+ P. Fermín Rodríguez Campoamor, SJ (1933, Asturias-2024, Lima)
Cuando el P. Armando Nieto, SJ, me entregó en mano una carta manuscrita firmada por el P. Fermín R. Campoamor en Lima hacia el 2017, no lo podía creer; en ella -sin saber a quién escribía me felicitaba por el libro "Teresita, la sobrina más engreída de América" que le había prestado el citado P. Nieto y solicitaba comprarlo para tenerlo. Vagamente recordé su apellido pues había sido mi profesor de Religión en 1977 en la Escuela de Magisterio de Salamanca. Increíblemente habían pasado 40 años. Le hice llegar el libro por nuestro amigo común P. Nieto ¡por fin! en el 2018 puede visitarle. Le recordé cómo nos enseñó el primer día de clase el modo de tratar las persianas para que no se rompieran y mi "protesta" cuando comenzó sus clases con Marx, Freud, Nietzsche. Le dije que estaba (estábamos) saturado de la crítica sin conocer realmente el cristianismo pues varios de nuestros profesores eran acérrimos marxistas-leninistas y que servidor -convertido recientemente en los Ejercicios de San Ignacio-, al igual que sus compañeros lo que esperaba de la clase de religión era precisamente que nos hablase de Cristo. La verdad que me escuchó "sinodalmente" y al día siguiente empezó de frente con el cristianismo, claro que en la versión de H. Kung, pero ¡bueno! Su intención fue la mejor. 40 años después se lo recordé con el mayor afecto y siempre agradecido por su magisterio a los universitarios salmantinos de los 70.
Fue el comienzo de un reencuentro gozosísimo en el que pude escuchar de sus labios toda su pasión misionera, su lucha impertérrita por los derechos humanos entre los fieles de Santa María de Nieva, Condorcanqui, y luego de la Parroquia de Chiriaco, Bagua, con el estilo de Jesús de Nazaret y el santo de Loyola. Me mostró los cientos de cartas y artículos misioneros que deseaba publicar y que todavía no he logrado ver. Dios quiera que se impriman y se difundan.
Al regresar a España no pude despedirme y me enteré meses después de su partida a la Casa del Padre. Les comparto la noticia de su deceso con la homilía y artículos publicados como memoria y gratitud.
Oremos en acción de gracias por la vida de nuestro hermano, el P. Fermín Rodríguez Campoamor SJ, fallecido el 20 de setiembre de 2024 en la Enfermería Jesuita de Fátima, Lima, a los 91 años, 73 años de Compañía, 60 años de sacerdocio y 53 años de Últimos Votos.
SEMBLANZA
Fermín Rodríguez nació el 4 de marzo de 1933 en Navia (Asturias), España. Hijo de José María y Julita, fue el cuarto de cinco hijos. Ingresó al Noviciado en Salamanca, España, el 23 de setiembre de 1950, cuando tenía 17 años. Estudió Humanidades en el Juniorado de Salamanca de 1952 a 1955 y luego filosofía en la universidad de Comillas (Santander) de 1655 a 1958. La etapa de Magisterio, que los jesuitas hacemos antes de estudiar teología, la realizó de 1958 a 1961 en el Colegio Apóstol de Vigo, como profesor de literatura. Estudió teología en la universidad de Comillas (Santander) de 1961 a 1965. Fue ordenado sacerdote el 14 de julio de 1964 en Comillas (Santander) por Mons. Federico Melendro SJ. De 1965 a 1966 estudió un diplomado en Pastoral y Catequética en el Instituto Lumen Vitae de Bruselas. Culminó su formación con la Tercera Probación en Salamanca de 1966 a 1967 y el 2 de febrero de 1971 pronunció sus Últimos Votos en la misma ciudad.
La vida apostólica de Fermín se desarrolló entre España y Perú, donde se dedicó a la docencia, la catequesis, la labor pastoral y de acompañamiento, teniendo especial cuidado, cariño y cercanía con los pobres y vulnerables.
