Junta Provincial de Beneficencia de Zamora. Como todos los hospicios e inclusas de la época, tenía un torno ubicado en la plaza dedicada a Viriato, en la que se dejaban a los niños abandonados que se encontraban por las calles.
Éstos eran acogidos por las hermanas, cuidados con interés y cariño y educados con dignidad. Había también una sala dedicada a la lactancia de los niños y un departamento para la atención a mujeres en situación de dificultad. Éste fue el campo de acción de sor Ignacia a lo largo de su vida.
Desde su llegada a Zamora, se dedicó de lleno a la educación y promoción de los acogidos. Tan pronto se la ve en las clases como ayudando en el lavadero o en el comedor. Había que hacer de todo, y enseñar a los niños a valerse por sí solos ante las dificultades de la vida. Éste fue el principio educativo que impulsó su actividad.
Quería que los niños y jóvenes de la institución se integraran en la sociedad “con salero y naturalidad”, y fuesen considerados como ciudadanos normales. En esta labor de dedicación y entrega callada pasó veintidós años, hasta que fue nombrada superiora de la comunidad y responsable de las actividades de la casa (1941). Eran años de posguerra y escasez, en los que desarrolló su ingenio para que los acogidos no pasaran hambre. Unas veces solicitó la ayuda de personas ricas; otras, llamaba a las puertas de los comercios y grandes almacenes pidiendo solidaridad, y siempre aprovechó los medios ofrecidos por la Junta Provincial de Beneficencia y la Diputación, atenta a las necesidades de las personas acogidas en la casa.
Su creatividad y audacia la llevaron a crear una fábrica de alpargatas (12 de mayo de 1947). Por aquellos años, los niños andaban casi descalzos por falta de medios, pues los comercios se negaron a abastecer de alpargatas al hospicio por falta de pago. Sor Ignacia, mediante convenio previo con el presidente de la Diputación, Prudencio Rodríguez Chamorro, decidió comprar las máquinas con recursos de la comunidad y establecer la fábrica, destinando a ello la herencia familiar recibida. De los locales para los talleres se encargó la Diputación, y la organización y productividad corrieron a cargo de los asilados, ayudados por las hermanas. De esta forma consiguió calzar a todos los beneficiarios del hospicio y, a la vez, proporcionar empleo a las jóvenes que debían salir de la institución por haber cumplido la edad reglamentaria. La fábrica de alpargatas tuvo éxito en Zamora y proporcionó recursos y medios a los jóvenes del hospicio. Junto a esta iniciativa, sor Ignacia creó la Casa Hogar María Inmaculada (1947) para residencia de las jóvenes.
Y junto a la misma, en locales proporcionados por la Diputación, organizó talleres de punto, sastrería, corte y confección, camisería, bordados, zurcidos y pintura. El pueblo y las autoridades zamoranas vieron con buenos ojos la iniciativa y, tanto el obispo, Jaime Font Andreu, como el gobernador civil, Luis Serrano de Pablo, animaron a sor Ignacia a proseguir con la creación de más talleres para los chicos. Así nació la Casa Hogar San Vicente de Paúl, para los jóvenes que dejaban la institución cumplida la edad reglamentaria. Y junto a esta casa hogar surgieron los talleres de imprenta, zapatería, sastrería, carpintería y mecánica (1951).
Conocida la iniciativa por su visitadora, sor Justa Domínguez de Vidaurreta, logró extenderla por las instituciones similares, repartidas por la geografía española.
En ambas casas hogar se creó un ambiente de verdadera familia. Sor Ignacia era la madre atenta y comprensiva que animaba a la fraternidad, celebraba los éxitos de “sus hijos” y suplía todas las deficiencias.
