JOSÉ RAMÓN RODIL Y LA RENDICIÓN DEL CALLAO

(El Bicentenario definitivo de la Independencia:23 enero 1826)

 

José Antonio Benito

 

Aunque casi siempre tomamos 1821 como el año clave de la independencia o emancipación del Perú, y el 1824 por la batalla de Ayacucho, la fecha definitiva será la de 1826, 23 de enero cuando los soldados realistas atrincherados en el Real San Felipe mandados por Rodil se rinden ante el ejército patriota del Perú comandado por el venezolano Bartolomé Salóm.  

 

José Ramón Rodil y Galloso[1] cuenta con una larga trayectoria, forjada al calor de las dos independencias –la española frente a Napoleón y la americana frente a Sucre y Bolívar- y que prolongó en España como varios de los denominados "ayacuchos"[2] ocupando puestos sobresalientes en las esferas del poder. 

 

El futuro Marqués de Rodil nació en Santa María de Trobo (Lugo), 5.II.1789 y comenzó sus estudios en el Seminario de Mondoñedo. Al igual que los protagonistas de la Independencia americana tuvo su bautismo de fuego y primeros pasos en la lucha contra Napoleón en la Guerra de la Independencia española. Estudiante en la Universidad de Santiago de Compostela al levantarse España contra Francia, secundó la conducta de la mayoría de sus compañeros de aulas, al alistarse en el Batallón Literario de Santiago. Comandante al término de la contienda, viene para América por junio de 1816 con el Regimiento Infante don Carlos para combatir a los llamados "insurrectos" americanos, junto al ejército del virrey Pezuela. La energía y decisión con las que interviniera en la batalla de Maipú (5 de abril de 1818), protegiendo con su regimiento —el II de Arequipa, constituido íntegramente por "indios, mulatos y negros" — parte de la retirada y evitando la desbandada de varias unidades realistas ganadas por el pánico, elevó su reputación al tiempo que le merecía el ascenso a coronel, otorgado por Pezuela en abril de 1820, poco antes de su designación como gobernador militar de Guamanga y luego de Lima. Partidario del absolutismo, el periodo del Trienio Liberal le acarreará dificultades con los militares liberales como el general Canterac que había reemplazado al virrey Laserna, con el que mantuviera, como con su antecesor Joaquín de la Pezuela, estrecha relación.

 

Su oportunidad se le presentó cuando fue el único oficial español que estaba en condiciones de ofrecer resistencia tras el fin del ejército realista en la batalla de Ayacucho. Mientras aguardaba estos refuerzos de España, Rodil se encargó de aliviar la estadía de defensores y civiles atrincherados en el Real Felipe. Sin embargo, las posibilidades de seguir resistiendo disminuyeron desde octubre de 1825. No solo se enteró de que España no los auxiliaría, sino que también tuvo que enfrentarse a enemigos a los que no podía derrotar, como el hambre, la muerte y las enfermedades. 

 

El asedio de las tropas libertadoras, unos 4.700 soldados, dirigidas por el venezolano Bartolomé Salom, consistía en bombardear con artillería pesada al puerto del recinto amurallado. Como dificultades insoslayables estarán el alimentar a una población civil de miles de refugiados y el asegurar un estricto régimen casi carcelario que evitase las deserciones. Se entiende que en un solo día Rodil fusilase a 36 conspiradores.

 

Nadie mejor que el médico y político Hipólito Unanue para describir el estado del sitio, convertido en una prisión tanto dentro como fuera de la fortaleza:

Rodil sigue defendiéndose obstinadamente y no pasa día sin que se haga fuego fuerte contra él. Por su parte tiene una vigilancia enorme y apenas ve que se pasa alguno del pueblo o que se trabajó en la línea, cuando cubre de balazos el sitio, así es que no se pasan de miedo muchos que desean hacerlo[3].

 

Jorge Luis Castro plantea que existía una posibilidad real de recibir auxilios desde España y que la decisión de Rodil obedecía a un factor racional y no a un capricho que no tenía posibilidad alguna. A su juicio, después de setiembre de 1825 esta posibilidad dejó de ser factible y las muertes y sacrificios fueron verdaderamente inútiles. Influyeron en la decisión del Jefe de la Plaza en este segundo momento, una concepción del honor llevada al extremo y una extrema noción de cumplimiento del deber que se transformó en una obsesión que costó la vida de muchas personas[4].