Luego de su ordenación sacerdotal, Fermín vivió en Salamanca de 1967 a 1977, realizando diversos trabajos: colaborador en la liturgia del templo de la residencia jesuita, profesor en la Escuela Universitaria de Formación Profesional, Capellán de Gitanos en Cáritas, profesor de cursos de catequesis en la Delegación Diocesana de Catequesis y director del cine club de la Congregación Universitaria FECUM. De 1977 a 1990 pasó a vivir en su natal Navia, Asturias, donde fue párroco en la Diócesis de Oviedo y profesor de filosofía en el Instituto Manuel Suárez. De 1990 a 1993 trabajó como coadjutor de la parroquia de Vigo y profesor de religión en el Colegio Apóstol.
Fermín llegó al Perú a fines de 1993, como respuesta al pedido del Provincial del Perú al Provincial de España de un jesuita para trabajar en la Amazonía. Desde entonces hasta 2017, trabajó en la zona de selva del Vicariato San Francisco Javier, primero como párroco de la Parroquia Virgen de Fátima de Santa María de Nieva, Condorcanqui, y luego de la Parroquia de Chiriaco, Bagua. Fermín será recordado por su trabajo pastoral cercano y ameno, por su disponibilidad para celebrar los sacramentos con la gente del pueblo y por llevar cine a las comunidades, creando momentos de alegría y conexión. También se caracterizó por su valentía para defender a los más frágiles y enfrentar las injusticias, priorizando siempre el bienestar de quienes más lo necesitaban. De esa manera sembró amor y justicia, y su legado nos invita a hacer lo mismo.
En 2018 fue destinado a la enfermería jesuita de Fátima, Lima, donde pasó sus últimos años cuidando de su salud y colaborando en la parroquia y en el Penal de mujeres Santa Mónica de Chorrillos.
Demos gracias a Dios por la vida y misión de Fermín, en especial por su vocación misionera que lo llevó a la Amazonia peruana para anunciar el mensaje de paz y justicia del Evangelio.
Homilía pronunciada por el P. José Luis Gordillo SJ sábado 21 de setiembre, Parroquia Nuestra Señora de Fátima de Miraflores..
Quiero empezar leyendo un pedazo de la carta que Fermín escribió a su familia al llegar a Santa María de Nieva el 26 de noviembre de 1993. (Carta N° 3)
"Queridos todos: Esta es mi tercera carta desde el Perú, pero la primera desde Santa María de Nieva, mi estación término del más largo, arriesgado y espectacular viaje que he hecho en mi vida desde Lima, en la costa sur a orillas del Pacifico, hasta Nieva, en la selva norte a orillas del Marañón. Llegué ayer, jueves 25 de noviembre, con muchas cosas que contaros… Salimos de Jaén a las cinco de la tarde del pasado miércoles día 24 después de despedirnos de Mons. José María Izuzquiza, Obispo y Vicario del Vicariato de San Francisco Javier, agradeciéndole su bendición y buenos consejos junto con sus últimas ocurrencias chistosas que son la manifestación de su permanente buen humor. Así, riéndonos, salimos de la sede del Vicariato hacia su parroquia en plena selva, capital de la provincia de Condorcanqui desde el año 1984. El chofer de la camioneta se llama Walter y los pasajeros somos dos: Manuel Ruiz del SAIPE acompañado de la importante semilla brasileña que nos apremia a viajar con la mayor rapidez posible, y el que os escribe, que es el único de los tres que entra por primera vez en la selva y solo desea llegar a Nieva cuanto antes pero no sin detenernos de paso en Yamakaientsa para saludar al P. José María Guallart. Nuestro plan era, pues, cenar en El Muyo (último centro poblado no nativo antes de la selva), dormir en Chiriaco (Walter en su casa y los dos españoles en el colegio de las Siervas de San José en el mismo Chiriaco) y, a primera hora de la mañana, viajar desde Chiriaco a Imacita, puerto fluvial del Marañón, donde embarcaríamos para Nieva.
