Manuel DE LOS REYES: Juan Duro González (1870-1945): Evangelización y laicado en Valladolid (Desde la Compañía de Jesús) (Amazon, Madrid, 2025, pp.198)

Saludamos el cuarto libro del autor, siempre en aras de brindarnos la formidable contribución de la Iglesia de Valladolid a lo largo del recio y bullicioso periodo de fines del siglo XIX y fines del XX. Dos de tipo institucional y los otros de tipo biográfico. El primero "La Casa Social Católica de Valladolid (1881-1946)" (Encuentro 2013) el segundo "Economía social en Valladolid. Caja de Ahorros Popular-Casa Social Católica (1947-1990)" (Encuentro 2016). El tercero "Una luz encendida en la ciudad: Marcelino de la Paz, S.J. (1842-1932)" gira en torno a la fulgurante personalidad y casi desconocida del apóstol jesuita. El presente, el cuarto, "Juan Duro González (1870-1945): Evangelización y laicado en Valladolid (Desde la Compañía de Jesús)" nos brinda la fisonomía de un líder laico, padre de familia, forjado al calor de la obra educativa y social de los jesuitas, promotor de la presencia pública de los católicos según los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia.   

El libro se articula en diez apartados. Comienza con la "Introducción" que es una suerte de bienvenida a la obra, compartiéndonos de modo sintético, un adelanto, así como los entretelones de su génesis, trayectoria y desarrollo, que tiene mucho que ver con el jesuita P. Jesús San José y José María Duro Roca, nieto del protagonista.

El primero "el tiempo de la memoria" (7-10) contextualiza el marco temporal de la Compañía de Jesús desde su llegada a Valladolid, pasando por el momento álgido de Bernardo de Hoyos y el amargo camino del destierro.

El segundo se centra en su "infancia y juventud" (11-62), aunque continúa con la historia corporativa de los jesuitas ("retorno de la Compañía de Jesús a Valladolid"), su infancia y juventud, con los estudios en el colegio de San José y la Universidad, su integración en la Asociación Católica de Escuelas y Círculos, su vida familiar y su pertenencia al apostolado de la oración, adoración nocturna y Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes.

El tercero "la maduración de su vida en el liderazgo de las obras" (63-106) se refiere en concreto al colegio san José, la asociación de antiguos alumnos y la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia en torno a la Casa Social Católica.

El cuarto "tiempos de penuria y quiebra de la vida social" (107-146) se centra en el desarrollo de su obra y misión en los años difíciles de la dictadura de Primo de Rivera, la república anticatólica que llega a cosechar como mártir al Hermano José Sanz Tejedor (San Cirilo Bertrán) que fue director de las Escuelas de la Casa Social, la guerra civil.

El quinto "posguerra y reorganización de las obras (1939-1945) (147-160) rescata toda la gran tarea de restaurar y poner al día la poderosa acción social y educativa acometidas. Se menciona el Monumento recordatorio a los mártires y héroes por Dios y por España, el rumbo del Colegio Mayor "Menéndez Pelayo", la Residencia Universitaria, las bodas de plata de la AAA, las crónicas del Colegio San José, la venta del inmueble de la Casa Social y el retorno a Ruiz Hernández.

El sexto "todo está cumplido" (161-174) se refiere a los últimos momentos de su esposa Manuela Rodríguez, así como los del propio protagonista, su muerte, la continuidad institucional y familiar, los homenajes.

El séptimo "a modo de epílogo" (175-184) recoge alguno de los frutos sazonados de tan generosa siembra. La pervivencia del Colegio San José, Las "Escuelas de Cristo Rey" generadas a partir de la venta del inmueble de la Casa Social Católica, las renovadas Comunidades de Vida, la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, la parroquia de Nuestra Señora del Pilar en Vadillos y del Carmen de las Delicias, la obra educativa del P. Marín Triana transformada en el centro concertado Safa-Grial surgida al calor de la Caja de Ahorros Popular, DESOD y CEDECYL al calor de la Casa Social Católica.

El octavo (185-187) contiene dos anexos, el de la genealogía resumida de Juan Duro y el de los créditos fotográficos (186) con el de índice (197) de123 decisivas fotografías que nos ayuda a dar rostro al personaje, a su familia, así como a la obra acometida, en las coordenadas de tiempo y lugar.

