DILEXIT NOS, PAPA FRANCISCO Y ABELARDO

José Antonio Benito

Si Abelardo siguiese con nosotros en la tierra habría leído con devoción y ternura la encíclica que el papa Francisco dedicó al Sagrado Corazón de Jesús y que vino a ser su testamento o legado espiritual. Por muchas razones. En primer lugar, por ser del papa, vicario de Cristo, dulce Cristo en la tierra; por estar tan identificado con la espiritualidad ignaciana, por estar enamorado de Cristo y como hombre vital que tanto sabe del corazón, de su miseria y su grandeza, que le hace sentir pecador, miserable, pero que confía audazmente en el Señor; no en vano su lema era «le misericordió»[1].

Como acertadamente enfatizó el teólogo Ottavio de Bertolis, «para comprenderla correctamente, necesitamos una especie de purificación interior, una regeneración espiritual, que nos permita captar las profundidades de las Escrituras y los testimonios de los santos, a los que esta encíclica nos abre»[2]. En ello se empeñó Abelardo con todas sus fuerzas, de modo especial en las convivencias de verano que desde 1979 a 1992 mantuvo con cientos de jóvenes en la casa de ejercicios de Villagarcía de Campos regentada por la Compañía de Jesús.

Inolvidables son los puntos de meditación en los que, como auténtico maestro de oración, nos enseñó a orar, contemplar, compartiendo tanto su rico magisterio sobre la oración ignaciana como su vivencia contemplativa del saberse amado por el Corazón de Jesús. Frente a la desgana, el desánimo y el desaliento de los años juveniles, nos contagió su pasión por el Corazón de Jesús y, a través de la Virgen, volcó en nosotros mil y un argumentos para confiar siempre en su misericordia.

De los 30 minutos que dedicaba aproximadamente a los puntos de cada noche como preparación de la oración matutina, un tercio se lo llevaban los «avisos», las «adiciones» referentes al control del cuerpo, cuidado de la vista, de la lengua, la imaginación, concentración, en grupo (siempre que se pudiese), examen de conciencia, buscando la unión con Dios las 24 horas del día. En varias oportunidades nos citó a san Pedro Fabro: «Los que solo desean hacer oración y en el momento en que la empiezan nunca encontraran en ella devoción a no ser por un milagro. En medio de todas las ocupaciones el corazón debe hacer todos los esfuerzos para arrancarse de ellas»[3].

Al igual que Francisco en el primer apartado de la encíclica, Abelardo sabía de primera mano cuán importante es el corazón, estar enamorado de verdad, el fuego de la pasión, cómo puede cambiar el mundo desde el corazón; las anécdotas tan vivas, muchas personales, relatadas con tanto colorido nos llegaban al hondón de nuestra alma. Y en el segundo apartado, los «gestos y las palabras de amor» como centro, núcleo, origen y manantial del cristianismo. En la tercera parte —El corazón que tanto amó— queda claro que la devoción al Corazón de Cristo es «a Jesucristo entero, el Hijo de Dios hecho hombre, representado en una imagen suya donde está destacado su corazón».

            Es —según los capítulos 4 y 5— como se manifiesta en las Sagradas Escrituras, la tradición viva de la Iglesia especialmente en los santos, san Francisco de Sales, san Claudio de La Colombière, san Carlos de Foucauld y santa Teresa del Niño Jesús, la propia Compañía de Jesús y toda una larga corriente de vida interior manifestada en la devoción del consuelo. Por su parte, en las experiencias espirituales de santa Margarita María, junto a la ardiente declaración de amor de Jesucristo, encontramos también una resonancia interior que interpela a dar la vida.

¡Cómo se enardecía Abelardo en los amaneceres de los Montes Torozos ensanchando nuestros ideales como respuesta al llamamiento del Rey Eterno y Señor Universal! De igual modo, acercándonos contemplativamente ante el mayestático Cristo de la capilla doméstica de Villagarcía. Tales elevadas propuestas gustaba aterrizarlas en los detalles concretos de puntualidad, orden, aprovechamiento del tiempo, superación en el deporte, tomar notas en los puntos de meditación, visitas al Santísimo, caridad fraterna…, resaltando lo decisivo que es vivir la santidad, la unión con Dios para proyectarlo todo en los demás, especialmente en los pobres, como nos alienta León XIV en su primera exhortación apostólica Dilexi te.

Así lo resaltó Francisco en la conclusión de la encíclica: «lo escrito en las encíclicas sociales Laudato siFratelli tutti no es ajeno a nuestro encuentro con el amor de Jesucristo, ya que bebiendo de ese amor nos volvemos capaces de tejer lazos fraternos, de reconocer la dignidad de cada ser humano y de cuidar juntos nuestra casa común» (n.º 17).

Nos lo comparte Abelardo con su estilo inconfundible en el día del primer viernes del año 1979:

Es importantísimo que entremos hacia el Corazón de Jesús, que todos arranquemos la gracia a la Virgen, […] de este conocimiento interno del Corazón de Jesús. Fijaros que se trata de penetrar en lo interior. Es lo que pide san Ignacio: conocimiento interno del Corazón de Jesús. Porque todos nuestros desalientos, todos nuestros desánimos en la lucha por la santidad, en el apostolado, en la vida en general; viene de que no acabamos de conocer a Jesús.

Nos acompañan las palabras con las que empieza san Juan de Ávila su Tratado del Amor de Dios: «Lo que más mueve el alma a amar es saber el amor que nos tiene Dios, su benditísimo Hijo Jesucristo Nuestro Señor».

[…] Cuando tú quieras moverte amar a Dios, piensa primero en el amor que él te tiene, en Jesús, la riqueza tan grande que hay en el Corazón de Jesús, síntesis de toda la religión. El Corazón de Jesús, el Verbo de Dios encarnado, íntegro hombre, íntegro Dios —dice san León Magno— en Jesús; que toda una vida es insuficiente para ir penetrando en el Corazón de Jesús. Dile a la Santísima Virgen: ¡Madre, emborráchame en amor al Corazón de Jesús! ¡Que yo le quiera! ¡Que vaya penetrando en su amor! Porque así será imposible que un militante cristiano dude del camino emprendido, se desaliente».

El Papa culmina pidiéndole al Señor «que de su Corazón santo broten para todos nosotros esos ríos de agua viva que sanen las heridas que nos causamos, que fortalezcan la capacidad de amar y de servir, que nos impulsen para que aprendamos a caminar juntos hacia un mundo justo, solidario y fraterno» (n.º 220).

 



[1] "Miserando atque eligendo":"Lo miró con misericordia y lo eligió"

[3] A. Alburqueque S.J, "En el corazón de la reforma. `Recuerdos espirituales` del Beato Pedro Fabro S.J. Colección Manresa 21. Mensajero-Sal Terrae, Bilbao-Santander, 1999, p.97.

Categories: