De Connecticut a Chiclayo: El Legado inquebrantable de Monseñor Juan Tomis Stack
El Obispo de Chiclayo, Mons. Edinson Farfán Córdova, anunció formalmente el inicio del proceso de beatificación y canonización de Monseñor Juan Tomis Stack, el emblemático misionero estadounidense que transformó el norte del Perú. Nacido en Bridgeport, Connecticut, el 23 de noviembre de 1925, el "Padre Juan" abandonó la comodidad de su país natal para convertirse en el "Monseñor de los pobres" en Lambayeque, aplicando siempre el lema institucional: "Si no vives para servir, no sirves para vivir".
El Llamado de un Joven Scout
Desde su infancia en los Estados Unidos, Juan Edmundo Tomis Stack demostró una profunda inclinación hacia el servicio social. Su participación en el Movimiento Scout forjó en él un carácter resiliente y una vocación de entrega que lo llevaría a ordenarse como sacerdote el 18 de mayo de 1950. Tras servir durante trece años en la diócesis de su natal Bridgeport, sintió la imperiosa necesidad de trabajar en los territorios más necesitados de Sudamérica.
Destino: El Norte del Perú
El Papa Juan XXIII solicita a los Obispos del mundo su colaboración para que se envíen sacerdotes a América del Sur y es así como el 17 de junio de 1963,
Monseñor Walter Curtis Obispo de la Diócesis de Bridgeport, Connecticut envía al Padre Juan Tomis a la Parroquia La Inmaculada de la Provincia de Santa Cruz, Cajamarca, donde estuvo 5 años hasta el momento que Monseñor Luis Sánchez Moreno-Lira le encarga fundar una nueva Parroquia en Chiclayo, la que nace con el nombre de un gran Santo “San Juan Maria Vianney”; Santo al que el Padre Juan trató de imitar siempre, y de esa manera comienza su trabajo pastoral en Octubre de 1967.
Su llegada coincidió con una época de profundos cambios demográficos y carencias sociales en la región. Sin dominar completamente el idioma, pero armado con una empatía inquebrantable, rápidamente se ganó el respeto local utilizando lo que sus biógrafos denominan el lenguaje "de corazón a corazón". Para él, no existían barreras ideológicas ni distinciones de clases sociales.
El Corazón de Chiclayo: San Juan María Vianney
Su obra cumbre a nivel pastoral comenzó en 1967, cuando asumió el reto de ser el párroco fundador de la Parroquia San Juan María Vianney de Chiclayo. En este sector, lideró la construcción de un complejo que incluyó:
- Un imponente salón parroquial para asambleas comunitarias.
- Una capilla central y casa parroquial.
- Complejos deportivos destinados a alejar a la juventud de los vicios.
- Cinco capillas periféricas distribuidas en sectores vulnerables.
Educación y entrega a los más Vulnerables
Monseñor Tomis Stack solía llamar a los pobladores de las zonas periféricas más necesitadas sus "Cristos de los pueblos jóvenes". Su impacto social se consolidó formalmente el 19 de abril de 1974 con la fundación de la Institución Educativa N° 10042 Monseñor Juan Tomis Stack, ubicada en el Pueblo Joven Túpac Amaru. Este colegio nació para dar educación de calidad a una población escolar en constante abandono estatal y hoy en día atiende los tres niveles básicos de estudio.
Un adiós que se convirtió en inmortalidad
El 29 de junio de 1986, a la edad de 60 años, Monseñor Juan Tomis Stack falleció en Lambayeque. Los titulares de los periódicos de la época reflejaron la orfandad en la que quedaba la feligresía chiclayana con frases como "Vivió imitando a Cristo" o "Chiclayo de duelo". Por decisión eclesiástica, sus restos descansan en su amada Parroquia San Juan María Vianney, junto al monumento del Santo Cura de Ars.
