MARIANO DEL HOYO GAVIDIA (Vallecas, 24-VI-1933-Madrid 16-II-2026). Testimonio de un misionero seglar consagrado

 

Me comunican hoy, 17 de febrero, 96 cumpleaños de Abelardo de Armas (+), que acaba de fallecer Mariano del Hoyo Gavidia, quien fue durante años su estrecho colaborador y secretario del P. Tomás Morales. Él fue quien se acercó en 1973 al Instituto "Fray Luis de León" de Salamanca para brindar su testimonio de conversión y misión en Perú, invitar a Ejercicios Espirituales y con quien practiqué los primeros Ejercicios Espirituales, decisivos en mi vida. Mi gratitud. Sentí cuando dejó mi Instituto "Cruzados de Santa María" y se adhirió al nuevo "Stabat Mater", donde ha perseverado hasta el día de hoy, tras un doloroso proceso de Alzheimer. Rezo por el eterno descanso de su alma, envío mis condolencias a sus familiares y comparto su bello testimonio laical misionero.

Nació en Vallecas, Madrid, el 24 de junio del 1933. Solía contar que no le bautizaron hasta los 9 años y esto porque le obligaron en el colegio particular al que asistió. "Allá me acompañó mi mamá, mi padre no quiso ir. Crecí y aumentaron los problemas. Trabajaba y no estudiaba demasiado. Me enfrentaba a mis padres por la obligación que me ponían de regresar a una hora a casa. No me gustaba nada el trabajo. En lo moral todo me era lícito. Me preguntaba ¡qué vida esta! Cuando estudié Religión en la carrera me entusiasmé con Cristo, pero me pareció un invento". Se convirtió gracias a los Ejercicios Espirituales practicados con el P. Morales, en el Hogar del Empleado, y se consagró a Dios el 8 de diciembre de 1957, participó en la Misión del Marañón de 1964 a 1970. Siempre recordaba que cuando llegó a Lima el 21 de junio de 1964 fueron hospedados en la residencia de los Jesuitas, en Fátima por el P. Bastos, quien les aconsejó que fuesen a Puno para conocer la obra de los PP. De Marynold; aprovecharon la excursión de los alumnos arequipeños del Colegio San José; desde Arequipa fueron a Puno; en el viaje pasaron frío en cantidad; visitaron Cuzco, el Machu Picchu y regresaron en avión para Lima. Tras unos años en San Ignacio, Cajamarca, pasó a Lima donde colaboró en la administración de la naciente Universidad del Pacífico. De vuelta a España apoyó la operación "Instituto" trabajando en la formación y el apostolado de los jóvenes. Más adelante, vivió en Roma, donde fungió como fue secretario de la CMIS en la década de los noventa. Regresó al Perú, donde ejerció como docente en el ISET "Juan XXIII" y "Redemptoris Mater", elaborando su tesis de licenciatura sobre "Los institutos seculares y la nueva evangelización" con la asesoría del P. Armando nieto Vélez, s.j. en el 2003, Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. https://repositorio.ftpcl.edu.pe/handle/FTPCL/181Como gratitud a su vocación y misión, os comparto el texto de la ponencia que pronunció y me facilitó.

(Foto en Lima en compañía del P. Pablo Zabala, OP)

 

EL LAICADO Y LA MISIÓN. Una experiencia (Mariano del Hoyo, Lima, 16 julio 2001)

 

            Los últimos años de mis estudios universitarios los realicé al mismo tiempo que trabajaba en la administración de una empresa. Así fui adquiriendo una formación teórica y una experiencia profesional.

 

            Cuando estaba elaborando la tesis de fin de carrera, que tendría que defender ante un tribunal, mi Instituto recibió una petición. El prefecto apostólico de la Misión de San Javier del Marañón, en el nororiente peruano, solicitó a nuestro superior el envío de cuatro miembros para colaborar con unas obras recientemente iniciadas que necesitaban personas con ciertos conocimientos profesionales.

            Nuestro superior nos informó de la solicitud del prefecto apostólico, indicándonos que, aquellos que estuviéramos dispuestos a ir al Perú, se lo manifestásemos. Nos ofrecimos casi todos, y fuimos elegidos dos. El que vino conmigo tenía un master en economía y administración y estaba trabajando en un banco con la categoría de jefe de departamento.

Como se nos dijo que viajáramos cuanto antes, me pareció oportuno proponerle a mi superior interrumpir la elaboración de la tesis, con lo cual no podría presentarme ante el tribunal examinador ni obtener un título que me capacitaba tanto para la enseñanza como para trabajar en una empresa a nivel de mandos intermedios. Mi superior me dijo que convenía que llegase hasta el final de los estudios, aunque tuviéramos que demorar el viaje dos o tres meses, pues quizás pudiera necesitar el título para convalidarlo. Acertó, como diré más adelante.

            Nuestro destino era San Ignacio, un pueblo que por aquel tiempo pertenecía a la provincia de Jaén, en el departamento de Cajamarca. En 1965 se creó la provincia de San Ignacio. La zona es «ceja de selva».