Cuando dejamos El Muyo ya había anochecido. ¿Y la selva? Le pregunté a Walter cuánto faltaba para entrar en ella. Me respondió: «Hace tiempo que estamos dentro de la selva». Y yo sin enterarme. Efectivamente observé que ya habíamos abandonado el asfalto y caminábamos sobre tierra y piedras en medio de la noche entre dos como muros de espesura verde compacta y continua, iluminada sólo por los focos de la camioneta. Pensé si alguna fiera podía saltar a la carretera y crearnos algún problema. Entonces descubrí al final de una recta dos grandes bultos que parecían moverse sobre la carretera. «¡Cuidado!»-dije en voz alta- e inmediatamente me avergoncé de la palabra dicha cuando descubrí, ya más cerca, que los dos temibles bultos eran dos mansísimos burritos asustados por nosotros. Walter se reía. Mas allá casi aplastamos a una ranita y después un gato dio un gran salto para librarse de nuestras ruedas. Y todo parecía una selva al revés de lo previsto. Nuestra camioneta era la única fiera salvaje que sembraba el terror a todos los pacíficos animales de aquella tranquila selva".
Queridos hermanos y hermanas,
Hoy nos reunimos para recordar y celebrar la vida de nuestro querido Fermín Rodríguez Campoamor, un sacerdote que dedicó su vida al servicio y amor de las comunidades de la Amazonía. Con 91 años de vida, 73 de ellos como jesuita y 60 desde su ordenación sacerdotal, su legado perdura en cada uno de nosotros.
Fermín nació el 4 de marzo de 1933 en Navia, Asturias, España, y a los 17 años ingresó al Noviciado en Salamanca. Desde sus primeros años, mostró una vocación profunda que lo llevó a estudiar Filosofía y Teología, siendo ordenado sacerdote el 14 de julio de 1964. En 1993, llegó a Perú, donde trabajó en el Vicariato de Jaén y se estableció en Santa María de Nieva, Condorcanqui, Amazonas, donde permaneció hasta 2017. Durante esos años, se desempeñó como párroco y construyó vínculos sólidos con las comunidades Awajún y Wampis.
La vida de Fermín fue documentada en su libro Cartas desde la selva, donde relata sus experiencias y reflexiones desde 1993 hasta 2001. En estas cartas, podemos encontrar sus primeras sensaciones al llegar a esta tierra nueva y su deseo de insertarse en la vida de la comunidad. Cada página refleja su amor por la Amazonía y su compromiso inquebrantable con los más vulnerables.
Fermín no solo compartió la Eucaristía, sino que también llevó cine a las comunidades, creando momentos de alegría y conexión. Recuerdo las noches que compartimos viendo películas de Charles Chaplin, donde su risa y su cercanía iluminaban nuestros corazones.
Su valentía al defender a los más frágiles es un testimonio de su espíritu indomable. Nunca dudó en enfrentarse a las injusticias, priorizando siempre el bienestar de quienes más lo necesitaban. En su vida, Fermín sembró amor y justicia, y su legado nos invita a hacer lo mismo.
En la tradición jíbara, a la que pertenece el pueblo Awajún, las mujeres del clan se encargan de la agricultura y siembran, junto a las semillas de Yuca o maní, unas piedrecitas conocidas como "Nantaj" que representan una suerte de amuletos que sólo funcionan cuando un "Anent" les da una finalidad específica, un deseo. Al igual que ellas, Fermín sembró en muchos corazones semillas de alegría, amor y justicia, recordándonos que todos, sin importar género o identidad, tenemos la capacidad de cultivar lo mejor de nosotros. Su vida nos mostró que sembrar amor es una tarea que nos une como humanidad.
La segunda imagen que quiero evocar es la de los wacanes, las mariposas azules que simbolizan el paso a otra dimensión. Aunque Fermín ha dejado esta vida, su espíritu sigue volando entre nosotros, trayendo alegría y esperanza. Nos invita a vivir con amor y a celebrar la vida, recordándonos que su legado continúa vibrante en nuestras acciones y en nuestros corazones.