 

Para el mes de Enero de 1826, las posibilidades de seguir con la resistencia se hacían cada vez más inciertas para Rodil. El escenario político y militar en el Perú y el continente se había consolidado en favor de la República. Las acciones militares de los patriotas para presionar por mar y tierra en contra de las débiles defensas del castillo y las crecientes deserciones y el aumento de la oposición militar interna se hicieron más consistentes. En este escenario, sin recursos y con la adversidad de la opinión pública de parte de su tropa y actores políticos, Rodil procedió a abrir las negociaciones buscando una capitulación favorable a sus intereses. La última semana de enero del mismo año, una cantidad considerable de soldados republicanos formados en dos filas, marcharon desde el pueblo de Bellavista para tomar el control militar del interior de los castillos y con ello el fin de la resistencia española en contra de la independencia.

 

A pesar de todo, sorprende la actitud del Consejo de Estado de España que poco antes de la rendición deja en el Acta de su reunión que el secretario de Despacho de Guerra leyó el papel que le dirige "el Comandante del Callao D. José Ramón Rodil (29 de julio de 1825) en que dice que todas las disposiciones que le han llegado de SM…están verificándose de la manera que tiene avisada por diversos conductos, y que no hay obstáculo que no venza con la lealtad, valor y constancia de los Jefes, oficiales, tropas y habitantes de aquella benemérita guarnición y Pueblo; y que el Pabellón español tremolará en aquellos baluartes todo el tiempo que se ha calculado conveniente"[5].

 

Como atinadamente escribe M. Saavedra, si en España "una venda cubrió los ojos de los gobernantes que no supieron …ver la realidad de lo que sucedía en América", en el Callao "un hombre resistía contra toda esperanza, enarbolando una ajada y harapienta bandera de lealtad a la causa realista"[6].

 

El 23 de enero a las ocho y media de la mañana, marcharon con dirección a la plaza 800 soldados republicanos ubicados en dos filas desde el extremo del pueblo de Bellavista hasta la puerta principal de la fortaleza. Hechos los relevos conforme a ordenanza, el coronel Pedro Aznar colocaba en manos de Salom las llaves de la Plaza y éste ordenó que los 200 artilleros de la columna de cazadores inmediatamente tomaran posesión de la fortaleza, enarbolando la bandera nacional en todas sus instancias. Los sitiados desfilaron a tambor batiente y banderas desplegadas por las calles que los vencedores habían formado, llegando a entregar en el campo de batalla sus armas y correajes. Como último defensor del dominio español en Sudamérica, forcejea hasta lo último frente al general Bartolomé Salom (1780 -1863). Rodil, vestido con uniforme de gran parada, presencia el desfile de los suyos; cumple con los trámites de entrega y se despide bajo los cánones militares de aquella época para luego embarcarse a bordo de la Briton.

 

Cuando las tropas republicanas ocuparon los almacenes del Real Felipe, se sorprendieron al encontrar nueve banderas y un gallardete que fueron remitidos donde el general Salom; éste al ver tan importante hallazgo lo comunica al Ministro de Guerra y Marina Juan Salazar, quien determina se reserve una de ellas para ser entregada al poder ejecutivo de Colombia. Las demás fueron enviadas a la catedral de Lima y a la iglesia Nuestra Señora de la Merced, por ser ésta la patrona de las armas de la república.

 

Al salir de la plaza, el ejército patriota le rinde los honores correspondientes a su grado militar, viaja con Sir Murray Maxwell por el Cabo de Hornos rumbo a Río de Janeiro, desembarcando en la Coruña el 24 de agosto con todos aquellos que se llevó del Callao, incluido su fiel guerrillero Atanasio Pamo. En España fue recibido con los máximos honores por Fernando VII y distinguido con la gran cruz de Isabel la Católica, la cruz de cuarta clase de la real y militar orden de San Fernando y el título de Castilla con la denominación de marqués de Rodil, así como el nombramiento de jefe de la Brigada de Cazadores Provinciales de la Guardia Real y mariscal de Campo. Hasta el final de su vida, figurará en altos puestos políticos.