Allí se organizaron asociaciones de militancia cristiana y de tiempo libre, fiestas, encuentros amistosos, excursiones y viajes, cursos prematrimoniales y bodas en toda regla. Su dedicación y la acción desarrollada en los cincuenta y cinco años de permanencia en la institución han sido reconocidas públicamente con la Medalla de Oro de la provincia (30 de enero de 1952), la Medalla Pro Eclesia et Pontífice (31 de agosto de 1969), la Gran Cruz de Beneficencia (28 de octubre de 1970), numerosos artículos en la prensa, la dedicación de la antigua calle de la Misericordia, actualmente calle de Sor Ignacia Idoate (25 de mayo de 1993) y un busto del escultor Antonio Pedrero colocado en la calle de Las Damas de Zamora (27 de septiembre de 2000).
Un artículo anónimo publicado en el diario El Correo de Zamora el 27 de septiembre de 1960 afirmaba: “A sor Ignacia para verla alegre y conocer la grandeza de su espíritu, no hay que hacer más que esto: ponerla en contacto con los pobres, con los desheredados, con su ‘Birichines’, a lo san Juan Bosco y, mejor para ella, a lo san Vicente de Paúl.
Y se la verá conmoverse, impacientarse e, inquieta, robar tiempo al tiempo en el acto, para remediar la necesidad”.
Durante su estancia en Zamora la institución tuvo tres ubicaciones: palacio de los condes de Alba y Aliste, actualmente parador de turismo; Hospital de la Encarnación, hoy palacio de la Diputación Provincial, y, a partir de 1973, la actual, junto al Hospital Provincial. Con motivo del traslado de 1973, se reorganizó totalmente la casa, se adaptaron las instalaciones educativas a las exigencias de la Ley General de Educación (1970), se trasladaron los ancianos e inválidos a Toro, y cambió su nombre por el de colegio Nuestra Señora del Tránsito. En esta casa pasó sor Ignacia los últimos años de su vida, ya sin responsabilidades organizativas, pero con el mismo cariño y entrega a los niños. Los dos últimos meses de su vida fue trasladada a Madrid, donde murió. Al conocerse la noticia, la asociación de antiguos alumnos del colegio organizó inmediatamente el traslado de su cadáver a Zamora, donde está enterrada.
Bibliografía
VV. AA., Libro de personal del antiguo Hospicio de Zamora (1860-1973), ms.
VV. AA., Recuerdos de un centenario (1860-1960), Zamora, Imprenta Diputación Provincial, 1960
P. Nieto, “Las Hijas de la Caridad en Zamora”, en Anales Españoles de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad (AECMHC) (Madrid), 29 (1921), págs. 217- 248
Anónimo, “Sor Ignacia”, en El Correo de Zamora, 27 de septiembre de 1960
S. A., “Calle dedicada a Sor Ignacia Idoate”, en El Correo de Zamora, 26 de mayo de 1993
P. Vargas, Historia de las Hijas de la Caridad de la Provincia española, Madrid, 1996 (ed. informatizada por P. Junquera)
D. Gavilán Santos, “Las Hijas de la Caridad, una institución”, en La Opinión-El Correo de Zamora, 31 de mayo de 1998
A. Ferreras, “La madre del Hospicio”, en La Opinión-El Correo de Zamora, 9 de octubre de 1999
M.ª J. Fernández, “Sor Ignacia Idoate, madre adoptiva de Zamora”, en La Opinión-El Correo de Zamora, 28 de septiembre de 2000
M.ª J. Refoyo, “Sor Ignacia, retrato de una madre”, en El Norte de Castilla, 28 de septiembre de 2000
A. Almazán Enríquez, “El busto de sor Ignacia Idoate”, 7 de octubre de 2000
H. Ramos Pérez, “Sor Ignacia”, en La Opinión-El Correo de Zamora, 7 de octubre de 2000
J. Vega, “A las Hijas de la Caridad del Tránsito”, en El Norte de Castilla, 8 de octubre de 2000
VV. AA., Lo que yo viví, recuerdos y experiencias, Zamora, 2000 (ed. informatizada)
M.ª J. Fernández, “Sor Ignacia Idoate, madre adoptiva de Zamora (28 de septiembre de 2000)”, en AECMHC, 109 (2001), págs. 79-80.