Actualidad: Hacia la beatificación oficial
El legado del Padre Juan está más vivo que nunca en la era digital:
- Proceso Canónico: La causa de su beatificación ya está formalmente en marcha con el respaldo de la Diócesis de Chiclayo.
- Difusión Cultural: Se presentó el libro biográfico "Bridgeport a Perú", escrito originalmente por Mons. Stephen M. DiGiovanni, impulsado por el comité de "Amigos del Padre Juan Tomis".
- Homenaje Público: En el marco de su centenario, la Municipalidad de Chiclayo concretó la instalación de un busto conmemorativo en la avenida que lleva legítimamente su nombre.
Monseñor Juan Tomis Stack demostró que la verdadera santidad no requiere de discursos ostentosos, sino de un par de manos dispuestas a construir comunidad allí donde el desierto y la pobreza parecen ganarle el paso a la esperanza.

DEL HISTÓRICO ENCUENTRO DE FELIPE II Y DON JUAN DE AUSTRIA (JEROMÍN) EN LOS TOROZOS a la PEREGRINACIÓN DE LOS MILITANTES DE SANTA MARÍA EL 5 DE AGOSTO
José Antonio Benito
En el marco de las convivencias de militantes de santa María en Villagarcía de Campos, el día festivo de Nuestra Señora de las Nieves, 5 de agosto, peregrinábamos, antes del amanecer, hacia el Monte Torozos para ver salir el sol. Con el rosario en la mano, el avemaría en los labios y santa María en el corazón, caminábamos esperanzados conscientes de ser protagonistas del recuerdo histórico del encuentro del rey Felipe II y su hermano don Juan de Austria, al tiempo que soñábamos con un compromiso misionero de llevar el Evangelio a la juventud de España, América y el mundo.
Han pasado unos 40 años y por la gracia de Dios he podido volver a gozar de ese amanecer hoy 5 de agosto del 2026 en el que el sol -a pesar de pronósticos nubosos- lució radiante abrazando la meseta castellana. Lleno de gratitud, comparto el entrañable texto de Abelardo del 5 de agosto de 1987 junto con el del P. Coloma en su novela histórica “Jeromín”.
La ilustración corresponde a un cuadro reciente expuesto en la Colegiata de Villagarcía
“POR CAMINOS DE CASTILLA, ILUSIÓN DE JUVENTUD, CON EL ALMA INFLAMADA, LOS HERALDOS DE LA CRUZ”
“Por caminos de Castilla, ilusión de juventud, con el alma inflamada, los heraldos de la Cruz”. Así venimos en este amanecer de la fiesta de Santa María de las Nieves a orar en esta altura, a pedirle a Jesús sus ojos para contemplar y su corazón para amar.
Ahora cuando nos dispersemos y nos separemos unos de otros en ¡qué magnifica situación estamos para identificar nuestros sentimientos con los sentimientos del Corazón de Jesús!, ¡cuántas veces a estas horas, como hemos salido nosotros en la noche, saldría de Nazaret!, subiría las laderas de aquel altozano, que como nos dicen los evangelios, quisieron después despeñarle y sus ojos contemplarían algo semejante, horizontes dilatados que Él traspasaba hasta los últimos confines de la tierra.
Iniciaría su oración, en pie, a la forma de los judíos, levantaría los brazos al Padre para suplicar por la humanidad y acabaría postrándose de rodillas y finalmente echado sobre la tierra, frente pegada al suelo, brazos abiertos en cruz formando con su propio cuerpo una cruz gigante que, en su deseo iba abrazando toda la redondez de la tierra, todos los hombres, todas y cada una de las generaciones. Luego diría: “¡Cuántas veces he querido cobijarte como la gallina a los polluelos y no has querido!”
Y, en esta mañana, nuestra oración tiene que ser así. Ahora, cuando nos dispersemos, contemplando estos horizontes dilatados, pero perdiéndonos aún más lejos, sintiendo como un repiqueteo en nuestros entendimientos y en nuestro corazón la voz del representante del Papa: “Diga a esos jóvenes que se apresuren”. Apresuraos, dejad a Dios que haga. Id a su paso, pero abrid el corazón de par en par. Apresuraros a la santidad.
