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FERNANDO III, EL SANTO. Biografía académica de HH y documental de HM

Fernando IIIEl Santo. Nace en Peleas de Arriba (Zamora), 24.VI.1201 – Muere en Sevilla, 30.V.1252. Rey de Castilla (1217-1252) y de León (1230-1252). Conquistador de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla, santo.

Cuando a fines de junio del año 1201, probablemente el día 24, festividad de san Juan, nacía el que iba a ser Fernando III de Castilla y de León en el camino de Salamanca a Zamora, en el monte al que luego se trasladaría el monasterio bernardo de Valparaíso, Castilla y León eran desde hacía cuarenta y cuatro años dos reinos distintos, separados y frecuentemente enfrentados. Fernando era hijo del rey Alfonso IX de León y de la castellana doña Berenguela, hija primogénita de Alfonso VIII de Castilla. Aunque procedente de doble estirpe regia, Fernando no nacía como heredero de ninguno de los dos tronos: en León le precedía un hermanastro suyo, nacido hacia 1194 y llamado igualmente Fernando, hijo del Rey leonés y de doña Teresa de Portugal, que ya había sido jurado como heredero del Trono de León; en Castilla el heredero era igualmente otro Fernando nacido en 1189, hijo de Alfonso VIII y hermano de doña Berenguela, la madre del Fernando nacido en 1201.

El matrimonio de sus padres no pudo mantenerse, pues había sido contraído sin la necesaria dispensa papal del impedimento de consanguinidad, pues el padre de doña Berenguela, Alfonso VIII de Castilla, era primo carnal de Alfonso IX de León. Ante los requerimientos de Inocencio III a los cónyuges para que se separaran, éstos rompieron su convivencia, tras seis años y medio de vida matrimonial (1197-1204) en los que nacieron cinco hijos, dos de ellos varones: el futuro Fernando III y su hermano Alfonso de Molina. Rota la convivencia de los padres cuando Fernando no había cumplido aún los tres años, la educación infantil de éste corrió a cargo de su madre doña Berenguela que había regresado a Burgos con su prole; más tarde la formación y la vida del pequeño infante se repartieron entre Burgos, donde era conocido como el leonés, para distinguirlo de su tío Fernando, heredero del Trono castellano y doce años mayor, y en León al lado de su padre, donde era llamado el castellano para diferenciarlo de su hermano mayor, también homónimo y heredero de la Corona de León. Además, en Burgos, había nacido ya a Alfonso VIII, el 14 de abril de 1204, otro hijo varón, Enrique, que igualmente precedía a doña Berenguela y a su hijo Fernando en el orden sucesorio.

Mas la muerte imprevista el 14 de octubre de 1211 de Fernando, el hijo y heredero de Alfonso VIII, a los veintidós años de edad, acercó al pequeño Fernando al Trono castellano, del que sólo lo separaba su tío el infante Enrique. En agosto de 1214 otra muerte igualmente impredecible, la de Fernando, el hijo de Alfonso IX, cuando rondaba los veinte años de edad, aproximaba también al futuro Fernando III al Trono de León.

El 6 de octubre de 1214 fallecía el rey de Castilla Alfonso VIII, el vencedor de las Navas de Tolosa, y lo sucedía en el Trono su hijo Enrique, un menor de diez años y medio de edad; veintiséis días más tarde fallecía la reina doña Leonor, por lo que recayó la tutoría y la regencia en doña Berenguela, pero al cabo de algunos meses las intrigas de los tres hermanos Lara forzaron la renuncia de la madre de Fernando y se hizo cargo de ambos oficios Álvaro Núñez de Lara. Las tensiones entre los hermanos Lara y los magnates que apoyaban a doña Berenguela se trocaron en choque armado y mientras aquéllos cercaban a doña Berenguela en Autillo (Palencia), en el palacio episcopal de Palencia un accidente de juego causaba graves heridas al rey Enrique I, a resultas de la cuales falleció el 6 de junio de 1217, cuando acababa de cumplir los trece años. En ese momento el futuro Fernando III se encontraba en Toro junto a su padre; doña Berenguela envió mensajeros para reclamar la presencia de su hijo, sin declarar nada de lo sucedido; Alfonso IX autorizó la partida del infante, que fue a reunirse con su madre.

Los Lara levantaron el asedio de Autillo, marcharon a Palencia y con el cadáver del rey Enrique abandonaron la ciudad, seguidos a corta distancia por doña Berenguela y los suyos. Los intentos de llegar a un acuerdo entre ambos bandos fracasaron, pues los Lara exigían que les fuera entregado el infante don Fernando, que estaba por esos días a punto de cumplir los dieciséis años, y quedara sometido a su tutela.

Doña Berenguela se estableció con su hijo en Valladolid, desde donde trataba de ganarse el apoyo de los concejos de la Extremadura castellana. Dichos concejos estaban reunidos en Segovia, deliberando para mantener una cierta unidad entre ellos, cuando, invitados por doña Berenguela, accedieron a trasladarse a Valladolid. El 2 o el 3 de julio los concejos congregados en el campo del mercado rogaron a doña Berenguela que acudiese ante ellos con sus hijos; allí tras reconocerla como reina y señora de Castilla, le rogaron que hiciese entrega del reino a su hijo mayor, al infante don Fernando, a lo que accedió en el acto la Reina, siendo así aclamado por todos Fernando III como rey de Castilla.

La primera tarea que tuvo ante sí el joven Monarca fue la pacificación del reino, superando la rebeldía de los Lara y logrando que su padre Alfonso IX, que había penetrado en el reino castellano como aspirante también a esta Corona, se retirara pacíficamente y depusiera sus aspiraciones; ambos objetivos eran alcanzados en el transcurso de los años 1217 y 1218. Al año siguiente, el 30 de noviembre de 1219, tuvo lugar en Las Huelgas Reales de Burgos el matrimonio de Fernando III con la princesa alemana doña Beatriz de Suabia, hija de Felipe de Suabia, emperador electo de Alemania en 1198 y que falleció en 1208, sobrina del emperador Enrique VI (1190-1197) y nieta de Federico I Barbarroja. Por parte de su madre, la bizantina Irene, era también nieta del emperador de Oriente Isaac de Ángel (1185-1204) y de su esposa Margarita, hija del rey Bela de Hungría. Con la elección de esta princesa extranjera quiso sin duda doña Berenguela evitar a su hijo la triste experiencia de una anulación matrimonial, ya que estaba unido por lazos de sangre a todas las casas reinantes en España.

Los primeros años del reinado de Fernando III transcurrieron en paz, pues desde 1214 se venían renovando las treguas firmadas por Alfonso VIII poco después de la batalla de Las Navas con los almohades, treguas que continuaron observándose durante el reinado de Enrique I (1214-1217) y los cuatro primeros años del de Fernando III, esto es, hasta 1221. En este año las treguas se renovaron hacia el mes de octubre por tres años más, por lo tanto, hasta 1224. Las treguas fueron escrupulosamente observadas por ambas partes, a pesar del clima de cruzada creado en Europa por el concilio de Letrán de 1215 y promovido por el papa Inocencio III.

Al finalizar el mes de septiembre de 1224 expiraban las treguas suscritas entre Castilla y el Califa almohade; había que tomar una decisión que significaba la paz o la guerra, y en la toma de esta decisión quiso Fernando III que participara primero su curia ordinaria, reunida en el castillo de Muñó (Burgos) el domingo de Pentecostés, 2 de junio de 1224, y luego una curia extraordinaria de todos los magnates y prelados del reino convocada en Carrión de los Condes a principios del siguiente mes de julio. En ambas asambleas la decisión fue la misma: no renovar por más tiempo las treguas, que venían durando ya diez años completos.

Así se cerraban los siete primeros años de reinado de Fernando III, caracterizados por la pacificación y recuperación interior, por el sometimiento de los magnates y por el robustecimiento de la autoridad regia, todo ello destinado a la creación de un reino próspero, fuerte y unido a las órdenes del Monarca. Ahora se abría otra época de su reinado de veintiocho años de duración, que sólo acabó con su muerte, durante los cuales, sin pausa ni desmayo y con el apoyo incondicional y entusiasta de su pueblo, Fernando III se consagró a extender sus fronteras a costa del enemigo musulmán hasta acabar con el poder islámico, expulsándolo hacia África o sometiendo a vasallaje al último reino mahometano que quedaba en España, el de Granada.

Las circunstancias no podían ser más propicias para el inicio de las operaciones militares. El 6 de enero de 1224 había muerto el califa almohade al-Mustanşir (Yūsuf II); la desaparición del Emir había dado lugar a luchas intestinas en al-Andalus, destacando entre los rebeldes el llamado al-BayasÌ, esto es, el Baezano, que, asediado en su ciudad de Baeza por el gobernador de Sevilla, no dudó en reclamar la ayuda del Rey cristiano. Respondiendo a esta llamada, el 30 de septiembre de 1224 salía de Toledo Fernando III y, unidas sus fuerzas a las del Baezano causaron grave quebranto a los enemigos, ya que conquistaron Quesada y no menos de otros seis castillos, que fueron entregados al aliado musulmán.

Esta alianza permitió repetir la entrada en al-ndalus al año siguiente, 1225, cuando los cristianos recorriendo las comarcas de Jaén, Andújar, Martos, Alcaudete, Priego, Loja, Alhama de Granada y Granada y colocaron ya guarniciones permanentes en las fortalezas de Andújar y Martos, la primera custodiando la entrada en Andalucía por Puertollano o río Jándula, la segunda como una flecha clavada en el interior de la Andalucía islámica. La alianza con el Baezano se demostraba muy fructífera, sobre todo cuando éste, en el año 1226, logró apoderarse de Córdoba y, reconociéndose fiel vasallo del Monarca castellano, le ofreció los castillos de Salvatierra, Borjalamel y Capilla. Pero la guarnición de Capilla no obedeció las órdenes del Baezano y no entregó la fortaleza a Fernando III, por lo que a principios del verano de 1227 éste se puso en campaña para someter el castillo rebelde; estaba sitiando Capilla cuando recibió la noticia de que los cordobeses habían asesinado al Baezano, por lo que, tras rendir Capilla, pasó a Andalucía a asegurar la posesión de Baeza, Andújar y Martos. Este año y el siguiente se aceleró la desintegración del imperio almohade en la Península, dividiéndose en varios principados o reinos taifas, lo que facilitaría la conquista de al-Andalus por Fernando III.