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Comparto los interesantes TEXTOS PUBLICADOS por mi buen amigo Juan José Ibarra, https://www.facebook.com/rincondehistoriaperuana

DOS SEMBLANZAS DE RODIL.

El viajero Hugh Salvin fue un religioso protestante que llegó al Perú en la flota inglesa, como capellán. En su relato publicado en 1829 se refiere a Rodil como: "El general Rodil es extremadamente sencillo en su modo de vida; se dice que gasta toda su paga en dar una mesada a los oficiales de su ejército, a muchos de los cuales ha ascendido desde soldados. Observé el cuarto interior donde despacha; estaba sencillamente amoblado, y tenía evidentes influencias inglesas, con marcos dorados colgados alrededor. Es uno de los hombres más activos que uno se pueda imaginar, todos los detalles de trabajo para el fuerte pasan por sus manos. Cuando fue elegido para dirigir el fuerte, encontró un ciento de mosquetes echados de lado como inservibles, los examinó y poniéndose a trabajar con la fundición, enseñó a su gente cómo repararlos".

Viajero inglés Robert Proctor que estuvo en el Perú entre 1823 y 1824: "Rodil es un hombre de índole feroz y tiránica, temido en todo el país por su crueldad. En el momento de alejarse de la costa Sur, hizo matar públicamente a azotes al alcalde de Pisco, porque éste había favorecido a los patriotas; y durante tres semanas siguientes a su arribo al Callao, se decía haber fusilado cincuenta de sus hombres: descargas de mosquetería se oían con frecuencia de noche, cuando se sacrificaban nuevas víctimas a su severidad. Sin embargo, en manera alguna se le consideraba valiente en la pelea, y el virrey nunca le confirió mando que requiriese coraje o talentos militares. Tenía buena cabeza para negocios, y por tanto era gobernante útil en un país sometido a ley marcial. Su aspecto era verdaderamente insignificante y el vestir sucio y desaliñado. Se parece mucho al judío, con larga barba negra y cara cetrina, y generalmente usa gran sobre todo verde que llega a los talones con mangas hasta la punta de los dedos".

REFERENCIAS
Castro, Jorge Luis (2014). "Los castillos del Callao antes de la paz de Ayacucho: el brigadier José Ramón Rodil y el juicio de la historia". Revista del Archivo General de la Nación 29 (1), 265-285.

Rodríguez, Christian (2017). Las ultimas banderas. Rodil, el Callao y las últimas batallas por la independencia del Perú (1824-1826). Tesis de licenciatura UNMSM. 

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EL REGIMEN DE RODIL. Rodil como encargado de los castillos del Callao "impuso un régimen de espionaje y terror" como anota Timothy Anna. "Unas 200 personas fueron ejecutadas por Rodil bajo el cargo de conspiración. Se creó un sistema especial de espionaje, y el menor signo de protesta era castigado con la ejecución". (p. 307)

En el interior de los castillos también permanecían civiles. Las provisiones se iban a acabando, para evitar quedarse sin alimentos Rodil llegó a expulsar a los civiles que no habían traído sus propias provisiones.

"Poco a poco, 2,380 refugiados civiles fueron echados a la tierra de nadie que separaba los fuertes del ejército patriota. En las primeras semanas los patriotas recibieron a los civiles expulsados, pero cuando se dieron cuenta de que el objetivo de enviados fuera era para preservar las provisiones para los soldados realistas, los patriotas decidieron no admitir a los civiles detrás de sus líneas. Muchos murieron de hambre en la milla de tierra que separaba a ambos bandos". (p.307)

Rodil también liberó a los prisioneros patriotas que tenía para ahorrar alimentos, mientras esperaba la ayuda desde España, su único objetivo era resistir y mantener intacto el honor del ejercito realista frente a las reiteradas peticiones de rendición recibidas. (Juan José Pacheco Ibarra) Foto: Real Felipe por Garreaud.

REFERENCIAS

Anna, Timothy (2003). La caída del gobierno español en el Perú: el dilema de la independencia. Lima, Instituto de Estudios Peruanos.

BARTOLOMÉ SALÓM. Nació en Puerto Cabello el 24 de agosto de 1780.