Ángeles Infante Barrera, HC
https://historia-hispanica.rah.es/biografias/23895-ignacia-idoate-iragui

Padre Pablo Larrán Momentos de paz (Libut, Lima, 2025, 161 pp)
Acabo de recibir este regalazo de su autor, después de entrevistarlo para Radio María por su testimonio de amistad acerca del Papa León y ser entrevistado para Jn 19 y Radio María sobre Santo Toribio.
Y casi me lo leo de un tirón en el carro al volver a casa desde el estudio de grabación en el Colegio “Nuestra Señora del Consuelo”. Pero, como él nos recomienda, hay que leerlo despacio como si se tratara de “una pausa en medio del ruido, una voz que toca el corazón. Momentos de paz vuelve a tender puentes entre la fe y la vida cotidiana, con textos que invitan a detenerse, respirar y volver a empezar. Un diálogo entre quien escribe y quien busca, con humildad y un poco de luz."
Reúne una selección de 80 columnas y artículos escritos por el autor a lo largo de sus más de 40 años colaborando con el Diario Expreso. Son historias de vida cotidianas y relatos breves que buscan ofrecer una pausa frente al ruido diario, conectando la fe con las experiencias humanas y la serenidad espiritual. Su fuerte son las historias, entrañables, bellas, sencillas, que tocan siempre el hondón del alma, lo más profundo de la vida. Y siempre de modo asertivo, gozoso como prolongando su permanente sonrisa y su paternal corazón sacerdotal que nos convida a ser más, a vivir con paz, con decisión, con superación.
Si tuviera que aconsejar una de las historias para “abrir boca” les diré que me ha encantado la historia del “sacristán de leyenda”.
¡Que lo disfruten como estoy haciendo yo! Y lo compartan como un entrañable regalo, por tan buen contenido y la magnífica presentación editorial.

TAMAYO, P. Manuel Toribio y León. Vidas y caminos paralelos (CDSCO, Lima, 2026, 112 pp) Peticiones: Tel. 4017527
Tuve la suerte de presentar la obra en el marco de la cena benéfica pro fondos de la proyectada película sobre Santo Toribio Mogrovejo con la productora GOYA y les comparto lo fundamental de mis palabras para animarlos a leer, comprar y difundir esta sencilla pero magnífica obra. La recomiendo vivamente como guía práctica para preparar la visita del Papa León al Perú. Les comparto al final el artículo del propio autor en OMNES donde resume y motiva lo que hoy podemos gozar totalmente https://www.omnesmag.com/actualidad/leon-xiv-santo-toribio-mogrovejo/
Vidas paralelas es una famosa colección de biografías de personajes ilustres de Grecia y Roma escrita por el filósofo e historiador griego Plutarco entre finales del siglo I y principios del siglo II d. C.
- La obra agrupa a los personajes en pares (un griego y un romano con vidas o profesiones similares) para compararlos. Contiene cerca de 50 biografías en total distribuidas en parejas y algunos perfiles individuales. Incluye parejas célebres como Alejandro Magno y Julio César o Teseo y Rómulo.
- Objetivo Moral, Plutarco prioriza la psicología y la moral de los personajes por encima del rigor histórico estricto. Buscó ofrecer modelos de virtud y vicio para guiar la conducta del lector. Incluyó anécdotas y detalles de la infancia o educación para revelar la naturaleza humana de los líderes.
Lo mismo sucede en la primera biografía sobre Santo Toribio de León Pinelo en la que nos comparte hasta 40 detalles de vidas paralelas con san Carlos Borromeo
TORIBIO Y LEÓN VIDAS Y CAMINOS PARALELOS del P. Manuel Tamayo sigue esta senda de vidas paralelas. Cuenta con el prólogo e introducción de dos obispos: Monseñor Josemaría Ortega Obispo Dimisionario de Juli y Mons. Salvador Piñeiro
Las vidas de Santo Toribio de Mogrovejo y del Papa León XIV trazan un puente espiritual e histórico extraordinario que conecta el siglo XVI con el presente. A pesar de los cuatro siglos que separan sus respectivas épocas, ambos líderes encarnan una misma visión eclesial: la del pastor misionero que abandona su tierra natal para encarnar el Evangelio en culturas ajenas, asumiendo la defensa de los más vulnerables y la renovación estructural de la Iglesia.