En el año 1228 tampoco faltó la campaña anual de quebranto y castigo del enemigo musulmán dirigida, como todas las demás, personalmente por Fernando III; al llegar a Andújar, donde se encontraba como jefe militar de todas las fuerzas de la frontera Álvar Pérez de Castro, recibió del gobernador almohade de Sevilla la oferta de 300.000 maravedís de oro, a cambio de que respetara sus tierras por un año; habiendo aceptado la oferta, Fernando III pudo talar impunemente las tierras de Jaén, que obedecían a Ibn Hūd. Al año siguiente, 1229, de nuevo el gobernador de Sevilla compró otra tregua de un año por otros 300.000 maravedís; también Ibn Hūd, imitando al sevillano, pagó otra tregua con la entrega de tres fortalezas: Saviote, Garcíez y Jódar, que vinieron a aumentar la base castellana para futuras operaciones al sur del puerto Muradal. Desde esta base, en el año 1230, intentó Fernando III apoderarse de la ciudad de Jaén, a lo que puso cerco hacia el 24 de junio, pero ante la tenaz resistencia de la plaza, que aguantó más de tres meses de duro asedio, el Rey cristiano cejó en el empeño e inició el regreso hacia Castilla.

En el camino de retorno, al pasar por Guadalerza (Toledo), le llegó un mensajero de doña Berenguela que le anunciaba la muerte de Alfonso IX en Villanueva de Sarria el 24 de septiembre de 1230. Ante Fernando III se abría la posibilidad de acceder también al Trono leonés. Su madre salió a recibirlo a Orgaz y juntos siguieron hasta Toledo, donde madre e hijo deliberaron sobre la línea de conducta que convenía seguir. Aunque tenía a su favor la varonía, ante las reticencias de su padre y el no reconocimiento por parte de éste de su derecho a sucederlo una vez que contra los deseos paternos había alcanzado el trono castellano, don Fernando se había procurado una bula del papa Honorio III, de 10 de julio de 1218, que le declaraba legítimo heredero del Trono leonés. A su vez Alfonso IX, ignorando los derechos de su hijo, venía, desde 1218, reconociendo en reiterados documentos y actos públicos, como sucesoras suyas, a las infantas doña Sancha y doña Dulce, hijas de su primera mujer, Teresa de Portugal. El conflicto estaba servido.

Por Ávila, Medina del Campo y Tordesillas, Fernando III se dirigió hacia el reino de León en el que entró por San Cebrián de Mazote y Villalar (Valladolid), donde fue acogido como Rey; reclamado por la ciudad de Toro fue en esta ciudad y su castillo reconocido también como Rey, lo mismo hicieron Villalpando, Mayorga y Mansilla a su llegada. En esta última villa tuvo noticias de que los obispos de Oviedo, Astorga, León, Lugo, Salamanca, Mondoñedo, Ciudad Rodrigo y Coria con sus ciudades se habían declarado por él, mientras que León se hallaba dividido en banderías; tras una espera en Mansilla, también en León triunfaban sus partidarios. Fernando III hacía su entrada en la ciudad regia, donde fue proclamado Rey, probablemente el 7 de noviembre de 1230. De este modo volvían a reunirse bajo un único Monarca los dos reinos separados setenta y tres años atrás.

Por esos días llegaban a León mensajeros de la reina doña Teresa que, con el apoyo de Zamora, había avanzado hasta Villalobos, dieciocho kilómetros al sureste de Benavente, trayendo proposiciones de paz. Doña Berenguela y doña Teresa, ésta con sus dos hijas, se reunieron en Valencia de Don Juan el 11 de diciembre de 1230. El acuerdo logrado por ambas Reinas consistió en la renuncia de las dos infantas a sus derechos a cambio de una pensión vitalicia de 30.000 maravedís anuales. Fernando de Castilla se convertía también en rey indiscutido de León. Tras el acuerdo de Valencia de Don Juan, dedicó lo que restaba de 1230, y los dos años siguientes a visitar la Extremadura leonesa, las tierras centrales de su reino en la Meseta y Galicia, para conocer a sus nuevos súbditos y ser conocido por ellos.

Esta ausencia del Rey, ocupado en los asuntos leoneses, no impidió que en el año 1231 dos ejércitos castellanos penetraran en territorio musulmán; el primero, movilizado y dirigido por el arzobispo de Toledo, atacó y conquistó Quesada; el segundo, a las órdenes de Álvar Pérez de Castro, llevando consigo al infante heredero, el futuro Alfonso X, entonces de nueve años de edad, llegó en sus incursiones hasta Vejer (Cádiz). Sorprendido junto a los muros de Jerez de la Frontera por un ejército islámico muy superior en número, en una serie de ataques suicidas logró dispersarlo y aniquilarlo causando una mortandad tremenda y obteniendo un botín cuantioso. Ésta fue la última batalla campal reñida con el islam durante el reinado de Fernando III; a partir de entonces sólo se tratará de asedios de ciudades y escaramuzas durante los mismos, sin que los musulmanes osaran presentar en todo el resto del reinado fernandino una batalla en campo abierto.

La derrota de Jerez precipitó todavía más la descomposición y desunión en el territorio musulmán; en el año 1232 se proclamó independiente el gobernador de Arjona (Jaén) MuÊammad b. Naşr al-AÊmar (MuÊammad I), fundador de la dinastía nazarí que perduró en Granada durante más de doscientos cincuenta años. En ese mismo período en el sector leonés, los freires de Santiago y la hueste del obispo de Plasencia conquistaron Trujillo.

Unidas ya las fuerzas de Castilla y de León, en el año 1233 el rey Fernando reanudó las operaciones militares con la conquista de Úbeda, que se rindió en el mes de julio; al mismo tiempo el rey Jaime I iniciaba sus profundas incursiones en el Reino de Valencia.

En 1234, el rey Fernando estuvo ausente de la primera línea, porque tuvo que ocuparse de las graves discordias surgidas entre la Monarquía y algunos nobles, como Lope Díaz de Haro y Álvar Pérez de Castro; esto no impidió que los caballeros de las órdenes militares conquistaran en ese verano Medellín, Santa Cruz y Alange y que toda la comarca de Hornachos se entregara a los caballeros de la Orden de Santiago.

En 1235, resueltas las discordias nobiliarias, pudo Fernando III continuar sus campañas por Andalucía con la conquista de Iznatoraf y Santisteban; pero en ese mismo año tuvo que sufrir la pérdida de su esposa doña Beatriz, muerta en Toro el 5 de noviembre de 1235, después de dieciséis años de matrimonio bendecido con diez hijos, de los que sobrevivían ocho. Al año siguiente, 1236, se inician las grandes conquistas de Fernando III en la cuenca del Guadalquivir con las fuerzas unidas de Castilla y de León, a las que sólo pondrá fin en el año 1248 la toma de Sevilla.

En un audaz golpe de mano, un grupo de soldados de la frontera se apoderaba en la noche del 24 de diciembre de 1235 de algunas torres y de una puerta de la muralla cordobesa, que abrieron a un destacamento cristiano que se apoderó del barrio conocido como La Ajarquía y se hizo fuerte en él. Tan pronto como le llegó la noticia de lo sucedido, Fernando III marchó lo más aprisa que pudo hacia Córdoba, al mismo tiempo que ordenaba la movilización de los concejos castellanos y leoneses más próximos; los socorros llegaron puntuales para mantener y reforzar las posiciones ya obtenidas e iniciar el asedio de la ciudad, que tuvo que rendirse el 29 de junio de 1236. En los años siguientes toda la campiña cordobesa fue entregándose a Fernando III mediante capitulaciones que permitían por primera vez la continuidad de los musulmanes en sus hogares; no así en la sierra cordobesa, que tuvo que ser conquistada militarmente, y en la que no se toleró la presencia islámica.

Al mismo tiempo los concejos de Cuenca, Moya y Alarcón aprovechaban el derrumbamiento del reino islámico de Valencia, que se entregaba a Jaime I, para ganar para su Rey y para Castilla las villas de Utiel y Requena. En el sector de Extremadura continuaron los avances de las órdenes militares: la de Santiago ganaba y repoblaba Almendralejo y Fuentes del Maestre, mientras los caballeros de Alcántara, desde Magacela, ocupaban Benquerencia y Zalamea; en el sector de Murcia los mismos santiaguistas se instalaban en el campo de Montiel y en la sierra de Segura.

En marzo del 1243, Fernando III, enfermo en Burgos, confiaba el mando del ejército, que como otros años se disponía a partir de Toledo hacia Andalucía, a su hijo Alfonso; todavía en Toledo el infante, llegaron mensajeros del Rey de Murcia que ofrecía un pacto de vasallaje por el que sometía su reino al Monarca de Castilla y León. El futuro Alfonso X, sin vacilar un instante, aceptó la oferta y, modificando el destino de la expedición, marchó hacia las tierras de Murcia; en Alcaraz, a principios de abril, se suscribió el pacto por el que el rey de Murcia con los arráeces de Alicante, Elche, Orihuela, Alhama, Aledo, Ricote, Cieza y Crevillente se sometían a la soberanía y autoridad del rey cristiano permaneciendo ellos en sus hogares, practicando su religión y trabajando sus heredades. En cumplimiento del pacto, el ejército de don Alfonso fue ocupando pacíficamente las villas y castillos del reino; Lorca, Cartagena y Mula que se negaron a entrar en el convenio, tuvieron que ser sometidas por la fuerza. La pacificación del Reino de Murcia ocupó también los años 1244 y 1245; y al rozar con las fuerzas de Jaime I, que estaban completando la ocupación de Valencia hubo precisión de fijar la frontera entre Castilla y Valencia, lo que se hizo el 26 de marzo de 1244 por el tratado de Almizra.

En 1244 Fernando III duplicaba el esfuerzo de sus fuerzas bélicas; mientras una hueste operaba en tierras murcianas, otra penetraba en el reino granadino, conquistaba Arjona, Menjíbar y Pegalajar y asolaba su territorio; estas razias pretendían debilitar al reino musulmán de Granada para asestar el gran golpe contra Jaén al año siguiente. En efecto, los campos de Jaén y de las ciudades de su contorno fueron arrasados a partir de julio de 1245, para formalizar el asedio de la urbe jienense a finales de septiembre de 1245. Era el tercer sitio que sufría la ciudad. Los anteriores, de 1225 y 1230, habían fracasado; pero éste, llegado enero de 1246, proseguía con todo ahínco, por lo que el rey de Granada MuÊammad b. Naşr al-AÊmar consideró perdida la ciudad de Jaén y, deseando salvar una parte de su reino, se presentó directamente ante el rey Fernando y, entregándose a su merced, le besó la mano declarándose su vasallo para que dispusiese de él y de su tierra, cediéndole además al instante la ciudad de Jaén.