Participó en las campañas de independencia primero con Francisco de Miranda y luego con Simón Bolívar.

Llegó a Trujillo el 11 de noviembre de 1824 de allí se dirigió al Callao donde se le encargó sitiar la fortaleza del Real Felipe, donde se encontraban los realistas junto al general Rodil.

Gracias a las investigaciones de Christian Rodríguez podemos conocer algunos detalles de la misión de Salóm, quien una vez recibido el encargo de conseguir la rendición de las fortalezas del Callao, envió destacamentos hacia Bellavista, donde se fue formando el cuartel general.

Salóm comenzó a atacar los baluartes del Real Felipe con tres piezas de campaña con el fin de impedir la salida del ganado del castillo que servía de alimento para los sitiados.

Durante esos meses tuvo que afrontar problemas como la llegada de personas que se pasaban a sus filas con fiebre, escorbuto y disentería, poniendo en riesgo de contagio a los sitiadores. Salóm dejó de aceptar a los que abandonaban la fortaleza con el fin de que el hambre los hiciera rendirse, pero dada la delicada situación, tuvo que aceptar a estos grupos.

En diferentes momentos el general Salóm propuso a Rodil la rendición, pero éste no aceptó. En diciembre de 1825 Salóm ordenó un ataque a la fortaleza donde causó grandes destrozos.

Finalmente, el hambre, las enfermedades y la desesperanza obligó a los realistas a rendirse y entregar la fortaleza ante Salóm el 23 de enero de 1826. Salóm quiso imponer duras condiciones a los sitiados, pero tuvo que negociar con ellos la rendición en condiciones humanitarias.

El coronel Pedro Aznar le entregó a Salóm las llaves de la fortaleza, ordenando inmediatamente ocupar la fortaleza y colocar la bandera nacional.

Al año siguiente, Salóm regresó a Venezuela, donde ocupó puestos en la administración pública hasta su muerte en Puerto Cabello, el 30 de octubre de 1863.

En el puerto del Callao existe un jirón con su nombre. (Juan José Pacheco Ibarra).

REFERENCIAS

Rodríguez, Christian (2017). Las últimas banderas. Rodil, el Callao y las últimas batallas por la independencia del Perú (1824 - 1826). Tesis de licenciatura UNMSM.

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EL ENGAÑO DE LA REVOLUCION. "El Perú se había preservado años y siglos del funesto espíritu del vértigo que ha contraído accidentalmente el género humano; pero no estaba exento de padecerlo a su vez, ni de sufrir su influencia o efectos espantosos, y entró en el movimiento general de las turbaciones políticas que promovió descubiertamente la Francia en 1789. Veinte años tardó en llegar o introducirse en nuestras posesiones ultramarinas: fueron sus conductores los Gobiernos extranjeros: viéronse sus agentes, y aún algunos comisionados nuestros, enviados con el título de pacificadores, encender la tea de la discordia: y los pueblos americanos sin entenderlo y sin quererlo, empezaron en 1809 a tumultuarse contra las autoridades que siempre respetaron. El último de los Departamentos conmovidos fué el Perú: el último de los pueblos fué Lima; y si alguno puede disculparse, ellos no merecen acusación ni censura de sus procedimientos hasta el 29 de Enero de 1821 que entró a gobernarlos, como Virrey, el Teniente General Dn. José de la Serna. El 9 de Diciembre de 1824 le descargaron de peso tan enorme los que se llaman acontecimientos de la Guerra; pero ellos están encubiertos hoy en un misterio de que puede haber sido víctima un español tan esclarecido, y otros muchos que le acompañaban, a los cuales toca, o puede serles menos difícil el descifrarlos. Lo que yo debo decir es que sus consecuencias imprevistas, parece haber desmembrado el Perú de los dominios del Rey N. S. y han traído al Callao un sitio, y bloqueo repentino y fuerte que lo tienen en inminente peligro. Un pequeño número de hombres de honor y valor se han decidido a salvarlo como enemigos de la revolución, y si lo consiguieren habrán hecho un servicio de primer orden a su Augusto Soberano".