            Eclesiásticamente, San Ignacio pertenecía a la prefectura apostólica de San Javier del Marañón, encomendada a los padres de la Compañía de Jesús. El prefecto apostólico era un jesuita y residía en Jaén.

            La tarea evangelizadora de la Iglesia tiene como destinatario no sólo al ser humano como individuo, sino al conjunto de personas que forman una sociedad. De ahí que los misioneros, además de la cura de las almas, promuevan y atiendan obras que, en colaboración con instituciones públicas y privadas, eleven el bienestar económico, social y cultural de los ciudadanos, especialmente los más necesitados.

            Los habitantes de aquella zona obtienen sus recursos económicos, principalmente, del cultivo del café. Cuando percibían el precio de la venta de la cosecha o el salario por los trabajos de recolección, con facilidad se les agotaba el dinero en gastos superfluos, de tal manera que luego no podían hacer frente a la necesidad de realizar un viaje, mejorar la chacra, curar una enfermedad y otras situaciones imprevistas. Entonces acudían a los prestamistas. Éstos les concedían el préstamo con un interés a veces muy elevado y siempre con una garantía, que podía ser el aval de otra persona o una prenda: la chacra, animalitos, la casa, la futura cosecha...

            Este problema se solucionó con la creación de una cooperativa de ahorro y crédito. Después de una campaña de educación cooperativista, los agricultores depositaban en la cooperativa gran parte de los ingresos que habían tenido por la venta del café. Como socios cooperativistas tenían derecho a participar, por sufragio universal, en el gobierno de la misma, integrando la junta directiva y las distintas comisiones. Además, en proporción a su capital ahorrado, podían solicitar préstamos a un interés muy bajo. El ingreso que tenía la cooperativa por intereses era destinado a financiar los gastos administrativos.

            Otro desafío se planteaba en el campo educativo. Era necesario aumentar el número de centros educativos y, por consiguiente, disponer de un plantel más numeroso de maestros y profesores mejor capacitados. Para conseguirlo, los padres jesuitas solicitaron al Ministerio de Educación la creación y dotación de un internado de capacitación para maestros de primaria. El Ministro de Educación concedió lo solicitado creando una Normal rural. Hubo que esperar a la asignación de las partidas presupuestarias y disposición de las cantidades asignadas para construir el edificio y adquirir el mobiliario y los demás implementos de un centro educativo que funcionaría en plan de internado. Por fin, en 1963, se pudo dar inicio al primer curso. Habían solicitado la inscripción 60 postulantes. Realizados los exámenes de admisión fueron aprobados 48 muchachos.

Cuando llegué a San Ignacio me incorporé al equipo de profesores, de forma interina, hasta que el Ministerio me convalidó mi título universitario y me nombró profesor de la Normal.

La mayoría de los profesores se habían formado en la Normal de los Hermanos Maristas, de Cajamarca[1]. Tuve ocasión de comprobar y beneficiarme de la excelente preparación de mis colegas, todos ellos laicos célibes, consagrados a la maravillosa labor de formar futuros maestros de primaria. Residían en el internado con los alumnos, totalmente dedicados a ellos. Formaban un equipo unido por estrechos y sinceros lazos de amistad. Unidos, también, en cuanto a criterios de educación de la juventud, en sintonía con las directrices del Magisterio católico.

            En 1964 el número del alumnos había aumentado a 92. A finales de ese año el alumnado disminuyó al ser elevada la Normal a la categoría de Urbana, puesto que en la zona no existía todavía el colegio parroquial mixto de secundaria «Tito Cusi Yupanqui», que empezó a impartir clases en el curso de 1965[2]. También tuve la suerte de trabajar en este centro educativo como profesor.

            Los misioneros jesuitas se servían para su tarea evangelizadora y cultural de dos medios de comunicación social: una radioemisora y un periódico.

Mediante la emisora llegaban a los caseríos y retiros más apartados noticieros informativos y programas formativos en diversas áreas: alfabetización, catequesis, cuidado de la salud, orientaciones familiares y laborales, etc.

            El periódico era parroquial. A través de él se informaba de las actividades parroquiales, y también se daba información de acontecimientos sociales con sus comentarios, si se estimaba oportuno, con el fin de dar criterios cristianos.

            Esta experiencia de misionero laico, a pesar de su corta duración, sólo cuatro años, fue muy gozosa y evidentemente enriquecedora. Tuve oportunidad de vivir la dimensión social de mi fe en estrecha colaboración con sacerdotes y hermanos religiosos. Ellos, sin la colaboración de profesionales laicos, habrían tenido más dificultades para iniciar y continuar las obras que el Señor, sin duda, les inspiró, con el fin de hacer el bien a una pequeña porción del Pueblo de Dios.



[1] Cf. José Martín Cuesta, S.J., Entre el Cóndor y el Marañón. Memorias misioneras, Salamanca (1992).

[2] Id.

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