Ahora Cristo nos dice: “¡Apresuraos muchachos, no temáis mi rebañito pequeño! Yo os quiero, soy yo el que os he escogido, yo el que te subo en esta mañana aquí. Yo el que te digo: Mira con mis ojos. Descubre más allá de todo esto. Busca lo que no se acaba.
El rey Jerjes contemplaba un día desde una altitud semejante a esta a todo su pueblo reunido, todos sus ejércitos. Aquellos pueblos y ejércitos poderosos, multitudes ingentes. Ese rey, de espíritu combativo, que en una ocasión al ir a combatir contra un ejército más poderoso que el suyo; el rey de los persas le dijo: “¿Jerjes, piensas lo que haces? Mi ejército es tal que las flechas van a nublar el sol”. Y Jerjes dijo: “Mejor, pelearemos a la sombra”. Aquel espíritu aguerrido contemplaba desde una altitud todos sus ejércitos, todas sus gentes, todos sus pueblos y se echó a llorar como un niño. Y cuando le preguntaron: “¿Por qué lloras, oh, rey?” Y respondió: “Porque se dice que soy rey de todas estas multitudes, de estos pueblos y soy un rey de polvo, estoy viendo pasar los años y todos estos que están aquí bajo…
Escucha lo que san Ignacio nos dice en la meditación del Rey eternal: “El que quiera venir conmigo ha de trabajar conmigo porque siguiéndome en la pena me seguirá en la gloria”.
Y otro día también te subirá a un alto y entonces dirá en una asamblea universal delante de todos los hombres: Ven, Bendito de mi Padre, apresúrate. A qué me llamas, Señor Ven, a tomar posesión de mí, el sumo bien, tu Dios, lo que no se acaba, lo que no se termina, a lo que aspiraba tu corazón y te viniste detrás de mí. Me seguiste en las penas y en los trabajos, ven ahora a triunfar de la gloria.
Santa María de las Nieves en tu año santo contemplando esos sagrarios que tenemos ahí delante, nuestras hermanas carmelitas que pronto tocarán sus campanadas de oración alegre desde un rinconcito de la tierra. Ellas sí que están en la más grande empresa.
Contempla, escucha desde aquí, ¿cuántas veces subirían unos ojos como los tuyos de un muchacho como tú, más adelante Juan de Austria, se subiría aquí haciendo el mismo camino que hemos hecho nosotros. Contemplaría esto, el martillar de su corazón y de su entendimiento sería las noticias que se recibían, España estaba a punto de caer en poder del turco. Barba Roja se apoderaba del Mediterráneo y aquel joven de catorce años desde aquí soñaba con grandes empresas por los reinos de Cristo, por la defensa fe, a los veinte años fue nombrado Capitán General de toda la Armada Española. Y un día podría combatir por la empresa en que había soñado luchar y ser el vencedor de Lepanto.
Tú tienes cada día que hacer una lucha, una batalla, tu Lepanto, en oculto, en escondido, como esas monjas que ahora ya están tocando su campana. El viento no nos la deja escuchar con nitidez. Campanas que tocan a rebato de fuego en el corazón, que llaman a levantarte a las alturas a subir con Cristo, a contemplar las alturas, a ver esa juventud que se hacina por las calles, que se tumba por las aceras, que quiere calmar la sed con un poco de alcohol o con un polvo de droga o con un pinchazo que le quita la vida, se empequeñece…
Pero ¿es que no va a haber aquí corazones que se agiganten, pierdan el miedo? Si no eres tú, sino el que te llama el que quiere batallar por ti, en ti, contigo, pero te necesita. Dilata tu corazón en esta mañana, aíslate ahora en este rato de oración, busca un sitio cobijado donde el viento y el frío no te estorben. Y no digas nada más que: “¡Madre, te quiero, me ofrezco, ayúdame! ¡Jesús: Toma mis manos, toma mi vida, toma mi corazón, si es todo tuyo. ¿Por qué existo sino porque Tú soñaste conmigo en la eternidad! ¿Para qué me creaste, para qué este cúmulo de gracias? ¿Para qué me has traído aquí a la milicia o a la Cruzada de tu Madre sino para ser Santo?
