¡La gran noche de la Vigilia de la Inmaculada!

Anoche, 7 de diciembre, peregrinaba desde Moncloa a Atocha -basílica de María Auxiliadora- para la Vigilia de la Inmaculada. Al ver tanta muchedumbre de gente por las calles como los del Evangelio "como ovejas sin pastor", recordaba la célebre canción de Raphael "¡puede ser mi gran noche!". Y fue "la Gran Noche", la que hizo desaparecer las tinieblas por obra y gracia del Espíritu Santo, iluminando mediante una estrella radiante: La Inmaculada, la toda santa, la sin pecado. Gracias a Ella, el pecado no tiene la última palabra, el mal ha sido vencido, la desesperación se ha convertido en Esperanza. Y todo por que gracias a su "Sí", -como reza el lema de la presente vigilia y cantamos a lo largo de la ceremonia- nos ha puesto junto a su Hijo. Gracias, nos has adelantado la Navidad con esta gozosa presencia.

Y lo constatamos con el rezo fervoroso del rosario dirigido por jóvenes y familias, por el entrañable testimonio de un laico consagrado -Jorge- que tras un serio discernimiento y un año de misión en el Perú se hace cruzado de santa María, y por el emocionante compartir al alimón de una joven de Taiwán -Esther- que junto a Chema se promete en matrimonio a lo divino, y en el del joven José María, diácono, que espera con ilusión ser ordenado sacerdote en la Pascua del 2026.

Y en el constante fluir a los ocho confesores que a lo largo de la noche administraban el sacramento de la misericordia, confiriendo el don de la paz, la esperanza, la alegría.

Presidió la celebración el P. Aurelio Cayón, vicario de vida consagrada en la archidiócesis de Madrid, quien agradeció a los organizadores, a los anfitriones PP. Salesianos por su acogida, al coro y a todos los fieles, por acudir al homenaje a la Inmaculada, centrándose en su homilía en tres palabras: bendecidos, elegidos, destinados como María para salir al encuentro con los fieles de la calle y llevarles a Cristo y el sí de la Inmaculada.

Se respiraba un ambiente de frescura, de disponibilidad, de familia, en la muchedumbre que colmaba la basílica. Y costaba despedirse a pesar de lo avanzado de la noche. ¡Qué bien se está aquí! ¡Qué gusto sentir la presencia maternal de la Madre que nos ha puesto con su Hijo, camino, verdad, vida!

Y en la noche abigarrada del corazón de Madrid brillan las estrellas, preludiando la Navidad que ya se acerca. ¡Ven, Señor, ven, ven que esperamos!

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