El noveno "bibliografía" (187-196) nos da cuenta de la calidad de las fuentes usadas para el trabajo y que divide en cuatro apartados: bibliografía general, guía de obras publicadas durante la restauración de la Compañía en Valladolid, selección de artículos de "Vallisoletana" y los 19 números publicados en Fondos Documentales de la Casa Social Católica de Valladolid.

Una mirada hacia el pasado reciente, el que se inicia a finales del siglo XIX y alcanza la posguerra española, nos desvela a un personaje fascinante en el horizonte de la educación y la acción social de su tiempo, vinculada con la restauración de la Compañía de Jesús en Valladolid y el desarrollo programático de la encíclica Rerum novarum, del papa León XIII, por tierras castellanas: Juan Duro González-Ibarra. Doctor en Derecho, antiguo alumno del Colegio San José, padre de familia, asumirá en 1916 la presidencia de su Asociación de Antiguos y también en parecido periodo la presidencia de la Casa Social Católica de Valladolid hasta la fecha de su muerte en 1945; instituciones que supusieron una sorprendente novedad ante los grandes interrogantes históricos del momento, sin obviar el relieve humano y religioso en este caso de Juan Duro González y de los hombres que le acompañaron, bajo la égida de la Compañía. Su compromiso con Valladolid se extendió al asociacionismo religioso de la ciudad.

Fue deudor de una tradición religiosa y humanística retomada en 1881 en la ciudad de Valladolid por la Compañía, y a su vez multiplicó aquella semilla en obras e iniciativas siempre conectadas con aquel bien común necesario para que una sociedad merezca su nombre, en íntima y estrecha colaboración con jesuitas insignes de feliz memoria como los PP. Marcelino de la Paz y Sisinio Nevares. Su dedicación y entrega a esa causa no fue en vano y mucho de aquella siembra sobrevivió al desastre de la Guerra Civil y se multiplicó, gracias a una continuidad identitaria y a un laicado que asumió su compromiso, denso en esperanza para los hombres y mujeres de su tiempo, en el marco de la sociedad y la iglesia vallisoletana.

Cuando Juan Duro González nació en 1870 en Santoña, Cantabria, España, su padre, Tomás Duro Valdemoros, tenía 34 años y su madre, María Guadalupe González Ybarra, 27. Se casó con Manuela Rodríguez Pardo en 1903 en Valladolid, Castilla y León, España. Tuvieron al menos un hijo. Murió el 1 de noviembre de 1945, en Valladolid, Castilla y León, España, a la edad de 75 años.

En Juan Duro coinciden y se integran las dos perspectivas propias de la Compañía: hombres de lo eterno, anclados en las realidades temporales, síntesis entre espiritualidad corazonista y la doctrina social de la Iglesia, implantación del reinado social de Cristo y, devoción al Sagrado Corazón.

Su protagonista cobra su mayor interés histórico a la luz de la restauración de la Compañía en España, que coincide con sus años de juventud, con el final decadente socio político del siglo XIX que se prolongará en el XX hasta la Guerra Civil española, y con el despertar de la conciencia católica en materia social, alumbrada por la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Su motivación no será tanto el compromiso político como el de apostar a favor de una sociedad civil articulada en sus distintos estamentos, poniendo en juego su propia existencia al entregarse por entero, desde el catolicismo social vallisoletano, a la formación del laicado, poniendo los elementos necesarios para construir todo un tejido corporativo de obras en el Valladolid de su tiempo, al calor del empeño social de la Compañía de Jesús, alimentada por la fuerte espiritualidad de san Ignacio de Loyola.

Como certeramente señala el autor, "la virtud de estas páginas, al resaltar la figura de Juan Duro González, presente en la Asociación de Antiguos Alumnos, y también en la Asociación Católica no denota una coincidencia debida al azar de las circunstancias, sino la íntima unidad y sinergia entre las obras de la Compañía, porque tanto la una como la otra se ordenaban al fin sustancial: la formación y la maduración de la vida cristiana, en orden al bien social y espiritual de la sociedad. Intensa cultura, intenso compromiso, intenso testimonio. Era, me atrevo a decir, un anticipo de la llamada del Vaticano II a la participación de los laicos en la vida de la Iglesia" (pp.2-3). Podríamos añadir que encarnó proféticamente el magisterio de nuestros últimos papas, el de la encíclica "Dilexit nos» de Francisco sobre el amor del corazón de Jesús, y el de la primera exhortación apostólica del Papa León Dilexi te acerca de su amor por los pobres. 

José Antonio Benito Rodríguez

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