Así comienza el general Rodil su memoria del sitio del Callao, para él todo este movimiento fue promovido por fuerzas extranjeras que querían romper la armonía en que vivían los pueblos del Perú. Rodil y sus hombres se consideraron ellos mismos "hombres de honor y valor" contra la revolución y al servicio del Rey. Esta declaración de Rodil era compartida sin duda por muchos de sus hombres; pero también hubieron muchos refugiados que lo siguieron buscando protección de la gran persecución que iniciaron Monteagudo y Bolívar contra los partidarios del rey, muchos de ellos peruanos. (Juan José Pacheco Ibarra).

REFERENCIA

Rodil, José Ramón (1955). Memoria del sitio del Callao. Sevilla, Escuela de Estudios Hispano Americanos.

 

CAPITULACION DEL CALLAO (22 de Enero de 1826)

General en jefe.—Cuartel jeneral en Bellavista

Enero 22 de 1826.—Al Señor Ministro de guerra y marina, general de brigada D. Juan Salazar.

Sr. Ministro.—Tengo la honra de acompañar a V. S. la capitulación celebrada con el jeneral Don José Ramón Rodil, ratificada por ambas partes, á fin de que se sirva elevarla á S. E, el Consejo de gobierno para su conocimiento. —Dios guarde á V. S.—Bartolomé Salom.

Los Diputados reunidos en el camino cubierto frente a la Plaza del Callao para tratar una Capitulación entre ésta y el Ejército sitiador, y poner término a la Guerra del Perú.—A saber:— por parte del General en Gefe del Ejército sitiador, Bartolomé Salom, el Coronel Comandante en Gefe de la Escuadra unida Juan Yllingworth y el Teniente Coronel Comandante de Artillería del Perú Don Manuel Larenas: y por parte del Brigadier Gobernador de la Plaza ael Callao Don José Ramón Rodil, los Tenientes Coroneles Comandante de Artillería Don Francisco Duro e interino de Ingenieros Don Bernardo Villazón: Convencidos de la necesidad de poner término a los desastres de la guerra que por tanto tiempo ha oprimido este país: después de haber canjeado y vistos sus poderes, convienen en los artículos siguientes en el estado que a continuación se presenta:

1.°—Se concederá una amnistía o perdón general a todos y a cada uno de los individuos de cualquiera clase, sexo, o condición que fueren, así militares, eclesiásticos, como civiles y por consiguiente inviolables sus personas sean cuales fueren sus servicios al Rey. CONCEDIDO respecto a su conducta pasada hasta la rendición de la Plaza.

2.°—Los Jefes, Oficiales y empleados que prefieran restituirse a la Península a quedarse en el país, podrán hacerlo, y se les proporcionará pasaje para verificar su marcha por cuenta del Estado de la República en transporte ingles. CONCEDIDO en la inteligencia de que los empleados no pasen de tres.

3.°—Como hay algunos individuos de Tropa y gente de mar procedentes de los Cuerpos expedicionarios de la Península, y son en corto número, acreedores a regresar a sus hogares, se les permitirá su pasaje a los que gustosamente quisiesen, por cuenta del Estado del Perú hasta el Janeiro y a los demás a las provincias de su oriundez. CONCEDIDO: respecto a los Peninsulares. Los Americanos serán enrolados en los Cuerpos del Ejército sitiador.

4.°—Se permitirá que un transporte inglés venga a la Bahía a recibir sus equipages en el momento de la ratificación de la Capitulación, y los Gefes y Oficiales, Tropa y gente de mar pasarán a su bordo acto continuo que sean relevadas las guardias por el Ejército sitiador; cuyo buque servirá para conducirlos a Europa, o para conservarlos en depósito según acuerde el Gobernador con el Comandante de la Fragata de guerra de S. M. B. La Briton, mientras que se proporciona el modo de su pasage. 4° 4.°—El embarque de los equipages deberá practicarse después de la ratificación, relevo de todos los puestos de la Plaza, y correspondiente reconocimiento por los que fueren comisionados al efecto, en presencia de sus dueños.