¡Quiero, me ofrezco, ayúdame, me siento incapaz! Por eso me buscas porque si fuera capaz de algo me dejarías. La gloria resplandecerá solamente tuya.
¡Corazón de Jesús en ti confío porque creo en tu amor para conmigo! Y Él te dice a ti: En ti confío porque creo también en tu amor para conmigo.
Sé que me quieres comprendo tus luchas porque también yo las pasé, también yo fui tentado, también sé lo que es el peso de un cuerpo que se arrastra. No temas, yo estoy contigo todos los días hasta la consumación de los siglos.
Separaos ahora unos de otros, aislaros lo más posible”.
Como complemento, el bello texto del P. Luis Coloma en su novela histórica Jeromín (1905, Cap. 16) https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/jeromin--1/html/ff0772d0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_9.html
“Recibió al fin Luis Quijada un mensaje del rey mandándole que el 28 de septiembre saliese al monte de Torozos con achaque de una montería, llevando consigo a Jeromín en el traje de labradorcillo que siempre había usado; que dirigiese la pista hacia el monasterio de la Espina, que a eso del mediodía haríasele él allí encontradizo, entre el convento de los frailes y la torre de los montaneros. Avisábale también que nada advirtiese ni revelara todavía al niño, porque este cuidado quería él reservárselo…
Eran harto frecuentes en Villagarcía las partidas de caza para que pudiese llamar la atención de Jeromín la sencilla montería que mandó disponer Luis Quijada para el 28 de septiembre en el monte de Torozos. Quiso, sin embargo, Quijada atar bien todos los cabos y prevenir con tiempo esos inconvenientes de última hora que malogran a veces las más bien meditadas empresas. Llamó, pues, aparte a su montero, y mandóle preparar para el siguiente día dos o tres batidas a primera hora y levantar luego una pista falsa o verdadera que le llevase al monasterio de la Espina, pues érale forzoso estar poco antes de mediodía entre el convento de los frailes y la torre de los montaneros.
Salieron al amanecer Luis Quijada y Jeromín, sin más aparato que el necesario de perros y monteros. Iba Jeromín en un caballo negro muy bien enjaezado, llevando sobre la ropilla de labrador un sayo de monte verde. Cazaron hasta las diez de la mañana con muy buena fortuna, y a esta hora avisó el montero que los perros levantaban la pista de un ciervo hacia el lado de la Espina. Siguiéronla Luis Quijada y Jeromín, internándose en el monte, cada vez más agreste y solitario, hasta que los perros se pararon de repente jadeantes, y husmeando a uno y otro lado como desorientados, se lanzaron al fin por otra pista transversal y diametralmente opuesta. Oyéronse al mismo tiempo por aquel lado sones de bocinas y grande estruendo de ladridos y vocerío, y viose cruzar como una flecha entre las carracas un gallardo ciervo y otra furiosa jauría y un tropel de cazadores que le iban persiguiendo.
Paró Luis Quijada en firme su caballo, y dijo a Jeromín, mirando atentamente a los cazadores desaparecer en la espesura:
-Monteros del rey son... Dejémosles libre el monte...
Mudaron entonces el rumbo hacia un espacio claro que había dejado en el monte una corta de encinas, y a poco descubrieron a la derecha la torre de los montaneros, a la izquierda los muros del convento, y entre ambos edificios un bosquecillo de unas cien encinas, de esas que, por dejarse en las cortas para sombrear el ganado, llamaban atalayas. Por entre ellas salían en aquel momento dos caballeros cabalgando muy al paso, como si esperasen algo o hablasen reposadamente.
