JUAN SEBASTIÁN DE LA PARRA (1550-1622)

Superior, predicador, escritor

Nació en julio 1546, en Daroca (Zaragoza), España; murió el 21 de mayo de 1622 en Lima, Perú. Ingresó a la Compañía en abril de 1566, en Alcalá de Henares (Madrid), España; llegó al Perú ya ordenado sacerdote el 30 junio 1581, a la ciudad de Lima.

 

Estudió gramática en Daroca y losofía en Alcalá, donde fue admitido en la CJ y, en mayo 1567, enviado al recién fundado noviciado de Villarejo de Fuentes (Cuenca). Destinado a Plasencia (Cáceres), enseñó gramática (1568-1569) y estudió teología (1569-1573). Después de su ordenación, fue profesor de losofía en Navalcarnero (Madrid) en 1574 y de teología (1575-1578) en Ocaña (Toledo). A poco de ser nombrado rector del colegio de Ocaña, el P. General Everardo Mercuriano accedió a su petición, y lo envió al Perú. Llegó a Lima (20 mayo 1581) en la expedición dirigida por el P. Baltasar Piñas y fue rector de los colegios de Potosí (1581-1584), en la actual Bolivia, y S. Pablo de Lima (1585-1591). En este cargo tuvo que atender a los malheridos –especialmente los atacados por la viruela- del terremoto de 1586

Nombrado provincial (1592) del Perú, envió a Piñas y Luis de Valdivia a empezar (1593) la misión de Chile; reforzó las misiones de Quito, Santa Cruz de la Sierra y Tucumán (en los actuales Ecuador, Bolivia y Argentina), y trasladó el noviciado, hasta entonces en el Colegio S. Pablo; convocó (1594) la congregación provincial IV en Arequipa, tras la cual envió al P. General Claudio Aquaviva un memorial sobre el estado de la provincia; fundó una congregación mariana de sacerdotes en Lima y promovió en especial la de Nuestra Señora de la "O" , a través de la cual organizó conferencias teológicas y morales entre los caballeros y personas distinguidas de Lima. Al acabar su provincialato (1598) fue padre espiritual en el colegio San Pablo por diez años, con enorme inuencia en la formación de los jóvenes jesuitas. En 1608, a iniciativa del provincial del Paraguay, Diego Torres Bollo, firmó una resolución contra el servicio personal de los indígenas en el Tucumán, junto con otros diecisiete jesuitas. También alentó la escuela de Quito, con las cátedras de latinidad, filosofía y teología, pilares de la futura universidad. Propulsó las capellanías en el hospital de indios de Santa Ana y él mismo ayudaba en la administración de los santos sacramentos.

 

En 1611, fue nombrado provincial por segunda vez, En este periodo, abrió el colegio del Callao e impulsó la labor de la Compañía en los hospitales y casas de divorciadas y arrepentidas, así como se preocupó especialmente por la evangelización de los esclavos de origen africano que trabajaban en las haciendas de la Compañía.

También colaboró en la campaña de extirpación de la idolatría, en la que tuvo tanto protagonismo la Compañía de Jesús, especialmente el P. Pablo Arriaga. Abrió en el Cercado de Lima la casa de la Santa Cruz, en la que se recluía a los reincidentes indígenas para que no ejercieran su influencia al resto de la población, y fundó un colegio para la educación de los hijos de caciques.

Terminado su provincialato (1616), fue nombrado visitador de la provincia de Nueva España, pero no tomó posesión de su cargo por razones de salud.

Fruto de su espíritu contemplativo y prudencia en el arte de gobernar es el libro "Del bien, excelencias y obligaciones del estado clerical y sacerdotal", publicado en Sevilla en 1620, donde sintetiza el modo de lograr y mantener la santidad entre los consagrados a Dios, sacerdotes y hermanos.

. En sus últimos años se dedicó intensamente a la atención de los pobres, a la visita de hospitales y cárceles, y a la catequesis de indígenas y afrodescendientes

Aunque representó una tendencia marcada hacia la severidad disciplinaria dentro de la Compañía de Jesús en el Perú, sus contemporáneos reconocieron unánimemente la profundidad de su virtud y su autoridad moral.