5.°—El Gobierno de la República del Perú depositará en la misma Fragata de S. M. B. La Briton, la suma del pasaje de todos los individuos que estén aptos para marchar a la Península incontinentemente, a fin de obviar incomodidades, marcando el Señor Comandante del expresado buque el importe de cada uno, puesto que el transporte ha de ser bajo su pabellón, debiendo entregar el Gobernador en el acto de ratificar los tratados, relación nominal clasificativa de los que se hallan en semejante caso, y servirá para que un Comisario del Ejército sitiador les pase revista a certificarse de su existencia. 5°—El Gobierno de la República proveerá luego que se verifique la ratificación de este tratado, la suma necesaria a concepto de los SS. Comandante en Gefe de la Escuadra unida y de la Fragata de guerra Ynglesa La Briton, para el pasage de todos los individuos comprendidos en la relación presentada por los SS. Comisionados por la Plaza, y estos elijirán la bandera y seguridades que gusten para su cómodo transporte.

6.°—El Gobernador ratificará a bordo de La Briton la Capitulación, y desde este momento permanecerá en ella por rehenes, hasta que la guarnición del Ejército sitiador se posesione de la Plaza en la forma que se estipulará, y después quedará expedito para marcharse cuanto antes le sea posible, a dar cuenta a S. M. Católica. 6° 6.°—La ratificación se hará en la misma Plaza y su Gobernador debe presenciar la entrega, la cual verificada puede embarcarse con la parte de guarnición que ha de hacerlo en el transporte inglés destinado al efecto.

7.°—El General de Brigada del Ejército sitiador, pasará también en rehenes a bordo de La Tritón en el instante que lo verifique el Gobernador de la Plaza, y será libre de esta obligación cumplidos que sean los artículos 4.° y 5.°--- 7.°—No habrá rehenes por ninguna de las partes contratantes.

8.°—El Gobernador, jefes y oficiales conservarán el uso de uniforme y espada, y podrán llevar los asistentes correspondientes a su clase los criados que tuvieren.

CONCEDIDO.

9.°—A los jefes, oficiales, tropa y toda clase de empleados que deben quedar en el país, se les concederá por el Gobierno de la República pasaporte o licencia para regresar a sus domicilios, a donde mejor les acomode, también por cuenta de la misma respecto a los pasaportes y salvoconducto. CONCEDIDO

10.° —Los jefes, Oficiales y Tropa sacarán su ropa, dinero, libros, ajuar de servicio, monturas, asistentes, y cuanto les pertenezca a ellos y a sus respectivas familias, previa revisión de un jefe del Ejército sitiador si se considera prudente. CONCEDIDO con la prevención de que en lo respectivo a alhajas y dinero solo podrán llevar lo que valga la mitad de sus haberes en el sitio, no entendiéndose comprendido en esta clase el servicio particular de plata proporcionado a cada clase.

11.°—Los jefes, Oficiales y empleados que les acomode el servicio de la República serán admitidos en sus graduaciones respectivas. NEGADO.

12.°—Que se conserven a los eclesiásticos de todas clases y a los paisanos sus haciendas e intereses. CONCEDIDO con arreglo a la Ley de 2 de Marzo de 1825 respecto a los bienes existentes fuera de la Plaza.

13.°— Se concederán seis meses de tiempo a los paisanos, tanto seculares como eclesiásticos y empleados de todas clases, para vender sus bienes raíces, y se les permitirá retirarse con sus productos y familias al país que eligieren, igualmente que a las viudas de Oficiales que hayan fallecido en el sitio. CONCEDIDO con restricción a la misma Ley de 2 de Marzo, en toda su extensión y relaciones.

14.°—El pueblo no será vejado, ni se le exigirá más contribución que a otro cualquiera sujeto a la República. CONCEDIDO.

15.° —Los individuos de la Sección de confianza, Batallón de Obreros y guerrillas de Lima y Chancay, son considerados como de milicias, exceptuando los Oficiales del segundo, que son veteranos y gozarán de los beneficios que a cada clase dispensen estos tratados. CONCEDIDO.

16.°—Los individuos esclavos que sirven provisionalmente en los Cuerpos, volverán con sus dueños legítimos, como lo acreditarán con papeles del Gobierno que se les expidió con semejante condición. CONCEDIDO respecto a los enrolados durante el sitio.

17.°—Los heridos y enfermos de la guarnición que de ningún modo puedan viajar o navegar, serán alimentados y curados por cuenta de la República y, restablecidos, disfrutarán las mismas consideraciones que los sanos en los artículos en que cada uno en su clase se halle comprendido. CONCEDIDO.