Violes Jeromín el primero, y llamó la atención de Quijada, mas éste siguió caminando hacia ellos como si fuera su intención salirle al encuentro. De repente paró Jeromín su caballo; había reconocido en uno de los jinetes al caballero de nariz corva y luenga barba muy cuidada que viera en Valladolid cinco años antes en la huerta de los descalzos.
Detúvose también Quijada, y volviéndose en la silla a Jeromín, que había quedado rezagado, díjole con cierta honda emoción extraña en hombre tan sereno:
-Llegaos, Jeromín, y no os alborote esto. Ese gran señor que veis allí es el rey; el otro, el duque de Alba... No os alborotéis, digo; porque quiéreos muy bien y piensa haceros mercedes...
Estaban ya encima los dos jinetes, y seguíanles de lejos otros dos que parecían monteros del convento. No tuvo Jeromín tiempo de contestar; pero túvolo de reconocer en el rey al joven blanco y rubio de barba recortada a la flamenca que vio cruzar la plaza de Valladolid entre los vítores del pueblo desde el rosetón de la sacristía de los descalzos. Los cinco años transcurridos habíanle dado, sin envejecerle, más gravedad a su rostro y más reposo a sus maneras. Contaba entonces Don Felipe treinta y dos años.
Apeáronse los de Villagarcía y fueron a besar la mano al rey con una rodilla en tierra. Alargósela éste a Luis Quijada sin moverse del caballo; mas era Jeromín tan chico, que no pudo cumplir esta parte del ceremonial en aquella humilde postura. Apeose entonces el rey, riéndose alegremente, y diole a besar la mano, y, levantándole la barbilla, mirole de hito en hito largo rato con grande curiosidad y como si pretendiese turbarle. No lo consiguió, sin embargo; ni era ya Jeromín el niño asustadizo y tímido que había ido a Yuste, ni tuvo nunca Don Felipe a sus ojos aquella aureola de ser sobrenatural con que siempre se presentaba a su imaginación la figura de Carlos V.
Hizo entonces el rey a Jeromín muchas preguntas, a que contestó el muchacho con despejo y muy compuesta modestia, pero sin cortedad ni encogimiento, y fuese luego con Quijada hacia el bosquecillo de encinas, dejándole solo con el caballero de nariz corva y luenga barba, que le había dicho Luis Quijada ser el duque de Alba. Los monteros habían recogido los caballos y manteníanse a respetuosa distancia.
Mal rato pasó entonces Jeromín al verse solo con el grave magnate, que se mantenía a su lado respetuosamente en pie y con la gorra en la mano. Parecíale esto muy extraño a Jeromín, habiéndose alejado el rey y aun perdídose de vista entre los árboles, y molestábale y le turbaba aquella humilde actitud en tan alto personaje. Rompió al fin el duque aquel embarazoso silencio preguntando a Jeromín por doña Magdalena de Ulloa y haciendo gran panegírico de sus dotes y virtudes; lo cual fue tan del agrado del niño, que rompió al punto el hielo y estableció comunicación y simpatía entre el famoso caudillo y el inocente muchacho.
Mientras tanto, informábase Don Felipe detalladamente de Luis Quijada sobre el carácter y cualidades de Jeromín, y confiábale y sometía a su consejo los planes que sobre él tenía formados. Era su intento reconocerle públicamente como hijo del emperador y hermano suyo propio, y darle en la corte la categoría de infante, aunque sin este nombre ni más tratamiento que excelencia. Teníale ya formada casa a este propósito, y pensaba educarle con su hijo el príncipe Don Carlos y su sobrino Alejandro Farnesio, a fin de que las buenas cualidades de Alejandro y de Jeromín despertasen la emulación en el ánimo flojo y no bien inclinado del príncipe Don Carlos.
Mas para todo esto érale necesario a Don Felipe el concurso de Luis Quijada y de su esposa; porque evidente era que aquel brusco cambio de la fortuna podía hacer grandes estragos en Jeromín, si no tenía a su lado, para guiarle y corregirle, aquellas mismas personas que con tan buena fortuna habían enderezado ya sus primeros pasos. Por eso quería Don Felipe que con el nombre de ayo siguiera Luis Quijada a Jeromín a la corte y le gobernase a él y gobernara su casa, y le acompañase igualmente doña Magdalena y le amara y guiara con el nombre de madre, cargo, decía Don Felipe, que no se reconoce ni se retribuye en la corte, pero que Dios y el rey le agradecerían y retribuirían con verdadera largueza.
Y para establecer un vínculo que uniese más y más a Jeromín con el príncipe Don Carlos, y pudiera éste aprovecharse de las ventajas morales que aquél tuviera, quería también el rey que aceptase Luis Quijada el cargo de caballerizo mayor del príncipe; y para autorizar estos cargos y darles el ayuda de costas que requerían, además de sus sueldos, ofrecíale el rey para muy en breve la encomienda del Moral en la Orden de Calatrava, y dábale, desde luego, la plaza de consejero de Estado y de Guerra.
Aceptolo todo Luis Quijada gustosísimo, porque todo ello venía a satisfacer sus aspiraciones y a cumplir sus deseos y los de doña Magdalena, como si el mismo rey les hubiese consultado antes. Satisfecho también Don Felipe, y dejándose llevar de su nimio afán de detallarlo todo, diole a Luis Quijada un papel en que se hallaban anotadas las personas que habían de formar la casa de Jeromín, y ordenole que con entera libertad hiciera cuantas observaciones le ocurriesen, porque dispuesto estaba a modificar y aun a variar por completo todo lo que, a juicio de él y de doña Magdalena, fuese necesario para la conveniencia del niño.
El personal de la casa era éste:
1. Luis Quijada, ayo y jefe de su casa.
2. El conde de Priego, don Fernando Carrillo, mayordomo mayor.
3. Don Luis de Córdoba, caballerizo mayor.
4. Don Rodrigo Benavides, hermano del conde de Santisteban, sumiller de corps.
5. Don Rodrigo de Mendoza, señor de Lorosa, mayordomo particular.
6. Don Juan de Guzmán, don Pedro Zapata de Córdoba y don José de Acuña, gentileshombres de cámara.
7. Juan de Quiroga, secretario.
8. Jorge de Lima y Juan de Toro, ayudas de cámara.
9. Don Luis Carrillo, primogénito del conde de Priego, capitán de su guardia, la cual había de ser la mitad española y la mitad alemana.
Aprobada que fue esta lista por Luis Quijada, en su nombre y en el de doña Magdalena, diole el rey la última orden...Que de allí a dos días, es decir, el 1 de octubre, estuviese Jeromín instalado con ambos esposos en Valladolid, en las casas que poseía doña Magdalena frente a las del conde de Ribadeo, que habían de ser por entonces la residencia del nuevo príncipe, y que el 2 de octubre, a las doce del día, llevase Luis Quijada secretamente a Jeromín a Palacio, para que, después de la comida, pudiera el rey presentarle a la princesa Doña Juana y al príncipe Don Carlos, y reconocerle por hermano ante toda la corte. El tiempo y la ocasión vendrían más adelante de publicar este reconocimiento por todo el reino.
Duró más de una hora esta plática que sostuvieron el rey y Luis Quijada, paseando a la sombra de las encinas atalayas, y cuando salieron ambos al claro del monte, ni la perspicacia de cortesano tan fino como el duque de Alba hubiera podido descifrar en aquellos rostros impasibles lo que entre ellos había mediado. Al acercarse al grupo que Jeromín y el duque formaban, dijo el rey a Luis Quijada:
-Fuerza será agora quitar la venda al muchacho.