El pacto de vasallaje obligaba no sólo a MuÊammad b. Naşr y a Fernando III, se extendía también a sus sucesores en Granada y Castilla; el Rey musulmán serviría fielmente a Fernando III en tiempo de paz, acudiendo cada año a su Corte, y en tiempo de guerra engrosaría su hueste contra cualquier enemigo del Rey castellanoleonés. El de Granada conservaría en pleno señorío todo su reino, excepto la ciudad de Jaén, bajo la protección del Monarca cristiano, al que debía abonar cada año la suma de 150.000 maravedís. La ciudad de Jaén sería entregada en el acto a Fernando III y sus habitantes debían abandonarla perdiendo casas y heredades. Establecidas estas capitulaciones, el monarca cristiano hizo su solemne entrada en Jaén comenzado ya el mes de marzo de 1246. Pocos meses después, el 8 de noviembre, sufrió don Fernando la pérdida de su madre, la reina doña Berenguela, que durante todo su reinado había sido su más íntima consejera e inspiradora, y en cuyas manos dejaba el gobierno del reino durante las largas temporadas que él pasaba en Andalucía, consagrado a las operaciones militares.

Desde el año 1224, Fernando III venía acrecentando las fronteras de su reino, pero le faltaba todavía la joya de al-Andalus: la ciudad de Sevilla. Después de la conquista de Jaén en el mes de marzo no demoró mucho el dirigir sus armas contra la capital de al-Andalus, y ya en el mes de octubre de 1246 aparecía con una reducida hueste de trescientos caballeros e iniciaba la tala de los campos de Carmona; allí se presentó sin tardanza, como fiel vasallo, el Rey de Granada con quinientos caballeros. Desde Carmona, ambos Reyes se dirigieron contra Alcalá de Guadaira, que se entregó a Fernando III, actuando de intermediario el Rey de Granada.

Con el invierno no interrumpió don Fernando las hostilidades contra Sevilla, pero comprendió que un verdadero asedio de la ciudad no era posible sin contar con una flota que bloquease también las comunicaciones por el río; en consecuencia, hizo acudir a Jaén, adonde se había retirado, al burgalés Ramón Bonifaz, al que ordenó preparar en el Cantábrico la flota mayor y mejor pertrechada que pudiese, de naves y galeras. Del mismo modo ordenó una movilización de las mesnadas nobiliarias y de las milicias concejiles para el siguiente verano de 1247.

Mientras llegaba la flota, puso Fernando III sitió a Carmona, que optó por capitular ante el Rey cristiano y lo mismo hicieron Reina y Constantina. Lora del Río se rindió sin resistencia, Cantillana fue tomada por asalto, mientras Guillena se entregaba sin hacer frente; también sucumbían Gerena y Alcalá del Río. Antes de que llegara la flota ya dominaba Fernando III todo el norte y el este de Sevilla. Por fin, en la primera quincena de julio de 1247, aparecía por el Guadalquivir la esperada flota de Ramón Bonifaz, integrada por trece galeras.

Con la llegada de las naves a Sevilla se inició una dura guerra de desgaste, de hostigamiento y destrucción de cosechas, de ataques a cualquier avituallamiento y asaltos a los arrabales, guerra que se iba a prolongar durante todo el invierno y que se trocó en un duro y ceñido asedio al fin de marzo del 1248, cuando apareció ante la ciudad el heredero de la Corona, el infante don Alfonso, con grandes contingentes de castellanos, leoneses y gallegos. Sevilla ya no tenía reservas, Castilla y León podían movilizar más y más hombres y armas. El dogal que apretaba a Sevilla era cada día más recio: en el mes de mayo ya no quedaba otra vía a los musulmanes, para recibir auxilio, que el puente de Triana. Contra este puente y las gruesas cadenas de hierro que enlazaban las barcas que lo formaban, lanzó el 3 de mayo de 1248 Ramón Bonifaz sus dos naves más pesadas; el puente cedió y Sevilla quedó aislada de Triana, cuyo castillo se rindió seguidamente. La pérdida de Triana hizo que los sitiados ofrecieran capitular, conservando la mitad de la ciudad, lo que fue rechazado; otra segunda propuesta, ahora ya de dos tercios de la ciudad, fue asimismo declinada por la firme decisión de Fernando III de tener para sí Sevilla entera libre de musulmanes. Éstos finalmente tuvieron que capitular el 23 de noviembre de 1248, entregando la ciudad entera y disponiendo de un mes para partir hacia África o hacia el Reino de Granada.

El 22 de diciembre de 1248 hacía Fernando III su solemne entrada en Sevilla. En los meses siguientes se fueron entregando y sometiendo al castellanoleonés, mediante pactos y capitulaciones, todas las ciudades de la ribera meridional del Guadalquivir. Con la conquista de Sevilla se puede decir que la Reconquista había finalizado, pues en ese momento ya sólo quedaba a los musulmanes el Reino de Granada, como vasallo del Monarca cristiano.

En Sevilla se asentó Fernando III los tres años y medio últimos de su vida; sólo se ausentó para un corto viaje a Jaén, de dos meses de duración, pasando por Córdoba, en febrero y marzo de 1251. En Sevilla le alcanzó la muerte el 30 de mayo de 1252, cuando estaba abrigando proyectos de continuar sus conquistas por el norte de África; a sus exequias y sepultura en la antigua mezquita, convertida en catedral, asistió el Rey de Granada.

A partir de 1224 y hasta el fin de sus días, Fernando III concentró todos sus esfuerzos en engrandecer las fronteras de su reino y en ultimar la recuperación de todo el territorio peninsular. Había recibido de su madre un reino, el de Castilla, de unos 150.000 km2; heredó de su padre otro reino, el de León, con otros 100.000 km2; había conquistado el territorio de un tercer reino de unos 100.000 km2 más ricos y feraces. No sólo se había ocupado de conquistas, tuvo también que entregarse a la repoblación cristiana de ese tercer reino que había ganado, efectuando llamamientos a castellanos, leoneses y gallegos para que acudieran a poblar las ciudades y los campos de Andalucía, ofreciendo y realizando entre ellos los repartimientos de casas y heredades.

Con su primera esposa, Beatriz de Suabia, Reina de 1219 a 1235, tuvo diez hijos, siete de ellos varones: Alfonso, Fadrique, Fernando, Enrique, Felipe, Sancho y Manuel, y tres hembras, dos de éstas muertas en edad infantil; la tercera, Berenguela, ingresó en Las Huelgas Reales de Burgos, donde fue designada como “señora de la casa”. Contrajo Fernando segundas nupcias en noviembre de 1237 con Juana de Ponthieu, con la que tuvo otros cinco hijos: Fernando, Leonor, Luis, Simón y Juan, pero los dos últimos murieron en su tierna infancia.

La profunda religiosidad de don Fernando a lo largo de toda su vida, no desmentida en ningún momento, así como la memoria de su vida limpia, fueron creando en torno a su persona una fama de virtudes y santidad. El proceso de beatificación se puso en marcha en 1628, duró veintisiete años, y el 29 de mayo de 1655 fue aprobado el culto como beato, limitado a Sevilla y a la capilla de los Reyes. El 7 de febrero de 1671, el papa Clemente X extendía su culto a todos los dominios de los reyes de España y finalmente, el mismo Pontífice, lo canonizaba el 6 de septiembre de 1672.

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Bibliografía

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M. González Jiménez, Fernando III el Santo. El Rey que marcó el destino de España, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006.

Autor: Gonzalo Martínez Díez, SI

Fernando III el Santo, un reinado en defensa de la cristiandad

https://www.youtube.com/watch?v=sRpkh0WtqSE

HM Televisión presenta «Fernando III el Santo, un reinado en defensa de la cristiandad», un documental realizado en el marco del 350 aniversario de la canonización del ejemplar monarca español. Definido por Gregorio IX como el «atleta de Cristo», Fernando III destaca entre los reyes de la Edad Media como un rey santo cuyo único interés era mantener y extender la fe. No buscaba su propia gloria, sino la gloria de Dios. El grito de «Dios lo quiere» le empuja a la cruzada contra el invasor musulmán, reconquistando y restaurando el Reino de España para Jesucristo.

Presenta el documental el P. Rafael Alonso Reymundo, catedrático de Geografía e Historia.

Intervienen: D. Rafael Sánchez Saus, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz; D. Manuel García Fernández, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Sevilla; D. Félix Martínez Llorente, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Universidad de Valladolid; D. Emiliano González Díez, catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones españolas de la Universidad de Burgos; D. José Sánchez Herrero, catedrático emérito de Historia Medieval de la Universidad de Sevilla; Dña. Margarita Torres Sevilla-Quiñones de León, doctora en Historia Medieval por la Universidad de León; P. Santiago Cantera Montenegro, doctor en Historia Medieval por la Universidad Complutense de Madrid; Dña. Gloria Lora Serrano, doctora en Historia Medieval por la Universidad de Córdoba; Dña. Margarita Cantera Montenegro, doctora en Historia Medieval por la Universidad Complutense de Madrid; D. Antonio Ramos Puerta, expresidente de la Asociación de Fieles de Ntra. Sra. de los Reyes y San Fernando; D. Hugo Santos Gil, Hermano Mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de Valme, Sevilla y D. David Rivera López, de la Hermandad de la Virgen del Águila, Sevilla.

 

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TAMARO, Susanna. Donde el corazón te lleve (Seix Barral, Barcelona, 1995, 15ª ed., 187pp)

Su lectura me ha brindado parecida sensación que la de libros clásicos como “El principito”, “Momo”, “Platero y yo” … bellos en la forma, profundos en el contenido, capaces de tocar las fibras íntimas del ser humano: el amar y ser amado. Os comparto algunos de los textos que más me han impresionado.

Se trata de una novela epistolar de la célebre escritora italiana que se publicó por vez primera en 1994 (en Italia) y que ha llegado al mundo de habla hispana por la traducción de Atilio Pentimalli Melacrino. La gran acogida por parte de los lectores permitió llevarla al cine por la directora Cristina Comencini en 1996.

Con esta obra de corte íntimo y gran carga autobiográfica, Susanna Tamaro ha llegado al corazón de varios millones de lectores en todo el mundo, lo que le ha permitido el lujo de poder vivir entre la naturaleza, al margen del ruido de la “civilización”. Para ella, el libro le ha proporcionado una vejez serena, aparte de haberle dado la oportunidad de conocer a un gran número de personas a lo largo de todos estos 30 años desde su lanzamiento.