"Por eso, la tentación en que me dejo caer fácilmente, si ellos me lo permiten: hacerles una foto para mantener el recuerdo del encuentro. Una foto-estampa, un icono para admirar y venerar la obra y la presencia de Dios en sus rostros, en su cuerpo, en sus vidas. Así, de pronto, te encuentras en medio de la selva como dentro de una catedral. Ya os lo dije hace cuatro años desde el Cenepa (Carta N° 46 del 6 abril 1997). Es decir, la selva es una catedral hecha por El mismo con piedras vivas, no muertas, sin muros ni puertas cerradas, con espacios libres por donde Dios se pasea con el hombre como en el Paraíso al caer de la tarde con Adán-Humanidad (Gen 3,8). Nada hay comparable a un rostro humano y no hay cumbre que me acerque más a Dios a quien no le gusta ya aparecer en las montañas ni en las nubes o estrellas asombrando o amedrentando a los hombres, sino mirándonos horizontalmente, -sonriendo o llorando- en esos rostros que descubrimos cerca de nosotros y nos acompañan y encontramos vivos y pobres en medio de la selva" (Carta N° 80, 2001).
Hoy, al despedir a Fermín, honramos su vida no solo con tristeza, sino con alegría por el impacto que tuvo en nuestras vidas. No siempre coincidimos en las visiones que teníamos sobre el mundo amazónico, pero Fermín conocía muy bien el Río Nieva, las partes más bajas y lo difíciles que eran las partes altas del río en las que el inolvidable y risueño Pangusho recomendaba dejar el bote grande y seguir el viaje en peque-peque para ir en medio de las Cashuelas y llegar hasta las últimas comunidades en donde los Etsejeins lo esperaban para oírlo hablar en las visitas, estar en la misa, ver películas y recibir la catequesis.
Su amor, terquedad, dedicación, libertad y valentía son un llamado a cada uno de nosotros a seguir sembrando en el mundo semillas de respeto y dialogo, como lo hacen las mujeres Awajún, a ser portadores de alegría y esperanza, tal como él lo fue.
Alguna vez el inmortal Jorge Guillén escribió sobre la resurrección unos versos en los que parece que nos encontramos todos un día como hoy, sábado:
Sábado.
¡Ya gloria aquí!
Maravilla hay para ti.
Sí, tu primavera es tuya.
¡Resurrección, aleluya!
Resucitó el Salvador.
Contempla su resplandor.
Aleluya en esa aurora
que el más feliz más explora
Se rasgan todos los velos.
Más Américas, más cielos.
Ha muerto, por fin, la muerte.
Vida en vida se convierte.
Que la memoria de Fermín nos inspire a vivir con generosidad y amor, creando un mundo donde cada uno se sienta valorado y acompañado. Que así sea.
Del artículo Javier Junceda para "La Nueva España" de Asturias 21 SEPT 2024
Polemista y ágil conversador, bienhumorado, escritor incisivo, te miraba a los ojos cuando te hablaba. Soñaba con volver por las fiestas de La Barca a Navia, pero barruntaba que era ya imposible. Cuando retornaba era muy feliz entre los suyos. Y deja una huella imborrable en su concejo natal, donde fue profesor y cura.
Fermín pasa a engrosar la larga nómina de santos asturianos en el Perú, ya estén en curso oficial de serlo o no. Se une a los Apaktone o madre Covadonga, entre un larguísimo etcétera. El cielo se está llenando de venerables asturianos que seguro que ayudarán a interceder por su tierra natal.
Venancio Martínez Suárez https://www.lne.es/asturias-exterior/2024/09/22/jardin-hora-brisa-108401787.html
Esta segunda etapa la separa a su vez en dos señaladas por la fecha del 5 de junio de 2009, en la que el gobierno de Alán García "arremetió con armas de guerra contra un pueblo que reclamaba pacíficamente sus derechos", provocando en pocas horas –según las fuentes de información más creíbles– la muerte de 33 indígenas y militares, además de cientos de heridos. En Perú se conoce este trágico enfrentamiento como "El baguazo", la masacre de Bagua, de la que Fermín fue protagonista en primera línea con su presencia, su apoyo a las víctimas y unas beligerantes "Hojas parroquiales", recopiladas en 2013 con el título "Una herida abierta" y desde las que también realizó la crónica de la situación de los tres nativos "awajunos" que llevaban recluidos improcedentemente (sin pruebas, sin asistencia legal, sin traductores, sin ser juzgados) más de cinco años. De Santa María de Nieva se trasladó en aquel fatídico 2009 a la próxima parroquia de Chiriaco, más cerca de La Curva del Diablo y La Estación 6, donde se produjeron la mayor parte de los fallecimientos. Tras 25 años en la selva ("los mejores de mi vida", decía) pasa a residir en Lima forzado por algunos problemas de salud.
En una de sus cartas nos recuerda que llego a Santa María de Nieva "cuando lucía un sol espléndido del mediodía", descubriendo desde la embarcación sobre una colina de la margen derecha "un pequeño y hermoso pueblo concentrado bajo una iglesia blanca que se reflejaba en el río", y que le trajo (…) "inevitablemente el recuerdo de mi pueblo natal". Navia y nieva, semejanza fonética; "el río en la base, el caserío en la colina al pie de la iglesia blanca en la cumbre". (…) "Voy a poner por primera vez mis pies en esta tierra firme, nos contaba, la más querida, donde Dios quiere que camine o navegue para llevar el evangelio a todos". Relata su primera entrada en la selva (19 de diciembre del 93): "Te sobrecoge entrar en ella, pero de pronto te familiarizas". […] "Lo más acogedor es la sombra que te acompaña y suaviza tus sudores y te libera de tus imaginaciones novelescas de aventuras…". Con los días va penetrando en un cambio de cultura y de medios que exige un desprendimiento radical, en el que todos los aspectos de su vida pasaron a estar determinados por cosas y personas diferentes. La primera reconversión debió de ser el renunciar a los privilegios del mundo que dejaba y, en alguna medida, desintoxicar el corazón, que es lo que en nosotros decide nuestra toma de posiciones y nuestro valor. Puede suponerse por sus comentarios que empezó a ser desde el primer día un hombre diferente, indudablemente mejor. Su vida y sus relatos son buena prueba de todo ello. Tuvo claro hasta el fin su encargo de sembrar la fe, sin claudicar, con valentía y generosidad; y hasta con alegría y buen ánimo, palabras que se repite con frecuencia. Recibió muchísimo cariño y muchas personas que no conocía oraron con él y por él, lo que puede imaginarse que reforzó su voluntad de contribuir a mejorar su mundo. En una de sus misivas hace un canto de apego e identificación con todo lo que le rodea: "Nada de lo creado con ser tan maravilloso es imagen de Dios: solo los hombres y mujeres lo son. Y allí, en medio de ese paraíso que sigue siendo la selva, logro ver a Dios de la única manera posible para nuestros ojos: en la mirada y la sonrisa, y en las lágrimas también, de quienes son sus imágenes". A lo que suma unas palabras históricas: […] "Dios paseaba por el jardín a la hora de la brisa (Gen. 3,8)".
Entendió muy bien el implacable mandato de venerar y perseguir la voz de Cristo en los que poseen bondad natural, la bondad llena de dones interiores. La sencillez, la alegría de cada día, la generosidad. De quienes incluso cuando sufren la violencia no cargan con amargura ni sienten afán de venganza: la religión les ofrece la posibilidad de echar fuera cualquier odio y sanar las heridas. Hablarles de religión es precisamente eso, intentar sanarlos.
El Padre Fermín escribió magníficamente, con gran naturalidad y acierto, que no le abandonan ni cuando está relatando las cosas más nimias. Observa profundamente, lo que explica la gracia de alguna de sus descripciones. El corazón siente, se suele decir, y deja a la escritura la facultad de contar. Es así.
Fermín Rodríguez Campoamor fue profesor de filosofía en el Instituto "Manuel Suárez" de Navia a finales de los años 70 del pasado siglo, en un momento de gran efervescencia social y política. Fue un gran docente, pudiendo quienes fuimos sus alumnos recordarlo caminando por la parte anterior del aula dirigiéndose a nosotros con el libro abierto sobre sus manos, entresacando de sus páginas textos, ideas de los movimientos de pensamiento, referencias biográficas de los grandes filósofos de cualquier tiempo. Cabeza ordenada, palabra precisa y clases bien preparadas. Recuerdo sus exámenes como exigentes, sus calificaciones como generosas. Es decir, que además de enseñar y formar, entiendo que buscaba reconocer a los que se salían de los que pertenecíamos al montón. Se reía con facilidad y podía mostrar un gesto severo si se le distraía durante la lección.
https://inmemoriam.jesuitas.pe/2024/09/20/p-fermin-rodriguez-campoamor-sj/