. La portada del manuscrito de su biografía se conserva actualmente en la Biblioteca Nacional de España

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Contamos con una excelente biografía sobre el siervo de Dios, escrita cinco años después de su muerte por Francisco de Figueroa de la que comenté la siguiente reseña:;

Identidad jesuita entre dos mundos. Juan Sebastián de la Parra (Daroca 1546-Lima 1622) Su vida escrita por Francisco de Figueroa (Sevilla 1592-Lima 1639). Edición crítica de René Millar. Colaboración Magdalena Urrejola (Instituto de Historia de la Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile-Universidad Antonio Ruiz de Montoya, Lima 2020, 267 pp)

La fuente original se encuentra en la sección manuscritos de la Biblioteca Nacional de España (MBE, Mss/9558) y la descubrió hace diez años el historiador responsable de la presente edición crítica, René Millar Carvacho, profesor emérito de la Pontificia Universidad Católica de Chile, uno de los expertos mundiales en estudio de la Inquisición y la hagiografía científica en el virreinato del Perú. El autor ha contado con el apoyo de Magdalena Urrejola en la transcripción del manuscrito y la traducción de las citas en latín, tan prácticas y que se deben a Sebastián Ignacio Asencio Pérez. Las cinco páginas iniciales del prólogo debidas al P. Juan Dejo contextualizan magistralmente la obra y nos ubican en el aporte jesuítico al "discurso espiritual en la sociedad colonial del Perú", gracias al esfuerzo intelectual "serio e inquisitivo" del editor.

Bastaría con asomarse a la densidad semántica del índice del estudio preliminar (pp.5-116) (gobierno, espiritualidad y hagiografía en la provincia jesuita peruana) para percatarse de la importancia de la obra: la hagiografía como género, la palabra escrita y los jesuitas, las "vidas", la "vida" de Juan Sebastián de la Parra (autor, peripecias de la obra, el protagonista) el contenido del texto.

El manuscrito en cuidada edición crítica –con 789 notas a pie de página- se articula en dos libros, de 13 y 12 capítulos cada uno, nos da cuenta de modo sencillo, sintético, pero profundo, las peripecias vitales pero también la trayectoria santa de un misionero jesuita formado en la Universidad de Alcalá, al calor de los primeros jesuitas llegados a España, de la maciza espiritualidad sacerdotal tridentina de san Juan de Ávila, enraizado en la mística contemplativa de los Ejercicios de San Ignacio y en el celo misionero de la primitiva Compañía. Algunos de los apartados sobre sus virtudes como el de la oración o el apostolado son auténticos tratados de espiritualidad y misionología.

Hasta la fecha tan sólo contamos con cuatro biografías acerca de jesuitas ejemplares del tiempo del virreinato, Antonio Ruiz de Montoya, Francisco del Castillo, Alonso Mesía Bedoya y Juan de Alloza. La presente, acerca del P. JB. de la Parra, tiene de peculiar que se trata de la biografía del único que ejerció como provincial y en dos oportunidades, que vino al Perú con los 16 jesuitas en la misma embarcación de Santo Toribio en 1589, y que en los 76 años de vida y 56 de jesuita, fue uno de los protagonistas del "periodo de definiciones y de consolidación institucional" que le tocó vivir. Como constata R. Millar "se reafirmó su identidad misionera, se afianzó su universalidad, su romanización, su centralización y su dependencia papa; se produjo un distanciamiento de la espiritualidad mística y fue reconocido su aporte al proceso contrarreformista con la santificación de su fundador y de su misionero paradigmático" (p.101), en un tiempo en que la provincia peruana jesuítica se convierte en la Orden más influyente del virreinato, proyectada por todo su distrito y en todos los campos, educativo, social, espiritual.

La obra se escribió cinco años después de la muerte del siervo de Dios por lo que toda ella huele a "pan caliente", nos parece estar en presencia de un periodista acucioso que interpela a los testigos para brindarnos una vida ejemplar, como indica el propio autor P. Francisco de Figueroa no para "hacer devocionarios y sermonarios sino Historia" (p.121).

Hay que agradecer y felicitar a la Universidad Antonio Ruiz de Montoya por este esfuerzo en publicar fuentes del tesoro espiritual que constituye nuestro Perú ensantado como un hontanar que surte, más allá de sus cinco ríos o santos grandes, en manantiales de sus santos de la "lista de espera" como el ejemplar Padre Juan Sebastián de la Parra. 

 

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