La abuela Olga, viendo inminente el final de su vida, decide escribir a su nieta Marta una larga carta para dejar constancia de lo que ninguna de las dos ha sabido ni decir ni escuchar. Cuando la nieta regrese, sólo encontrará la relación de los pensamientos, sentimientos, delicadeza y esperanza, soledad y amargura que la vida ha ido tejiendo. Por la carta, se sabrá cuál fue la historia de la familia, las peleas con Ilaria la hija muerta, los desencuentros y las heridas que nunca cicatrizaron. Su tormentosa relación con su esposo Augusto y la apasionada con su amante Ernesto, de la que nace Ilaria, quien nunca supo la verdadera identidad de su padre.

El libro es un recorrido íntimo por la soledad, el remordimiento y el dolor de los desencuentros familiares, cuyo título es un llamamiento para dejar que sea el amor —y no el miedo o el qué dirán— el que guíe los pasos y decisiones en la vida.

La clave de la obra está en la decisiva elección de la nieta – “cachorrita vulnerada y extraviada” (p.12) la del perrito Buck, el más infeliz y feo entre los doscientos de la perrera.

“El único maestro que existe, el único verdadero y creíble, es la propia conciencia. Para dar con ella hay que mantenerse en silencio -en soledad y en silencio, hay que estar sobre la tierra desnuda, desnudo y sin nada alrededor, como si ya estuviésemos muertos. Al principio no percibes nada, lo único que sientes es terror, pero después ne lo profundo, lejana, empiezas a oír una voz. Es una voz tranquila y tal vez al principio te irrite con su trivialidad. Es extraño: cuando lo que esperas es oír las cosas más grandes, aparecen ante ti las pequeñas. Son tan pequeñas y tan obvias que podrías gritar: “Pero ¿cómo? ¿Esto es todo?”. Si la vida tiene un sentido -te dirá la voz-, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella” (164-165)

La última y deliciosa carta, del 22 de diciembre, tiene aroma de Navidad y recrea la vivencia infantil en que cada figurita del Belén representaba a uno de los niños, los cuales, de acuerdo con su conducta eran movilizados por los padres junto a la cuna. Considera a la nieta como la ovejita extraviada a la que encuentra y quiere poner a salvo de “una vida desperdiciada, una vida en la que no ha logrado realizarse el camino del amor”. Para evitarlo, le dedica este decisivo consejo: “Cuídate… la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer. Cada vez que te sientas extraviada, confusa, piensa en los árboles, recuerda su manera de crecer. Recuerda que un árbol de gran copa y pocas raíces es derribado por la primera ráfaga de viento, en tanto que un árbol con muchas raíces y poca copa a duras penas deja circular su savia.  Raíces y copa han de tener la misma medida, has de estar en las cosas y sobre ellas: sólo así podrás ofrecer sombra y reparo, sólo así por allegar la estación apropiada podrás cubrirte de flores y de frutos.

Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve” pp.186-187

https://www.susannatamaro.it/l-autrice/

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RICCARDI, Andrea La Iglesia arde (La crisis del cristianismo hoy: entre la agonía y el resurgimiento), Arpa, Barcelona, 2022, 278 pp

Los incendios veraniegos de mi España se propagaban voraces y no había forma de apagarlos. Yo me encontraba leyendo el presente libro que también versa sobre el incendio presente de la Iglesia.

El autorizado historiador nos ahorra prólogos e introducciones y como periodista de guerra nos escribe desde las llamas y cenizas de la Catedral de Notre Dame de París, recreando el fuego de la noche del 15 de abril del 2019 que paralizó Francia y enmudeció a la humanidad.  Hasta los laicos y ateos franceses sienten un lazo con el que consideran símbolo nacional.

El singular suceso le sirve al autor para interrogar a sus lectores: “¿Está viviendo la Iglesia católica una de sus peores crisis a nivel mundial? ¿Se enfrenta realmente el cristianismo a un problema de vocación religiosa? ¿De qué manera nos afectaría su desaparición? ¿Cómo puede resurgir un clero envejecido, con una estructura masculina anclada en el pasado?”.

La interminable letanía de preguntas llega a inquietar incluso a quienes observan el cristianismo y la Iglesia católica desde el exterior, desde fuera. Para Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant ‘Egidio y prestigioso historiador del mundo contemporáneo y de las religiones, los incendios, los terremotos, las crisis no significan necesariamente final, sino una oportunidad para abrirse al futuro, para renacer, sabiendo que el gran riesgo consiste en contentarse con sobrevivir o en añorar un pasado que se cree mejor. Hoy, la Iglesia está llamada a una condición de lucha, esta vez no contra enemigos externos, sino contra la indiferencia y el descrédito.

La obra se articula en diez apartados: Una Iglesia que arde, la iglesia europea en apuros, ¿Nacionalcatolicismo o evangelización?, en el epicentro de la crisis, Juan Pablo II como ¿excepción o ilusión?, la gran crisis y el papa (Francisco) que viene de lejos (Argentina), la Italia de la COVID y la Iglesia den 2020, un mundo cristiano en transición, el mundo y los pueblos en movimiento, ¿hay futuro?

Como profesional de la historia, reivindica su importancia al calor de la reflexión del P. M.D. Chenu, profeta del Vaticano II, quien argumentaba que uno de los pri8ncipales méritos del concilio fue precisamente evidenciar la dimensión histórica de la Iglesia. De hecho, en la Gaudium et spes se afirma como “deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio”

Sorprende en el libro la lucidez sociológica, valiente y polémica, de Riccardi, sin miedo a señalar los pecados cometidos por la Iglesia en la segunda mitad del siglo pasado y en el primer cuarto del siglo XXI. El autor ofrece una minuciosa radiografía de la crisis del mundo cristiano y analiza con gran profundidad el debate y las distintas posibilidades sobre cómo salir de una situación que nos afecta, en mayor o menor medida, a todos, creyentes y no creyentes.

La lucha del presente no está contra enemigos de fuera sino de dentro, la indiferencia. Cita la expresión de Unamuno: “la respuesta al declive es aceptar la crisis y vivir dentro de ella, con la agonía de una vida que no renuncia”. Su lucha es vencer desde la gratuidad como se vive en el culto, particularmente en la Eucaristía. Citando al cardenal de Lima, Mons. Carlos Castillo: “El amor generoso es amor generador en virtud de la donación de uno mismo voluntaria, gratuita, segura y de por sí fecunda” p.251

 

Sobre datos contundentes del pasado y observaciones históricas precisas, el autor apela al poeta italiano David María Turoldo para proyectarnos hacia una visión que alza la mirada valiéndose de aspiraciones y esperanzas: “Vuélveme a la infancia, Señor, haz que vuelva a ser niño, al sabor auténtico de las cosas, al gusto del pan y del agua…Señor sálvame de la indiferencia, de este anonimato de hombre adulto, del mal que sufrimos sin ser conscientes…y que nos quita la poesía y la fe…Devuélvenos la capacidad de llorar y de alegrarnos, haz que el pueblo vuelva a cantar en tus iglesias” p.255

Termino con las sugestivas con las que termina el libro: “Un pueblo que vuelve a cantar en las iglesias y que en medio de la crisis encuentra la capacidad de alegrarse y de llorar ya no está en el cono de sombra del ocaso, sino que se despierta con la frágil luz del alba del día futuro. Quien cree sabe que la historia de los creyentes no es solo la suya, sino que está animada por el Espíritu. Y, además, ¡todo puede cambiar! La historia está llena de sorpresas, que son dones y, al mismo tiempo, logros humanos, fruto de las corrientes profundas que pueblan la historia de los pueblos y del mundo” p.255

 

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Celestino García Marcos, luchador por la libertad, hijo ilustre de Rollán

El pasado 15 de agosto, fiesta de Nuestra Señora, falleció en Madrid un destacado natural de Rollán, que en breve acogerá sus cenizas en el cementerio de la villa, tras una liturgia de despedida en la iglesia parroquial de san Lorenzo de Rollán.

Les comparto algunos datos biográficos brindados por su hermano Jesús María, así como el artículo de Fernando Vilches. También la relación de dos novelas publicada. Ojalá podamos más adelante elaborar una semblanza de su vida y de su obra, tal como se merece.

Desde estas líneas una oración por su eterno descanso y las condolencias para su familia

 

BIOGRAFÍA proporcionada por su hermano Jesús María

Celestino García Marcos, licenciado en Derecho, especializado en relaciones laborales y sociología industrial. Como funcionario de la Administración Pública ha desarrollado una amplia actividad en España y en distintos organismos internacionales; consejero de Asuntos Laborales y Sociales en la Embajada de España en Portugal. Su vocación política la ha volcado en el estudio y análisis de los movimientos sociales y acciones españolas y extranjeras han recogido sus intervenciones como director general de Fomento de la Economía Social. Una activa vida profesional, también en la empresa privada, que ha sido compatible con la escritura de novelas y artículos en diversas revistas.

 

Adiós a Celestino García Marcos, luchador por la libertad. Artículo publicado en La Razón (Madrid) (17 agosto 2026) Fernando Vilches

Hay años aciagos, como este de 2026, en los que se me van físicamente personas muy queridas. En espacios de tiempo escasos, ya he perdido este año a mi hermano del alma José Miguel Moreno Ochoa, a mi padre adoptivo Javier Calderón Fernández y, este sábado, a mi compañero y maestro en nuestras labores de consultoría política allá por los años 90, donde compartimos charlas, viajes, trabajo, y yo disfruté de su magisterio, que no solo era de conocimientos profesionales, políticos, económicos, sino también de enseñanzas para la vida, pues Celestino era, ante todo, un hombre cargado de espiritualidad, con una cabeza muy bien amueblada y una pluma fuera del alcance del común de los mortales.

 

Era una persona cuyos análisis de la realidad política de España en aquellos años era fruto de su experiencia anterior, en el franquismo, donde se jugó su libertad personal por creer en la libertad colectiva, entonces cercenada por una dictadura (devenida posteriormente en una dictablanda) que no permitía expresar las ideas de conciencia sin jugarte el tipo.

 

Trabajó por esos ideales sin cambiar nunca sus ideas democráticas por prebendas al uso, jamás presumió de esa lucha silenciosa y eficaz y dio ejemplo de coherencia, de austeridad en su forma de vida y de una bondad encomiable.

 

Las generaciones jóvenes no saben, a buen seguro, lo que personas como Celestino García Marcos hicieron en su momento para que ellas disfruten de la libertad que ahora tienen (bien es cierto que, amenazada en estos momentos por otra dictadura, la sanchista, muy parecida a la franquista).