Mientras que Santo Toribio dejó la comodidad de las cortes españolas para adentrarse en los agrestes caminos del Virreinato del Perú, el Papa León XIV (Robert Francis Prevost) partió desde los Estados Unidos para entregar décadas de su vida al servicio pastoral en suelo peruano, particularmente en la Diócesis de Chiclayo. Este paralelismo no es una mera coincidencia cronológica, sino una profunda sintonía espiritual y metodológica. Ambos hicieron de la "cercanía al pueblo" su bandera, aprendiendo las lenguas nativas, recorriendo las periferias geográficas y promoviendo una Iglesia de "pies en la tierra y corazón en el cielo". Como se cantó en España para “alzar la mirada” y como reza el lema del Perú “para abrir el corazón”
El estudio de estas vidas paralelas se articula bajo tres ejes fundamentales que estructuran este análisis:
- La inculturación y la misión itinerante: El desprendimiento absoluto de sus patrias para desgastar la vida recorriendo caminos —a mulo en el siglo XVI o en misiones modernas— con el único fin de llevar el mensaje de Cristo.
- La reforma e institucionalidad con rostro humano: El celo de Santo Toribio en los sínodos limenses y la labor de León XIV en el Dicasterio para los Obispos, buscando siempre que las leyes eclesiásticas sirvan a la justicia y no a la burocracia.
- La opción preferencial por los pobres: El combate frontal contra los abusos de las estructuras de poder de sus respectivos tiempos, asumiendo el costo político de defender la dignidad humana.
En definitiva, explorar la conexión entre el gran organizador de la Iglesia en América del Sur y el Sumo Pontífice nos permite comprender que el modelo de santidad y liderazgo toribiano no es una pieza de museo, sino un mapa de ruta vivo y vigente para los desafíos de la Iglesia universal de hoy.
La profunda sintonía pastoral que compartieron en este territorio norteño se agrupa según la IA bajo tres dimensiones fundamentales:
- El barro de las misiones y la cercanía:
- La mesa compartida y la identidad local:
- El amparo a los vulnerables en el desierto:
Este arraigo quedó sellado ante los ojos del mundo cuando, apenas elegido Pontífice en el balcón de la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV dirigió sus primeras palabras en español para enviar un emotivo saludo a su querida e inolvidable Diócesis de Chiclayo
Semejanzas históricas, culturales, teológicas, geográficas, y, sobre todo, pastorales, uno en siglo XVII y el otro del siglo XXI. Aunque vivieron etapas diferentes. Ambos tienen la misión de guiar a la Iglesia con un fuerte carácter misionero y de cercanía con el pueblo peruano, en concreto Lima 7 y Chiclayo. Él murió en Zaña y el otro fue Obispo de Chiclayo
Índice de la obra:
Introducción . 11
I. Perfil de Buen Pastor 13
II. Modos de ser parecidos .. 17
III. Pastores peregrinos .. 21
IV. Lenguaje de la Caridad ....... 31
V. Labor Pastoral con las personas vulnerables .... 39
VI. Promoción humana y cristiana 45
VII. Formación doctrinal en el Perú .. 57
VIII. Conocían muy bien a cada persona ........ 77
IX. Hacen falta santos . 93
X. Hermanamientos y puentes ...... 99
Acción de gracias ... 105
Bibliografía .... 109
Me sorprende el gran parecido con el decálogo de la CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS OBISPOS LATINOAMERICANOS Y DEL CARIBE OBISPOS DE AMÉRICA, SEAN SANTOS COMO SANTO TORIBIO CON MOTIVO DEL TERCER CENTENARIO DE LA CANONIZACIÓN
DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO En ella quisiera contemplar su ministerio a la luz de un signo que nos remite al origen mismo de nuestra misión: la recepción del obispo en su iglesia catedral. Un rito semejante se prevé para la visita pastoral a una comunidad, como si la Iglesia quisiera conducir al prelado, una y otra vez, al significado de aquella primera entrada. Lo que la liturgia expresa en unos pocos gestos, el Apóstol de los Andes lo fue haciendo vida a lo largo de sus años de pastor. La mejor manera de honrar su memoria será dejarnos interpelar por el modo en que vivió el ministerio que también nosotros hemos recibido, e imitarlo.