18.°—Las banderas de los Cuerpos del infante Don Carlos y Arequipa, se concederá las lleve, en su equipaje el Gobernador. CONCEDIDO.

19.°—Los prisioneros del Ejército a la Plaza y de ésta a aquél, quedarán en libertad después de la ratificación. CONCEDIDO.

20.°—Se entregarán de buena fé las municiones, armas, cationes, morteros, obuses, útiles de la Casa de Moneda, imprenta del Gobierno, Archivos, talleres, almacenes, Cuerpos de guardia, y cuanto existe en San Miguel, Arsenal y baterías exteriores, y esta Plaza al tiempo de la Capitulación, sin mojar la pólvora, corromper los comestibles y pozos, maltratar las armas, dejar yesca o mecha encendida en los Almacenes y hornillos, ni hacer otro fraude, entendiéndose el tiempo de la capitulación el acto de su ratificación. ACEPTADO, como conforme a las leyes de la guerra y la buena fe entendida en toda capitulación.

21.°—La República del Perú reasumirá en si los créditos y débitos contraídos por este Gobierno desde que tomó posesión de estas fortalezas en veinte y nueve de Febrero de mil ochocientos veinte y cuatro. NEGADO.

22.°—Se nombrarán comisionados por una y otra parte a concluir la entrega y recibo con la claridad y honor que las caracteriza. CONCEDIDO.

23.°—El Gobernador llevará sus papeles reservados y protocolos de las presas de su tiempo, para dar de todo cuenta a S. M. y entregará lo demás que no sea correspondiente a este objeto. CONCEDIDO.

24.°—Los pasados del Ejército sitiadora la Plaza serán perdonados y disfrutarán todas las gracias que corresponden a la División, según sus clases. CONCEDIDO.

25.°—El mismo día a las ocho ocuparán los puestos de guardia las fuerzas que se necesiten al relevo correspondiente, y a las diez comenzará la entrega por los Cuerpos más modernos, que irán saliendo con sus correspondientes pasaportes, conforme en todo a los artículos anteriores, y al intento destinará el General sitiador un Cuerpo para que se posesione de la plaza, de la que entregará las llaves el Teniente del Rey Coronel Don Pedro Aznar. CONCEDIDO.

26.°—Los ornamentos, vasos sagrados y alhajas de la Capilla de la Plaza e iglesia de la población, harán su entrega los Párrocos de ellas por sus respectivos inventarios, como igualmente los depositados en Tesorería por los libros de entrada y salida. CONCEDIDO y aceptado.

27°—Toda duda que ocurra acerca de la interpretación de los precedentes artículos, se entenderá a favor de la guarnición, quedando de mediador en toda diferencia, por parte de la misma guarnición, el Señor Comandante de la enunciada Fragata de S. M. B. La Briton, a quien se le pasará un ejemplar de este extracto, inmediatamente que se convengan los Comisionados para obtener el consentimiento a que se extiende su línea de neutralidad. CONCEDIDO sin mediación respecto a ser inoficiosa.

28.°—Las formalidades de entrega y modo en que ha de hacerse, será en los términos siguientes: Relevados los puestos por un Cuerpo de tropa que destinará al efecto el Señor General del Ejército sitiador, irán saliendo los de la guarnición por el orden de antigüedad que previene el artículo veinte y cinco, con su jefe y un Oficial por compañía, que traerá lista nominal de los individuos de ella y estado de armamento y vestuario. CONCEDIDO.

29.°—La hora de la entrega será aquella en que esté listo el transporte que debe recibir los equipajes y personas que han de embarcarse con arreglo a lo que previene el artículo 4.° CONCEDIDO.

30.°—Los Señores Generales, jefes y Ofician les de la guarnición de la Plaza del Callao, no podrán tomar las armas contra los Estados independientes de la América, durante la presente contienda. —Corriente.

31.°—El presente tratado será ratificado por una y otra parte en el término de tres horas.— Dado en el camino cubierto frente a la Plaza del Callao, a las doce de la mañana del día diez y nueve de Enero de mil ochocientos veinte y seis.—CONCEDIDO.