Juntos iniciamos una aventura extraordinaria para facilitar la alternancia política que cerrara la Transición. Amparo, la fiel compañera que lo ha acompañado en la salud y en la enfermedad, su familia y sus amigos lo añoraremos de por vida.

https://www.pressreader.com/spain/la-razon-madrid/20260817/286130732828894?srsltid=AfmBOooYBWXIu5p7JjdGYUm8BWUW57rTp3ttQioD_4o2ir3gpJS9uz9I

 

OBRAS (novelas)

 

El nueve del tarot (Bubok, 2026, Madrid, 238 pp)

 

Finales del siglo XX. Un ejecutivo encuentra en extrañas circunstancias la carta del 9 del Tarot: el ermitaño. La búsqueda del significado de la lámina, se convierten una aventura personal en la que se entrecruzan sus amores, con la experiencia iniciática en un grupo autodenominado Orden del Temple, que sigue la tradición, y ante la entrada en Acuario, se transforma en una escuela para la enseñanza de poderes mágicos. El final de la búsqueda, se resume en la solución de dos grandes interrogantes: Dónde está la salvación al Final de los Tiempos: ¿en la venida de Cristo en gloria solar o en la venida de las naves espaciales de la Confederación Cósmica de los Mundos Civilizados Y, en su caso ¿quiénes serán los elegidos salvados por las naves espaciales de la Confederación

 

La palabra de la tierra: literatura y desarrollo sostenible (Morandi, Madrid, 2002, 48 pp)

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Comparto dos excelentes biografías acerca del familiar de santo Toribio Mogrovejo, quien nació en Castroverde Campos (Zamora) y rigió las diócesis de Arequipa y de Lima. La primera figura en la Sacristía de la Catedral de LIMA con el óleo de Matías Maestro, la segunda es la elaborada por Paulino Castañeda para la magna obra del Diccionario Histórico biográficos de la Real Academia de Historia de España: 

 

El Ylustrísimo Sr.D. PEDRO VILLAGÓMEZ. Sexto Arzobispo

Nació el Señor don Pedro Villagómez en Castroverde del Campo, en el obispado de León. Sobrino de Santo Toribio, comenzó sus estudios en Montilla, los continuó en Salamanca y los coronó con la borla de Doctor en Cánones en Sevilla. Fue allí canónigo por provisión de Paulo V.  Juez del Santo Oficio y Visitador de monjas.

Al tiempo que visitaba la Audiencia, Tribunales y Universidad de Lima, fue consagrado por el señor Arias Ugarte obispo de Arequipa donde entró en 1635. Acabó su templo, edificó sus casas episcopales, celebró un sínodo y visitó su diócesis.

Promovido a la metrópoli de Los Reyes, tomó posesión en 2 de mayo de 1645. Colocó en su catedral el fragmento de la Verdadera Cruz concedida a su antecesor urbano VIII. Promovió la fábrica de la Yglesia del Sagrario a imitación de la de Sevilla.

Fundó el Monasterio del Prado, en que gastó ciento veinte mil pesos. Principió y fomentó la fundación del Hospital de San Bartolomé para negros libres. Gastó más de veinte mil pesos en reedificar el Seminario y socorrer a sus alumnos. En su tiempo tuvo principio el Monasterio de Santa Catalina.

Publicó entre otras obras una docta pastoral contra la idolatría y treinta y dos sermones doctrinales en castellano, traducidos en el idioma general de los indios por su sabio arcediano, D. Fernando de Avendaño.

 Visitó la mayor parte de su diócesis, celebró la beatificación y canonización de Santa Rosa. Promovió la de su Santo tío y murió de 82 años en 12 de mayo de 1671. Gobernó cerca de 30 años. Yace en el Panteón. Su mayor elogio es haber sido muy digno de su ilustre tío.

 

Villagómez y Vivanco, Pedro de. Castroverde de Campos (Zamora), 8.X.1589 – Lima (Perú), 12.V.1671. Obispo de Arequipa y arzobispo de Lima. Caballero de la Orden de Calatrava. Canonista Consejero (Oidor) del Consejo Real y Supremo de las Indias. Escritor, Juez del Santo Oficio Obispo Visitador

Biografía. Sus padres, Francisco e Inés Corral de Quevedo, eran nobles. Doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Sevilla (1624), canónigo de su Metropolitana, juez del Santo Oficio y caballero de la Orden de Calatrava.

A finales de enero de 1631, el Consejo proponía nombres para el obispado de Arequipa; eran doce los designados. Pedro iba en segundo lugar, pero el Rey le nombró. El 12 de julio fue preconizado por Urbano VIII. El 27 de abril de 1632, electo de Arequipa, fue nombrado visitador de la Audiencia de Lima, por haber fallecido Gutiérrez Flores. Llegó a Lima el 20 de abril de 1633, y en noviembre fue consagrado por el arzobispo Arias Ugarte. Y comenzó la visita.

Arias Ugarte, en carta al Rey de 30 de abril de 1634, comunicando la consagración, dice del visitador: “procede en su visita con cuidado y prudencia”. Y esta pincelada: “Desde esta ciudad [Lima] ha compuesto las cosas de aquella iglesia [la de Arequipa] con mucha paz, y ansí goza de quietud”. Su cargo de visitador expiraba en abril de 1635, y el 9 de junio de 1635 salió para Arequipa, entrando, el 25 de julio de 1635. Al responder a las reales cédulas, iba tomando el pulso de la diócesis. Por ejemplo, la de 2 de marzo de 1634 que ordenaba que los misioneros enseñaran el castellano a los indios, y en esta lengua enseñaran la doctrina, para que así “se hagan más capaces en las materias de nuestra santa fe”.

Villagómez mandó averiguar si se cumplían las disposiciones del III Concilio Limense y las ordenanzas del virrey Toledo, y supo con pena —“con mucha lástima”— que en la mayor parte del obispado no se cumplía, y en el resto, “con mucha remisión”. Encargó a los doctrineros que cumplieran la Real orden, y mandó imprimir dos mil cuerpos de doctrina cristiana, con una breve y sustancial explicación.

A mediados de febrero de 1637, recibe otra Real Cédula —de 1636— para que los prelados no ordenen tantos clérigos, especialmente mestizo e ilegítimos y otros defectuosos. El 1 de abril de 1637 responde el prelado exponiendo su pensamiento sobre tema tan interesante. Reconoce que “algunos obispos de estas partes (que ya son difuntos), y mucho más los cabildos en sede vacante, han tenido mucha facilidad en ordenar y dar reverendas para órdenes”, unos, a título de lengua, interesante sin duda, pero como eran inútiles para las doctrinas, el título “venía a ser vago”; otros, a título de patrimonio —más fingido que real— y de capellanías tenues; otros, a título del colegio- seminario, que no tiene beneficios anejos en qué ocuparlos.

En cuanto a los mestizos, escribe tajante: “no he ordenado hasta agora a ninguno, aunque he sido importunado con grandes instancias por algunos dellos, y confío en Dios que me tendrá de su mano para que no admita a órdenes a semejante gente; ni a los que llaman cuarterones, que tienen alguno de sus abuelos indio”, porque son de ánimo envilecido, de costumbres ruines, y “naturalmente, crueles con los indios”. Tampoco piensa ordenar ilegítimos, aunque ha cedido en dos casos ya ordenados de misa, con reverendas de la sede vacante. También ha dispensado a expósitos, a dos “muy hábiles”, porque es de opinión que “los expósitos, cuyos padres se ignoran, se presume que son legítimos”.

A mediados de 1636, salió de visita pastoral hacia el Sur (Arica). Duró seis meses y llegó hasta el límite del territorio. Sin un día de descanso, aunque su salud quebrantada exigía “muchos para su reparo”. Al acabar, informa al Rey el 31 de marzo de 1637. Propone lo que se ha de hacer y corregir “cerca del alivio y buen tratamiento de los indios”. Denuncia un abuso importante, propio de una región vinícola: los corregidores concedían a los mercaderes un servicio de indios —treinta o cuarenta— percibiendo diez pesos por indio y viaje, y los indios sólo percibían dos reales diarios. Para el mejor funcionamiento del sistema, había tenientes de corregidor en Lacumba, Tacna, Azapa, Lluta y Paracapá, con sustanciosos ingresos; los viajes se repetían, y se alquilaban los mismos indios. Para atajar este abuso, propone el obispo que sean los caciques los que, libremente, den los indios a los mercaderes, recibiendo los 10 pesos como salario o si no, que pasen a la Caja Real. El Rey mandó despachar cédula al virrey: que ponga remedio a estos “excesos”, que estos indios se den sólo “en casos muy forzosos”, y ni los corregidores, ni sus tenientes, cobren los 10 pesos. En otra Cédula “muy apretada”, se apercibía al corregidor de Arequipa que de su transgresión, se le hará “grave cargo” en el juicio de residencia; y que el virrey vea si son a propósito las soluciones del obispo, “u otras que de allá se ofrezcan”.

Pondera los agravios que reciben los indios en los pueblos del corregimiento de Arica, donde el corregidor arrienda los tenientazgos a precios elevados, que han de salir del trabajo de los indios. Y el Rey ordenó que el virrey y la Audiencia reformasen este exceso, y castigasen a los corregidores, “sin decir quien dio este aviso”; y que la Cédula al virrey se escribiera en los libros del cabildo de Arica.

También los doctrineros abusaban: vejaban a los indios y se ausentaban del curato; peor aún, los doctrineros frailes, con sus tratos y granjerías. Villagómez castigó a los curas y denunció el abuso de los frailes. El Rey aprobó su conducta: que están bien los castigos y, si son pecuniarios, no se olvide aplicar algunas partes para las guerras contra los infieles. En cuanto a los frailes, se han dado cédulas para que puedan ser visitados y reformados in officio officiando, “y que esto se haga”.

Desde junio de 1637 hasta febrero de 1638, en otra visita, examinó la vida religioso-social de las provincias de Camaná y Caylloma hasta los Collaguas, que son más de trescientas leguas de temples opuestos, confirmando más de veinte mil personas. También en esta visita descubre y denuncia abusos; los corregidores no pagaban el tomín para hospitales, que estaban realmente “asolados” y los indios mal atendidos; y se incumplía el Patronato: en Caylloma se ha fundado un hospital sin licencia; los franciscanos, una hospedería; los dominicos, una doctrina de indios en una hacienda. Y el Rey, sensible a los derechos patronales, escribió: que el hospital y la hospedería no pasen adelante hasta tener licencia. Y, en cierto modo, recrimina la pasividad del obispo. Sin embargo, cuando denunció brotes idolátricos, y comunica que hizo derribar huacas, el Rey apostilló: “que ha parecido bien este cuidado, y lo continúe”.