- El rito comienza en la puerta de la catedral. Allí el nuevo obispo es recibido por la Iglesia a la que ha sido enviado. Llega a una comunidad que lo precede, que ha recorrido un camino de fe y en la que el Espíritu Santo ya estaba obrando. Al cruzar aquel umbral, entra en una historia que no comienza con él y queda ligado, por su ministerio, a un pueblo concreto. El santo arzobispo llegó a una tierra de cuyos pueblos y culturas apenas tenía noticia.. El ministerio de un sucesor de los apóstoles exige vivir con el corazón en el cielo y los pies en el camino.
- Todavía en la puerta, el obispo recibe un crucifijo y lo besa. Toribio prolongó aquel beso a la carne sufriente del Señor en sus viajes y fatigas, al defender a los indígenas, corregir abusos y mantenerse cerca de los pobres y de quienes sufrían.
- Después, el obispo recibe el agua bendita, se asperja a sí mismo y asperja a los presentes. El gesto lo devuelve a la fuente común del Bautismo. Antes de ser pastor, es discípulo; antes de presidir al Pueblo de Dios, se cuenta él mismo entre los bautizados, hechos hijos en Cristo. La santidad del pastor no puede darse por supuesta (cf. 1 Tm 4,16). Santo Toribio pudo pedir una vida eclesial más fiel al Evangelio porque comenzó por dejarse medir por esa misma exigencia.
- El rito conduce después al obispo ante el Sagrario, donde se arrodilla y adora. El amor de Toribio a la Eucaristía se manifestó en su solicitud por acercar a todos a Jesús. Ofrezcamos a nuestros fieles tiempo y espacios para permanecer ante Él y alentemos la adoración prolongada. Estoy convencido de que la santa presencia del Señor, acogida y adorada con fidelidad, sostiene lo que nuestras fuerzas no alcanzan y abre caminos que ninguna planificación podría prever. Será su amor el que transformará nuestras diócesis.
- Tras revestirse, el obispo se acerca al altar y lo besa. Es el mismo Señor, ante quien acaba de arrodillarse, ahora contemplado como aquel que reúne a su Iglesia en torno a sí y la hace un solo cuerpo (cf. 1 Co 10,17). El santo prelado sirvió a una Iglesia inmensa y plural, esforzándose por mantenerla unida.
- Luego se dirige a la cátedra y se leen las Letras apostólicas, la bula por la que el Romano Pontífice lo ha nombrado pastor de aquella Iglesia particular. Santo Toribio comprendió bien esta responsabilidad. La recepción del Concilio de Trento, los concilios provinciales, los sínodos diocesanos y su labor catequética dan testimonio de su deseo de transmitir íntegramente la fe y hacerla accesible a quienes tenía delante.
- A continuación, se acercan el clero y los fieles para «manifestar obediencia y reverencia» [7]. Toribio veló por su formación, fue exigente en la admisión a las órdenes, visitó a sus sacerdotes y sostuvo la disciplina eclesiástica, consciente de que la vida del clero repercute en la del pueblo.
- Después del Evangelio, el obispo dirige por primera vez la palabra a su pueblo Santo Toribio hizo de su vida una predicación prolongada, y su anuncio resultaba creíble porque había permitido que el Evangelio modela primero su existencia.
- Terminados los ritos de la recepción y celebrada la liturgia de la Palabra, llega el momento de presentar la ofrenda. De este Santo Sacrificio mana la gracia de la que vive la Iglesia y por la que Cristo continúa reuniéndola y santificándola a lo largo de la historia. El obispo, como todo sacerdote, presta su voz y sus manos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, que actúa por medio de su ministerio.
- La geografía espiritual de la Iglesia en América Latina está marcada por pastores que hicieron visible esta unión entre el altar y la vida. Fruto una verdadera constelación de obispos que la Iglesia venera como santos y beatos. Junto al gran arzobispo de Lima se encuentran los santos Antonio María Claret, Ezequiel Moreno, Rafael Guízar y Óscar Romero, y los beatos Juan de Palafox, Jacinto Vera, Mamerto Esquiú, Enrique Angelelli, Jesús Jaramillo y Eduardo Pironio, entre tantos otros insignes obispos. Encomendemos a Santa María de Guadalupe nuestro deseo de vivir con renovada fidelidad la misión recibida.
Gracias por la obra y particularmente con su nota final en que agradece a quienes han hecho posible su vocación, ministerio y la publicación del libro.
https://www.omnesmag.com/actualidad/leon-xiv-santo-toribio-mogrovejo/
León XIV y Santo Toribio de Mogrovejo
El papa León XIV, profundamente vinculado a Hispanoamérica y devoto del santo Toribio de Mogrovejo, se perfila como un nuevo impulsor de la evangelización con un espíritu de unidad y claridad doctrinal. Su pontificado, en el año de la esperanza, evoca la misión de los santos que llevaron el Evangelio a las periferias.
Los que están escribiendo sobre el Papa León XIV, hacen referencia a su predecesor León XIII, señalando varias similitudes que el mismo Papa ha refrendado, y que nos permite presagiar que León XIV sería el Papa de la unidad.
Resulta que este Papa es americano y con años de trabajo y experiencia en el Perú, lo que le ha permitido conocer bien la idiosincrasia de estas tierras hispanoamericanas.
A principios de este año, que es el año de la esperanza, estuve en España promoviendo la película de Santo Toribio de Mogrovejo.
Revitalizar su figura
Hace 12 años el Papa Benedicto XVI le dijo al arzobispo de Lima, ¿a ver que haces con Santo Toribio? Decía el Santo Padre que había que dar a conocer a Santo Toribio porque él era el Carlos Borromeo de América.
Efectivamente Santo Toribio trajo a las tierras americanas, y especialmente a la diócesis de Lima, el concilio de Trento, que era de la contrarreforma, para aclarar la doctrina católica de la confusión que había surgido por la reforma de Lutero.
El toque latinoamericano que tiene León XIV, lo hace muy hábil para que se produzca en este continente una reevangelización, como la que hizo Santo Toribio el siglo XVII recorriendo, a lomo de mula, con el Evangelio, el catecismo, traducido al quechua y al aimara, y con los sacramentos, el extenso territorio que le tocó, para evangelizar y confirmar, a todas las personas que podía. Fue un hombre que salió a las periferias para llevar la Palabra de Dios hasta el último rincón.
La leyenda negra
Los católicos españoles me decían hace unos meses, que había llegado la hora de los hermanamientos en Hispanoamérica, para borrar las leyendas negras, que las había tejido durante años los enemigos de la Iglesia, y que más bien había que resaltar la evangelización que hicieron los santos que predicaron en estas tierras con mucho sacrificio y dando sus vidas para que todos conozcan los evangelios y puedan vivir una auténtica vida cristiana de amor a Dios ya los demás.
Estamos en unos tiempos similares. El Papa León XIV habla de los desafíos que tenemos frente a la Inteligencia artificial y ante las ideologías que se han olvidado de Cristo y que lo tienen simplemente como un líder más y no como el Hijo de Dios.
Santo Toribio aclaró las cosas dando muchas luces a todas las personas, al clero, a las autoridades civiles y al pueblo. Su trabajo fue impresionante.
El Papa León XIV es devoto de Santo Toribio, él fue Gran Canciller de la Universidad Santo Toribio de Mogrovejo de Chiclayo.
El Camino de Santo Toribio
Hoy, quienes estamos promocionando un largometraje del santo, con “Goya Producciones” estamos fomentando, con varias universidades, que se diseñe “el camino de Santo Toribio” para las peregrinaciones, algo semejante al “camino de Santiago” en España.