Habiendo ocurrido que al tiempo de la rectificación de este tratado S. E. el Consejo de Gobierno hizo algunas observaciones sobre los artículos sexto y veinte y uno, los Señores Diputados volvieron a reunirse en el mismo sitio el veinte y dos del corriente, en que acordaron y convinieron sobre dichos artículos en el modo y forma que al presente se observan.

Habiendo quedado conformes en todo lo estipulado, sancionaron que éste nuevo tratado fuese ratificado por una y otra parte en el término de una hora.—Dado en el camino cubierto frente a la Plaza del Callao, a la una de la tarde del día veinte y dos de Enero de mil ochocientos veinte y seis.—

J. Yllingworth.—Manuel Lareñas. — Francisco Duro. — Bernardo Villazdn. — Francisco Gálvez, Secretario.—Manuel José Domínguez, Secretario.

Ratificada por mí la anterior Capitulación en todas sus partes.—Cuartel General de Bellavista, Enero 22 de 1826, a la una y media de la tarde.— Bartolomé Salom.

Los anteriores documentos son copia a la letra de los originales respectivos que existen en mi poder. Real Felipe del Callao, 23 de Enero de 1826.

José Ramón Rodil [Firmado] Imagen: IA CANVA

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MUJERES ENTRE DOS FUEGOS. Verando García en su obra sobre Rodil relata un hecho triste ocurrido el 2 de mayo de 1824: El "2 de mayo, la batería "Bolívar" hizo 10 tiros de a 24, y la "Valero", dos del mismo calibre y dos de a 18. La plaza, 32 de cañón y ocho de mortero y obús". En la noche de este día ocurrió un episodio conmovedor; un crecido número de mujeres se presentó a las líneas patriotas y fueron rechazadas por el general Salom, porque tenía el interés opuesto al de Rodil, el cual quería descargarse de bocas inútiles, y aquél se empeñaba en que tuviera el mayor número. Las mujeres, rechazadas, volvieron al Callao, pero la plaza las cerró sus puertas, y las infelices quedaron entre los dos campos, a la intemperie, expuestas a morir por la acción del fuego de cualquier alarma producida. El 3 de mayo permanecían en la misma situación e inquietud. Rodil, entonces, mandó que la infantería embistiese a la bayoneta contra ellas, pero digamos en su honor que no hay constancia de que ese acto atroz produjese la muerte o herida de ninguna, lo que hace suponer que fué sólo un medio de obligarlas a redoblar sus lamentaciones y súplicas en las líneas republicanas. El pavor de aquellas desgraciadas fué tan grande, que hubo algunas que para aliviar la carrera arrojaron al suelo sus hijos de pecho".

Como este hecho, hay varias historias olvidadas durante el sitio de las fortalezas del Callao. No solo el hambre y las epidemias diezmaron a los sitiados, también estos dramas humanos de los que poco se cuenta. (Juan José Pacheco Ibarra).

REFERENCIAS

Garcia Rey, Verando. La defensa del Callao por D. José Ramón RodilMadrid, Imprenta Palomeque. Ilustración: Gemini AI

 



[2] Militares que regresaron a España con cierta aureola ganada por su participación en la tristemente célebre batalla, para ellos derrota, de Ayacucho, que puso fin al dominio español en el Perú, sentenciando su Independencia en 1824.

[3] En carta a Simón Bolívar, 26 de setiembre de 1825, citada por CERVERA, César "El épico final del Imperio español en Sudamérica: los últimos defensores de Perú" https://www.abc.es/historia/abci-historia-olvidada-ultimos-sudamerica-epica-resistencia-imperio-espanol-callao-201701040145_noticia.html

[4] CASTRO, Jorge Luis. "José Ramón Rodil en el Callao ¿Recalcitrante? ¿Monarquista obseso? ¿Hombre de honor?" Nueva corónica 2 (Julio, 2013) pp. 275-287. Escuela de Historia. UNMSM.

[5]"Libro de Actas", Nº 29.  Cit. En SAAVEDRA INARAJA, María "La resistencia de Rodil en El Callo. Miradas desde España" Nueva corónica 3 (Enero, 2014), Lima, p.167

[6] Ibidem. 

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