Con la experiencia obtenida en las visitas, se aprestó a celebrar el sínodo diocesano; se abrió el 19 de diciembre de 1638, con la misa del Espíritu Santo en la iglesia matriz, las sesiones se celebraron en la iglesia de Santa Catalina, con asistencia de teólogos, juristas, párroco, doctrineros, y la representación del cabildo eclesiástico. Las Constituciones, redactadas con cuidado, no evitaron la protesta de los capitulares que apelaron a la Audiencia por vía de fuerza, aunque sin éxito. Hay que subrayar dos acuerdos: el primero, el de hacer un catecismo en lengua puquina, que se hablaba —con el quechua y el aymará— en la región de la actual provincia de Moquegua; y el segundo, el de crear escuelas en los poblados indígenas.

Recibió Villagómez otra Real Cédula del 17 de diciembre de 1634, sobre la visita y examen a los religiosos que tenían a su cargo doctrinas de indios, y aprovecha para informar de lo que pasaba en su diócesis para buscar el oportuno remedio de la mano de S. M., “porque otra cualquiera, para con los religiosos de este reino, la tengo por flaca”. El Rey exigía todo cuidado para que en el nombramiento de doctrineros no se defraudara al Patronato, pues tenía noticias fundadas de que había muchos doctrineros con solo el nombramiento del superior religioso. Villagómez, en su respuesta, se remitió a las Constituciones sinodales de 1638, que dicen: los obispos pueden visitar a los doctrineros frailes en lo tocante a su ministerio de curas —iglesias, sacramentos, crisma, cofradías...—, y no más. En lo tocante a excesos de vita et moribus, avisen al superior. En cuanto al examen, cualquier religioso que va a ocupar una doctrina, ha de ser examinado por el obispo y por el catedrático de lengua, sin que valga la excusa de que otros religiosos suplen por ellos, como ha sucedido muchas veces, pues se seguiría la curiosa situación de que quien tiene el título no tiene idoneidad, y quien la tiene carece de título. Una vez examinados y aprobados no lo serán de nuevo, a no ser que pasen a otra diócesis o a otra doctrina de idioma distinto. Advierten los padres sinodales que lo dicho, “demás de ser voluntad de S.M.”, es conforme a Trento, y a la Bula de Gregorio XV, de febrero de 1622. Tal fue la respuesta de Pedro Villagómez, ajustada en todo a las decisiones regias y a las disposiciones del derecho canónico. De ahí que el Rey pusiera al margen: “Que está bien lo que ha proveído en este particular”.

En 1640 visitó la diócesis durante seis meses; de regreso a Arequipa recibió el nombramiento para la Metropolitana de Lima. Tomó posesión el 22 de mayo de 1641. La experiencia adquirida en la difícil sede arequipeña le sería muy útil en su nuevo destino. Fueron treinta años largos de pontificado arzobispal. Comenzó con una visita a la catedral, que dejó abierta hasta el 25 de mayo de 1650; puntualiza las obligaciones capitulares, la liturgia que debía resplandecer en los actos de culto, la observancia de la consueta de Santo Toribio de Mogrovejo, su predecesor y pariente.

La experiencia le había enseñado que la idolatría solía renacer, y proyectó una visita general, larga y profunda. Antes publicó una Carta pastoral de instrucción y exhortación contra las idolatrías que, en opinión de los contemporáneos, fue “obra maestra en su género”; y el indigenista Hernando de Avendaño redactó un Sermonario en castellano y quechua. El arzobispo resume el estado de la idolatría y los métodos a seguir en la campaña, elige visitadores canónicamente facultados para proceder aún en el foro externo, y misioneros y sacerdotes para predicar y asistir en el fuero interno. Salieron el 19 de septiembre de 1649 y duró hasta 1658. Las dificultades fueron grandes y de todo tipo: geográficas, económicas, personales; los seculares a veces se ausentaban para opositar a curatos, los jesuitas recelaban del carácter judicial de los visitadores, pues los indios creían que los jueces procedían por informaciones habidas en la confesión. Los pocos informes que se conocen de esta campaña, señalan que había tres focos de idolatría: Chavín, Huancabamba y el oriente de Huanuco, es decir, zonas montañosas alejadas del contacto con los religiosos. Y hablaron de remedio: algunos, entre ellos Hernando de Avendaño, propusieron que el delito de idolatría pasara a la Inquisición, pero Villagómez y la mayoría de visitadores opinaban que lo más indicado era procurar y conseguir una sólida formación religiosa.

La archidiócesis, hacia 1660, tenía unas ciento ochenta parroquias y doctrinas y unos quinientos sacerdotes: trescientos en la capital y doscientos en el resto de su territorio. En general, bien preparados, aunque algunos vivían sin beneficio, pues ochenta doctrinas estaban regidas por religiosos. Las parroquias, desde 1609, se proveían por concurso y a perpetuidad, aunque haciendo constar en cada caso, ad nutum patronum. En el seminario diocesano había veinticuatro alumnos que seguían la carrera eclesiástica. Para su disciplina —y la del clero en general— dictó un reglamento (julio de 1647) tan riguroso en prohibiciones y penas, que fue reformado por la Audiencia; pero el prelado acudió a la Santa Sede.

En cuanto a religiosos, en 1657 había en la capital dieciséis conventos, y quince fuera de ella. Una Real Cédula de 1653 prohibía fundar nuevos monasterios sin licencia. Pero en 1661, el virrey conde de Santisteban, en carta al Rey aseguraba que sobraban frailes en los conventos y faltaban en las doctrinas. La intención del prelado era pasar las doctrinas al clero diocesano, pero pronto pudo comprobar que no era fácil la empresa: los jesuitas regentaban la doctrina de Chavín, desde hacía dieciocho años, con excelentes resultados; los indios “reducidos” en dos pueblos, podían ser atendidos fácilmente. Por eso, cuando el metropolitano pretendió secularizar la doctrina, tuvo sus diferencias; los jesuitas dimitieron y el prelado nombró un párroco secular, pero los indios protestaron ante su protector, que, dijo, nada podía hacer por ser orden del virrey y del arzobispo.

Aún era mayor el número de religiosas en la diócesis limeña: había ocho monasterios en la capital con 1258 religiosas, según nota enviada a Roma en 1669, más un número mayor de donadas, criadas y esclavas, lo que no favorecía en absoluto la vida regular; aunque, según el informe, en aquel momento no se notaban mayores quebrantos. Villagómez, que desde el principio entendió de estos monasterios femeninos en la visita canónica, limitó el número de religiosas, y puso cuidado en la administración de los bienes conventuales y en la regularidad de la vida.

En cuanto a su relación con los poderes civiles, hubo incidentes, claro, pero de menor cuantía. Un ejemplo, en una procesión con el Santísimo, el arzobispo sacó un quitasol, y el virrey Alba de Liste lo mandó retirar, porque ante el Santísimo no se usaba, y porque él no lo llevaba. Villagómez, naturalmente, accedió. Más serio fue cuando el alcalde ordinario limeño mandó extraer de un templo a un reo, violando la inmunidad local. El alcalde fue declarado incurso en censura, y la Audiencia declaró caso de fuerza. No cedió el arzobispo y recurrió al Rey. No se conoce el expediente que debe reposar en algún archivo.

El 15 de junio de 1688, Inocencio XI beatificaba en el Vaticano a Rosa de Santa María, primera beata hispanoamericana. El 14 de enero de 1670 llegó a Lima la Bula de beatificación, y cupo a Villagómez presidir las solemnes ceremonias que tendrían lugar el 29 de abril del mismo año. En solemne procesión, bajo palio, la Bula fue trasladada desde el convento de Santa Domingo hasta la catedral. El virrey conde de Lemos y el Metropolitano presidieron la ceremonia que se celebró en el convento dominicano. Se descubrió la imagen de la nueva beata, entre luces y músicas, ricamente ataviada, y con flores que ella misma había plantado. Al día siguiente celebró un solemne pontifical, con sermón del obispo de Paraguay. Ya por la tarde, se devolvió la imagen a la iglesia de los dominicos.

Al obispo Villagómez le iban pesando los años, y se pensó en un auxiliar; se nombraron sucesivamente tres: un dominico, el deán de la catedral limeña y un agustino; dos murieron las vísperas de ser consagrados, y el tercero fue trasladado antes de la consagración. Y Villagómez presentó la dimisión, cuando tenía ochenta años. Aún vivió dos años, pero la aceptación de la dimisión llegó después de su fallecimiento, que ocurrió el 12 de mayo de 1671. Murió pobre, siendo muy rico; había invertido sus rentas en los mendigos y en obras benéficas.

Obras

Carta pastoral de instrucción y exhortación contra las idolatrías, Lima, 1647.

Bibliografía

S. Martínez, La diócesis de Arequipa y sus obispos, Arequipa, Tipografía Cuadros, 1933

E. Lissón Chaves (dir.) y M. Ballesteros (colab.), La Iglesia de España en Perú: colección de documentos para la historia de la Iglesia en el Perú [...], Sevilla, Ed. Católica Española, 1943-1956

R. Vargas Ugarte, Historia de la Iglesia en el Perú, Burgos, Impr. de Aldecoa, 1959-1960

A. García y García, “Villagómez de Vivanco, Pedro”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. IV, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Enrique Flórez, 1975, pág. 2760

P. Castañeda Delgado“Un zamorano ilustre: D. Pedro de Villagómez, obispo de Arequipa”, en Jornadas sobre Zamora, su entorno y América (Zamora, 4-6 de abril de 1991) Zamora, 1992, págs. 271-299

“Curas, mestizos y otros ilegítimos en beneficios curados: un informe fiscal para Indias”, en Communio, XXXIV-2 (2001), págs. 579-595.

Autor: Paulino Castañeda Delgado https://historia-hispanica.rah.es/biografias/46156-pedro-de-villagomez-y-vivanco

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El Comité Pontificio de Ciencias Históricas fue fundado en 1954 por el Papa Pío XII, heredando la tradición de la Comisión Cardenalicia de Estudios Históricos establecida por el papa León XIII mediante la Carta Apostólica Saepenumero considerantes, del 18 de agosto de 1883.

La labor del Comité se ha caracterizado por su constante atención al patrimonio archivístico de la Iglesia, especialmente a los Archivos Vaticanos. Se han dirigido numerosos llamamientos a los papas para permitir a los investigadores un acceso mayor y mejor a las colecciones documentales custodiadas por la Santa Sede. El Comité está presidido por el padre jesuita Marek Inglot, y Pierantonio Piatti ejerce como secretario.