Urge recristianizar nuestro continente y el mundo entero. Este papá tiene esa misión. Todos lo acompañamos con nuestra oración y una acción similar a Santo Toribio para llegar a todos con la claridad de la doctrina.
Los Caminos de Santiago y de Santo Toribio, son caminos que llevan a Dios. Los santos nos llevan a Dios y Dios nos quiere santos. Es por eso que necesitamos de los Sacramentos.
Ahora León XIV, y todos nosotros, con la intercesión de Santo Toribio y León XIII, pediremos con fuerza a San Miguel Arcángel que “arroje con su Divino poder a Satanás ya los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”
En el año de la esperanza vendrán tiempos nuevos, tiempos de luz y de unidad dentro de la barca de Pedro.

Antonio BELLELLA CARDIEL (ed.) Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto. (Publicaciones claretianas, Madrid, 2026, 341 pp)
Tuve la suerte de seguirlo en vivo on line y de comentarlo en animados coloquios. Lo leo ahora con avidez, serenidad y gran gozo en la estupenda edición que les comparto.
Es el fruto de la 55.ª Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada del 2026, cuyas ponencias recoge íntegramente, incluso con más detalle de como fueron pronunciadas. La verdad que su labor es encomiable y ejemplar, ya más de medio siglo -55 años- al servicio de la formación, el diálogo y la renovación de la vida consagrada. La atractiva publicación nos convida a consultar las anteriores cuyo título puede verse en el catálogo on line.
La obra pone sobre la mesa, sobre el tapete, en clave de realismo y esperanza, el serio problema de la reducción; es decir, la progresiva y visible disminución de personas, fuerzas y presencias que la vida consagrada experimenta en nuestro mundo occidental. El permanente chaparrón de noticias con cierre de casas, abandono del ministerio cuando no denuncia de abusos, ha creado un clima derrotista y pesimista para nada evangélico.
Las jornadas de la 55º semana cogen al toro por los cuernos y lo abordan a cabalidad. Siguiendo el clásico proceso de ver, juzgar y actuar, profundizan en un asunto que afecta al corazón y la vida de la Iglesia, estudiándolo de manera interdisciplinar y en clave sinodal: desde la escucha mutua, la participación, la comunión y la conciencia de que la Misión confiada por el Espíritu pide la convergencia y la complementariedad de los carismas.
Conscientes del alcance de esta crisis, los expertos en sociología religiosa insisten en que el futuro de la vida consagrada no peligra, pero sí lo harían su modelo de desarrollo, su configuración específica en el mundo actual y su encaje teológico con el resto de las realidades eclesiales. Tres serios retos que conviven en un contexto muy crítico, donde es casi imposible encontrar una salida cortoplacista. Tres desafíos que exigen pararse a pensar y dejar que el tiempo diga su palabra.
Editado por el misionero claretiano Antonio Bellella Cardiel, director del ITVR, el volumen aborda con realismo y esperanza la progresiva disminución de personas, fuerzas y presencias que experimenta la vida consagrada, especialmente en el mundo occidental. Lo hace desde una perspectiva interdisciplinar y sinodal, atendiendo no solo a la dimensión cuantitativa de esta realidad, sino también a sus implicaciones eclesiales, teológicas, comunitarias y misioneras.
Al igual que su ponencia oral, la presentación escrita (7-13) es magistral, por su lucidez, profundidad, sencillez, compartiéndonos no sólo lo mejor de la síntesis de sus contenidos, sino el sentido, los porqués, sus desafíos.
Viene a continuación la entrañable homilía de Monseñor Luis Ángel de las Heras, CMF, obispo de León, quien ilumina la problemática del desierto y la reducción con la palabra divina en los textos relativos a la escena del lisiado de la puerta del templo y el encuentro de Emaús, invitándonos a caminar con Jesús, en compañía de María “mujer pascual del silencio y de la esperanza” (15-19).