Dirigiole entonces a Jeromín otras muchas preguntas muy afables y aun chanceras, y como quien recuerda algo de repente, díjole muy cariñoso:
-Y a todo esto, señor labradorcillo, no me habéis dicho aún vuestro nombre.
-Jerónimo -respondió el muchacho.
-Gran santo fue; pero preciso será mudároslo... ¿Y sabéis quién fue vuestro padre?...
Enrojeció Jeromín hasta el blanco de los ojos, y alzólos hacia el rey entre llorosos e indignados, porque le pareció afrenta no tener respuesta que darle. Mas conmovido entonces Don Felipe, púsole una mano en el hombro, y con sencilla majestad le dijo:
-Pues, buen ánimo, niño mío, que yo he de decíroslo... El emperador, mi señor padre, lo fue también vuestro, y por eso yo os reconozco y amo como a hermano.
Y abrazole tiernamente sin más testigos que Luis Quijada y el duque de Alba. Los monteros miraban la escena desde lejos sin darse cuenta de ella... Los ladridos de la jauría y la alegre fanfarria de las bocinas anunciaban a lo lejos que los cazadores volvían trayendo una res muerta...
Aturdido por aquella revelación, subió Jeromín al caballo, teniéndole Luis Quijada el estribo. En todo el trayecto hasta Villagarcía sólo una vez despegó los labios; volviose a Luis Quijada, que le seguía, y preguntó:
Apretó el paso Jeromín, como si el llegar al castillo se le hiciese tarde, y atravesó corriendo el patio, y subió a saltos la escalera, y llegó al estrado abriendo y cerrando puertas con estrépito... Estaba allí doña Magdalena, en pie, sola, muy pálida... Lanzose a ella el niño y la asió la mano para besársela...
-Señor mío es vuestra alteza, que no mi sobrino -le respondió la dama. Y quiso besarle ella la mano y sentarle en su sillón y hacerlo ella sobre la alfombra.
Mas el niño, fuera de sí, gritó con energía inmensa que enronquecía su voz, empapada en llanto:
- ¡No!... ¡No!... ¡No!... ¡Mi tía!... ¡Mi tía!... ¡Mi madre!...
Y se abrazó a ella llorando, convulso, desolado y rabioso al mismo tiempo, como quien llora un bien por su culpa perdido, y la sentó a la fuerza en su sillón, y no calló ni sosegó hasta que sentado él a sus pies y con la cabeza apoyada en sus rodillas, le prometió una y mil veces doña Magdalena que siempre sería su tía, que nunca dejaría de ser su madre.
Sucedía todo esto un jueves, y al lunes siguiente, que fue 2 de octubre, verificose el reconocimiento de Jeromín en el palacio de Valladolid, tal como el rey Don Felipe lo había dispuesto. Así consta en el manuscrito de la biblioteca Maggliabecchiana, de Florencia, citado por Gachard: «Jueves 28 de septiembre alcançaron los señores del Santo Oficio que el rey no se fuese hasta ver el acto; y así luego lo hicieron pregonar para el 8 de octubre. Y así se fue el rey a la Spina, y allí le truxeron su medio hermano, y holgó de vello tal como es, hermoso y avisado; y mandó que le llevasen a su casa secretamente. Y así, el lunes siguiente, hizo a todos los de su palacio que le reconociesen por su hermano, conmençandolo él abraçar y a besar, y luego su hermana, y luego su hijo, y luego los demás de capa negra».
No es, pues, exacto lo que dice Van der Hammen de que Felipe II impusiese a su hermano el Toisón de Oro ni en el monte de Torozos ni en el palacio de Valladolid. Lo que sucedió, en efecto, en esta segunda entrevista, fue que el rey dio a su hermano el apellido de la familia, y trocando su nombre de Jeromín en el de Juan, formó el que había de pasar a la posteridad entre los resplandores del genio y de la gloria: Don Juan de Austria”.