«Tampoco la historia desaparece. La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa. La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Si Dios ha querido entrar en la historia, la oración está tejida de recuerdos. No solo del recuerdo de la Palabra revelada, sino también de la propia vida, de la vida de los demás, de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia». Papa Francisco, Exhortatio Apostolica Gaudete et exultate (¶ 153).

Comité Pontificio de Ciencias Históricas

Presidente: Padre jesuita Marek Inglot, SJ

Secretario: Pierantonio Piatti

Miembros recientemente incorporados (13 de agosto de 2026):

  • Umberto Longo: Director del Instituto Histórico Italiano para la Edad Media de Roma, Italia.
  • Francesco Cesareo: Presidente emérito de la Assumption University de Worcester, Estados Unidos.
  • Anna Barańska: Profesora asociada de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica Juan Pablo II de Lublin, Polonia.

El equipo de dirección y asesoría del Comité en Ciudad del Vaticano está compuesto por:

  • Asesores
    • Monseñor Sergio Pagano, B. (Exprefecto del Archivo Apostólico Vaticano).
    • Monseñor Enrico dal Covolo, S.D.B. (Rector emérito de la Universidad Pontificia Lateranense).
  • Delegado: Monseñor Carlos Alberto de Pinho Moreira Azevedo.
  • Presidentes Eméritos:
    • Cardenal Walter Brandmüller.
    • Padre Bernard Ardura, O. Praem.
  • Secretario Emérito: Luigi Michele de Palma.

Miembros Históricos Destacados

  • Hubert Jedin: Historiador alemán, considerado el gran experto mundial en la historia del Concilio de Trento.
  • Henri-Irénée Marrou: Destacado historiador francés especializado en el cristianismo primitivo y la educación en la antigüedad.
  • Giulio Battelli: Archivero, paleógrafo y erudito italiano de enorme influencia en la documentación vaticana.
  • Miguel Batllori, SJ: Historiador y jesuita español, galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas.
  • Angelo Mercati: Erudito italiano y prefecto del Archivo Secreto Vaticano a mediados del siglo XX.
  • David Knowles: Monje benedictino e historiador británico, gran autoridad en la historia monástica medieval.

Requisitos para formar parte del Comité

Los miembros no se postulan de manera voluntaria, sino que son nombrados directamente por el Papa bajo criterios estrictamente profesionales y de confianza institucional. Las condiciones implícitas para ser tomado en consideración incluyen:

1.     Excelencia Académica: Poseer un doctorado, cátedras activas o direcciones en universidades pontificias, católicas o prestigiosas instituciones civiles internacionales.

2.     Especialización Clave: Contar con una trayectoria científica intachable en la investigación archivística, paleografía, arqueología cristiana o historia eclesiástica general.

3.     Diversidad Internacional: El Vaticano busca mantener la pluralidad geográfica (historiadores de América, Europa, Asia, etc.) para enriquecer los enfoques historiográficos globales.

4.     Respeto Institucional: Capacidad demostrada para trabajar de cerca con el patrimonio documental confidencial de la Santa Sede, como el Archivo Apostólico Vaticano]

 

MIEMBROS POR ORDEN ALFABÉTICO

1.     Andreas Sohn

2.     Antal Molnár

3.     Anton M. Pazos

4.     Augustin Laffay

5.     Benedict Kanakappally

6.     Bernard Dompnier

7.     Carlos Alberto de Pinho Moreira Azevedo

8.     Carlos Salinas Araneda

9.     César Izquierdo Urbina

10.  Christine Maria Grafinger

11.  Claude Prudhomme

12.  David D’Avray

13.  Elisabeth Kieven

14.  Emilia Hrabovec

15.  Emilio Marin

16.  Francesco Cesareo Anna Barańska

17.  Francis Thonippara

18.  Gaetano Lettieri

19.  Gianni La Bella

20.  Gianpaolo Romanato

21.  Giovanni Maria Vian

22.  Henrique Leitão

23.  Johannes Helmrath

24.  Mauro Mantovani

25.  Nicoletta Vittoria Spezzati

26.  Paul Mattei

27.  Philippe Chenaux

28.  Rocco Ronzani

29.  Sergio Pagano

30.  Umberto Longo

 

Un buen amigo es el profesor Carlos Salinas Araneda, con 30 años en el organismo,  Abogado y Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad Católica de Valparaíso. Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, Licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca y Doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Santo Tomás, Angelicum, in Urbe, de Roma. Actualmente es profesor de Historia del Derecho y Derecho Canónico de nuestra Universidad y Editor en Jefe de la Revista de Estudios Histórico-Jurídicos. https://www.pucv.cl/pucv/noticias/destacadas/papa-francisco-ratifica-a-profesor-carlos-salinas-como-miembro-del

 

CORRESPONDIENTES

1.     Christian Sorrel

2.     Danilo Ceccarelli Morolli

3.     Emmanuel Tawil

4.     Jean-Paul Messina

5.     Katrin Boeckh

6.     Kenneth Pennington

7.     Kiril Plamen Kartaloff

8.     Marc Agostino

9.     Matteo Nacci

10.  Paul F. Grendler

11.  Paul Gundani

12.  Rita Tolomeo

13.  Sunny Maniakkunnel  

14.  Tricia T. Pyne

Documenti

DISCORSO DEL SANTO PADRE IN OCCASIONE DELL'UDIENZA PER IL 70° ANNIVERSARIO DEL PONTIFICIO COMITATO DI SCIENZE STORICHE (25 APRILE 2024)

DISCORSO DEL SANTO PADRE IN OCCASIONE DELL'UDIENZA PER L'ADUNANZA PLENARIA DEL PONTIFICIO COMITATO DI SCIENZE STORICHE (28 MAGGIO 2022)

DISCORSO DEL SANTO PADRE IN OCCASIONE DELL'UDIENZA PER IL  60° ANNIVERSARIO DEL PONTIFICIO COMITATO DI SCIENZE STORICHE (12 APRILE 2014)

UDIENZA SANTO PADRE 7 MARZO 2008

UDIENZA SANTO PADRE 16 APRILE 2004

Proyectos de Investigación y Alianzas Actuales

El Comité opera bajo una intensa agenda de cooperación científica orientada a la edición de textos medievales y la revisión historiográfica:

·        Estudio del Concilio de Nicea: El Comité ha coordinado importantes sesiones científicas y congresos internacionales enfocados en el Concilio de Nicea (del año 325) con un fuerte enfoque en el diálogo ecuménico.

·        Alianza con el ISIME: Ha firmado un acuerdo de colaboración con el Instituto Histórico Italiano para el Medio Antiguo (ISIME) —cuyo director, Umberto Longo, acaba de ser incorporado como miembro— para el desarrollo y edición filológica de textos del medievo cristiano, latinos y romances.

·        Convenio con la Fundación Juan Pablo I: El Comité mantiene un plan de trabajo junto a la Fondazione Vaticana Giovanni Paolo I para la promoción, publicación y profundización científica en torno a los documentos del breve pontificado de Albino Luciani.

·        Revisión del Anuario Pontificio: Colabora activamente en la depuración crítica de los datos y las cronologías de los papas presentes anualmente en el directorio de la Iglesia.

·        Publicaciones e Inquisición: A través de su colección editada con la Libreria Editrice Vaticana, el Comité impulsa investigaciones monográficas permanentes, incluyendo estudios avanzados sobre la Inquisición Romana.

PUBLICACIONES

74. L’Inquisizione Romana. Nuove ricerche, nuove prospettive. Studi per Agostino Borromeo, a cura di Patrick Descourtieux – Marek Inglot, 2025.

  73. Antal Molnár (ed.), Catholic Confessionalization in Moldavia at the Border between East and West. The Synod of Cotnari (Moldavia) and the Speculum Ordinis of Bartolomeo Bassetti OFMConv (1642), 2024.

 72. Philippe Roy-Lysencourt (dir.), Dictionnaire biographique des évêques de Québec, 2024.

 71. Atti e Documenti I-LXX. Indice sistematico e analitico, a cura di Marek Inglot – Pierantonio Piatti, 2025.

70. Massimo Bergonzini, Agostinho Barbosa. L’attività spirituale del giurista e sacerdote portoghese nella Villa e Corte di Madrid, 2024.

69. Storia del Cristianesimo in Umbria, a cura di Andrea Maiarelli – Pierantonio Piatti – Andrea Possieri, 2 voll., 2024.

 68. Inchiesta sulla storia dei primi secoli della Chiesa, a cura di Enrico dal Covolo – Maxime K. Yevadian, 2024.

67. I Canonici Regolari dal Medioevo ai nostri giorni, a cura di Bernard Ardura – Gert Melville, 2023.

66. Libellus quasi speculum. Studi offerti a Bernard Ardura, a cura di Pierantonio Piatti, 2 voll., 2022.

65. Diplomazia, Religione, Nazioni. La missione di pace delle Chiese cristiane nel XX secolo, a cura di Matteo Luigi Napolitano, 2023.

64. Un Concilio di oggi. Memoria, recezione e presente del Concilio di Firenze (1439-2019), a cura di Riccardo Burigana – Pierantonio Piatti, 2022.

63. La Breccia di Porta Pia. Raccolta di Studi nel 150° anniversario (1870-2020), a cura di Francesco Anghelone, Pierantonio Piatti, Emilio Tirone, 2022.

62. La Santa delle due città. Colomba tra Rieti e Perugia nel contesto europeo, a cura di Giovanna Casagrande - Maria Luisa Cianini Pierotti - Amilcare conti - Pierantonio Piatti, 2 voll. 2022.

61. La Visita Apostolica di Giovan Battista Castelli alla Propositura di Pescia (1575-1576), a cura di Manuel Rossi, 2021.

60. Pagani e Cristiani. Conflitto, confronto, dialogo. Le trasformazioni  di un modello storiografico, a cura di Enrico dal Covolo, Giulia Sfameni Gasparro, 2021.

59. The Trial of Cardinal József Mindszenty from the Perspective of Seventy Years: The Fate of Church Leaders in Central and Eastern Europe, edited by András Fejérdy – Bernadett Wirthné Diera, 2021.

58. L'Ostpolitik Vaticana. L'Unione Sovietica e la Chiesa ortodossa Russa (1945-1978), a cura di Johan  Ickx, 2021.

57. Identità Europea e Radici Cristiane. Atti del Convegno Internazionale di Studio. Veliko Tarnovo, 26 maggio 2018, a cura di Kiril Plamen Kartaloff, 2021.

56. Europa Cristiana ed Impero Ottomano. Momenti e problematiche, a cura di Agostino Borromeo, Pierantonio Piatti, Hans Ernst Weidinger, 2020.