Las distintas aportaciones invitan a comprender este momento no únicamente como una pérdida, sino también como una llamada a detenerse, discernir y buscar nuevas formas de presencia y colaboración. La escucha mutua, la participación, la comunión y la complementariedad de los carismas aparecen como claves para afrontar un proceso que no admite soluciones inmediatas y que interpela al conjunto de la Iglesia. La publicación recoge las ponencias de especialistas procedentes de distintos ámbitos profesionales e institucionales:
Carlos A. Simón Vázquez, Fernando Miguel Vidal Fernández, Juan J. Bartolomé Lafuente, Lluís Oviedo Torró, A. Dominique Rakotobe, Carmen Yebra Rovira, Ángel Cordovilla Pérez, Gonzalo Fernández Sanz, María del Carmen Gómez, Cristina Muñoz Alústiza, Juani Garrido, Ángel Barahona Plaza, María Teresa Pandelet, Cardenal Cristóbal López Romero.
Los animo a conseguir la obra y leerla con detención. Nos brinda realismo, esperanza y todo un programa para responder al incuestionable desafío del ser o no ser de la vida consagrada.

Salamanca por dentro en 90 minutos
A los que somos de Salamanca nos encanta pasear por sus calles y compartir los mil y un recorridos posibles. El que les comparto lo viví el pasado viernes 4 de septiembre del 2026 y lo considero un regalo de lo Alto.
Gracias a mi hermano Juan Luis que me movilizó desde Rollán y debía acudir a una cita médica me dejó “suelto en plaza” por 90 minutos. Como era primer viernes de mes y quería aprovechar un ratito de adoración al Santísimo, me planté en 10 minutos en la capilla de adoración perpetua del convento del Corpus Christi en la calle Crespo Rascón, ¡qué paz y sosiego en medio de tanto bullicio ruano! Desde aquí, callejeando y viendo el trasiego por las casetas para las ferias, llego ¡cómo no! a la plaza mayor; dejo llevar la mirada a la churrigueresca fachada principal del Ayuntamiento y su reluciente piedra de Villamayor, los medallones, …entro en la oficina petada de Turismo… y ya estoy en la Rúa, donde me tomo la foto de rigor con la fachada de la Clerecía y Casa de las Conchas por fondo y asimilando la hondura y belleza del músico Salinas, en su cercano monumento.
Faltan dos días para la fiesta de la patrona, Nuestra Señora de la Vega, y me la encuentro lista para su fiesta del día 8, a unos centímetros. Me parecía que el Cielo había bajado a la tierra; le agradezco por tanto tanto y le ofrezco ¡todo!, totus tuus como Juan Pablo II, pidiendo por tantos y tan buenos amigos…
Salgo de la catedral vieja y me enfilo hacia la iglesia de los Capuchinos donde me encuentro con el entrañable Cristo procesional de Bernardo de Robles, el mismo autor que ha dejado deliciosas obras en la catedral de Lima y los Dominicos de Arequipa. Allí puedo gozar de otro rato “íntimo”, frente a frente mi Jesús. Y, sobre todo, puedo acudir al sacramento de la reconciliación que puntualmente administran a diario (de 11 a 13) los celosos y misericordiosos frailes. Con este sentimiento de ¡borrón y cuenta nueva!, acción de gracias, y listo para la santa misa en la capilla del hospital de la Santísima Trinidad. ¡Qué más se puede pedir que recibir el Cuerpo de Cristo en la cumbre de la liturgia cristiana, haciendo memoria agradecida del pasado, disfrutando a tope del misterio de Dios encarnado que vive en mí y en comunión con mis hermanos, consciente de que es un adelanto de lo que viviré en el Cielo!
¡Cuánto, Señor, en 90 minutos, ¡el tiempo que dura un partido de fútbol, y en mi Salamanca! Además, me encontré con dos grandes amigos celebrantes, don Ramón Martín, que fue párroco en mi pueblo, y don José María Yagüe, a quien conocí en su misión de Chimbote.
¡De veras que agradecí lleno de gozo y pedí que los miles de turistas que visitan mi Salamanca, de arte y sabiduría, descubran también esta ruta de intimidad y santidad!