  55. Santa Sede e Cattolici nel mondo postbellico 1918-1922, Raccolta di Studi nel centenario della conclusione della Prima Guerra Mondiale, a cura di Marc Agostino, 2020.

 54. «Che cos’è stato il 1968? Una lettura 50 anni dopo»/«Qué fue el 1968? Una lectura medio siglo después», a cura di Bernard Ardura – Armand Puig I Tarrech, 2020.

53. Peter Slepčan – Róbert Letz, Una voce in difesa. Episcopato slovacco e diplomazia pontificia contro lo sterminio nazista, 2019.

 52. Sistematica e tecnica nelle codificazioni canoniche del XX secolo, Atti del Convegno di Studi (Facoltà di Diritto Canonico “San Pio X” di Venezia, 5-6 maggio 2017), a cura di Giuliano Brugnotto, 2021.

 

 51. Lutero 500 anni dopo. Una rilettura della Riforma luterana nel suo contesto storico ed ecclesiale, a cura di Gert Melville - Joseph-Ignazi Saranyana-Closa, 2019.

 

 50. Discernimento vocazionale e idoneità al presbiterato nella tradizione canonica latina, a cura di Nicolás. álvarez de las Asturias – Giuliano Brugnotto – Simona Paolini, 2018.

 49. Chiesa del silenzio e diplomazia pontificia 1945-1965, a cura di Emilia Hrabovec – Giuliano Brugnotto, 49. Chiesa del silenzio e diplomazia pontificia 1945-1965, a cura di Emilia Hrabovec – Giuliano Brugnotto – Peter Jurčaga, 2018.

 48. Alla ricerca di soluzioni. Nuova luce sul Concilio Lateranense V. Studi per i 500 anni del Concilio, a cura di Nelson H. Minnich, 2018.

47. Nunzio in una terra di Frontiera. Achille Ratti, poi Pio XI, in Polonia (1918-1921), a cura di Quirino Alessandro Bortolato e Mirosław Lenart, 2017. 

46. Il Concilio Vaticano II e i suoi protagonisti alla luce degli archivi, a cura di Philippe Chenaux e di Kiril Plamen Kartaloff

45. Rapporti diplomatici tra la Santa Sede e l’Ungheria. 1920-2015, a cura di András Fejérdy, 2016.

44. «Inutile strage». I cattolici e la Santa Sede nella Prima guerra mondiale. Raccolta di Studi in occasione del Centenario dello scoppio della Prima guerra mondiale, a cura di Lorenzo Botrugno, 2016.

43. Riforma del cattolicesimo? Le attività e le scelte di Pio X, a cura di Giuliano Brugnotto e Gianpaolo Romanato, 2015.

42. Onorato Bucci, Le origini e lo sviluppo della famiglia e del matrimonio fra matrilinearità e patrilinearità, 2015.

41. San Pio X. Papa riformatore di fronte alle sfide del nuovo secolo. Atti della Giornata di Studi in occasione del centenario della morte di San Pio X (1914–2014), Città del Vaticano, 12 giugno 2014, a cura di Roberto Regoli, 2015.

40. I santi Cirillo e Metodio e la loro eredità religiosa e culturale, ponte tra Oriente e Occidente. Raccolta di studi in occasione del 1150° anniversario della missione dei santi Cirillo e Metodio nella Grande Moravia (863-2013), a cura di Emilia Hrabovec – Pierantonio Piatti – Rita Tolomeo, 2015.

39. Mario Sensi, S. Maria di Betlem. Monastero di Contemplative Agostiniane custodi del santuario diocesano ‘Madre del Buon Consiglio’ a Foligno, 2015.

Este Comité Pontificio de Ciencias Históricas fue establecido formalmente el 7 de abril de 1954 por decisión expresa de Pío XII, si bien su historia como organismo de la Santa Sede es anterior a dicho acontecimiento.

En el ámbito eclesiástico, el Comité heredó un prestigioso legado de la Comisión Cardenalicia de Estudios Históricos —organismo creado por León XIII (mediante la carta apostólica *Saepenumero considerantes* del 18 de agosto de 1883)— con el fin de impulsar en la práctica, y bajo un espíritu católico, la renovación de la investigación histórica, especialmente tras la apertura de los Archivos Secretos Vaticanos a los estudiosos entre 1879 y 1880.

La propuesta de que la Ciudad del Vaticano se adhiriera al *Comité International des Sciences Historiques* (CISH) se remonta a 1937; fue planteada por el secretario Michel Lhéritier al cardenal Eugenio Tisserant, quien logró la aprobación de Pío XI para que la Santa Sede estuviera representada en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas de Zúrich (1938) y para que la Ciudad del Vaticano se incorporara al CISH.

No obstante, estos nuevos vínculos se debilitaron a causa de la guerra, que ralentizó considerablemente las iniciativas del CISH, aunque no llegaron a desaparecer por completo. Por el contrario, cobraron nuevo impulso en 1948 con la reanudación de las actividades del Comité, proceso que culminó en el Congreso Internacional de Roma de 1955, momento en que el papa Pío XII formalizó la adhesión de la Santa Sede al CISH, con la participación del recién creado Comité Pontificio de Ciencias Históricas en los trabajos del mismo. Pío XII había nombrado presidente a Pio Paschini. Michele Maccarrone ejerció como secretario y el Papa designó también como miembros a varios profesores de universidades pontificias y directores de importantes instituciones culturales: Angelo Mercati, Pietro Salmon, Lucien De Bruyne, Ferdinando Antonelli, Pedro de Leturia, Antonio Casamassa y Thomas Kappeli. De este modo, el naciente Comité mantuvo una continuidad ideal con los principios rectores que habían marcado la labor inicial de la Comisión Cardenalicia; sin embargo, operaba bajo una perspectiva radicalmente transformada por los avances de la historiografía en el ínterin, progresos que exigían una renovación igualmente profunda en el campo de la historia eclesiástica. Esta renovación fue, además, respaldada por el propio Pontífice, quien, en su discurso a los participantes del Congreso de Roma del 7 de septiembre de 1955, marcó un distanciamiento de las polémicas y la apologética del siglo XIX en favor de una aceptación sin reservas de la crítica histórica.

 

Desde entonces, la colaboración de la Santa Sede con las actividades e iniciativas del CISH ha sido ininterrumpida y —por consenso general— constantemente fructífera y eficaz para alcanzar sus objetivos institucionales. Desde su creación, el Pontificio Comité de Ciencias Históricas ha desempeñado también las funciones y el papel de subcomisión de la Santa Sede dentro de la *Commission Internationale d’Histoire Ecclésiastique Comparée* (CIHEC).

A lo largo de los sesenta años de historia del Comité, destacadas figuras del ámbito de las ciencias históricas eclesiásticas han ocupado su presidencia: Pio Paschini (1954–1962), Michele Maccarrone (1963–1989), Victor Saxer (1989–1998), Walter Brandmüller (1998–2009) y Bernard Ardura (2009). Asimismo, una sucesión de secretarios ha prestado servicio en el Comité: Michele Maccarrone (1954–1963), José Ruysschaert (1963–1973), Pietro Amato Frutaz (1973–1980), Raffaele Farina (1981–1989), Vittorino Grossi (1989–2002), Cosimo Semeraro (2002–2013) y Luigi Michele de Palma (2013). Hasta la fecha, ha contado con aproximadamente noventa miembros, seleccionados por su experiencia especializada y procedentes de numerosas universidades pontificias, eclesiásticas, católicas y laicas de diversos continentes (entre los ejemplos más notables figuran Hubert Jedin, Henri-Irénée Marrou, Giulio Battelli, Miguel Batllori, Angelo Mercati, David Knowles, Piero Zerli, Pierre Blet, Giacomo Martina, Vittorio Peri, André Vauchez y Mario Sensi).

Las actividades del Comité han sido diversas y han evolucionado a lo largo de las décadas. Innumerables iniciativas han marcado su medio siglo de servicio a la investigación histórica: junto a su labor administrativa —que incluye funciones de asesoramiento y la colaboración con diversos organismos de la Santa Sede—, los esfuerzos del Comité se caracterizan por un interés constante en el patrimonio archivístico eclesiástico, y en particular en los archivos vaticanos. Se han dirigido numerosas peticiones a los Pontífices (Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI) con el fin de facilitar a los investigadores un acceso más amplio y mejor a los fondos documentales que custodia la Santa Sede.

La contribución del Comité se ha extendido también a la cooperación con otras entidades e instituciones, tanto eclesiásticas como no eclesiásticas, especialmente en el ámbito internacional. Entre los ejemplos cabe citar no solo la organización de cursos de formación para profesores de historia eclesiástica en seminarios italianos y la revisión de datos históricos para el *Annuario Pontificio* (listas de Sumos Pontífices, sedes episcopales residenciales y titulares), el *Martirologio* y diversos documentos conciliares y textos del magisterio pontificio, sino también la colaboración en iniciativas científicas transnacionales (como las realizadas con la UNESCO), la actualización de libros de texto de historia y la planificación y ejecución de diversos congresos históricos internacionales.

El propio Comité ha promovido numerosos congresos, conferencias, coloquios, simposios y reuniones de estudio; sus aportaciones historiográficas son evidentes y han sido publicadas en la serie «Atti e documenti» (Actas y documentos) editada por la *Libreria Editrice Vaticana* (Editorial Vaticana).

 

Statuto del Comitato

Si bien es fácil comprender la importancia de la presencia del Comité en la comunidad internacional de estudios históricos —así como el apoyo que ha brindado para conectar e intercambiar conocimientos y recursos entre academias, institutos culturales y diversos centros de investigación católicos, ayudando así a que los estudios de historia eclesiástica se afiancen en el ámbito académico mundial—, resulta también esencial destacar el impulso que ha dado al diálogo ecuménico. Sus iniciativas han fomentado a menudo encuentros serenos y respetuosos entre católicos, cristianos ortodoxos y protestantes, todos ellos unidos en la búsqueda de la verdad histórica y conscientes de que esta forma de comunión académica alentaría y contribuiría al camino hacia la unidad.

Por último, el Comité apoya y promueve el estudio de las humanidades —en particular de las lenguas clásicas (latín y griego), dada su necesidad para la investigación histórica— mediante diversos medios educativos, como estancias de estudio y concursos; asimismo, sigue con comprensible dedicación e interés el ámbito de los libros de texto de historia.

Estatutos del Comité

PARA CONSULTAR LOS ESTATUTOS DEL COMITÉ PONTIFICIO DE CIENCIAS HISTÓRICAS, HAGA CLIC EN ESTE ENLACE https://www.historia.va/content/scienzestoriche/it/struttura-del-comitato/profilo-storico.html

 

 

 

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